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Benedicto XVI y esas palabras olvidadas de su primera encíclica

Hace diez años (lleva la fecha del 25 de diciembre de 2005, aunque hubiera sido publicada un mes después) en la carta encíclica «Deus caritas est»,   el Papa Joseph Ratzinger, nos recuerda de manera profética el valor de la misericordia de Dios que tan fuertemente habla el Papa Francisco.   

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama». Llevaba al fecha del 25 de diciembre de 2005, aunque hubiera sido publicada un mes después, a finales de enero de 2006, la primera encíclica de Benedicto XVI, la «Deus caritas est». Por este motivo ya han comenzado reflexiones y congresos sobre ella para celebrar su primera década. Al volver a leer este texto de Papa Ratzinger, que con humildad decidió renovar un viejo esquema de encíclica encasillado por su predecesor en las actividades caritativas, para utilizarlo en un texto teológico sobre el amor, se comprenden las inconsistencias de muchas de las citas y llamados sobre los que insisten muchos autodenominados «ratzingerianos». Como los que se enfadan con el llamado evangélico sobre los pobres y la misericordia que se encuentra en el magisterio de Francisco.

Papa Benedicto XVI escribió en la encíclica: «La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios va tras la « oveja perdida », la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical».

Papa Ratzinger recordaba también en la encíclica, y con expresiones muy vívidas, eso que su sucesor define el «protocolo» según el cual seremos juzgados al final de los tiempos: «se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. ‘Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’ (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios».

En el más pequeño «encontramos a Jesús mismo». Es por esto, continuaba Benedicto XVI en la ·Deus caritas est», que hay una «inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia». De hecho, observaba Papa Ratzinger, «sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama».

La encíclica, como se ha dicho, se divide en dos partes: la primera, más especulativa, y la segunda, que es una especie de disertación sobre el amor, más concreta, en la que se explica cómo poner en práctica la caridad cristiana y cómo se sitúa en el contexto social y politico. El Papa, hecho inusual en una encíclica, respondía a las más diferentes objeciones contra el cristianismo. «En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia», hablar sobre el amor de Dios, observaba Benedicto XVI, «es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto».

En el texto encontramos un elogio del amor. Después de haber notado que la palabra «amor» es hoy una de las que más se abusa, el Papa recuerda cómo el cristianismo sustituyó el concepto de eros de los griegos, es decir al amor como deseo y arrebato, con el de ágape, es decir, el amor como don de sí. «El cristianismo, según Friedrich Nietzsche —escribe Ratzinger— habría dado de beber al eros un veneno (…). La Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida?» El Papa explica que no es así. El cristianismo no está en contra del eros, está en contra de la «desviación destructora» del eros, transformado en abuso. Hoy, «el eros, degradado a puro “sexo”, se convierte en mercancía, en un simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía». La fe cristiana, en cambio, siempre ha considerado al hombre como ser en el que espíritu y materia se compenetran recíprocamente. El ágape, el amor cristiano que se dona, no significa de hecho un rechazo al eros ni a la corporeidad.

A través de la maduración y la purificación, el amor «se vuelve verdaderamente el descubrimiento del otro», se convierte en «éxtasis», pero «no en el sentido de un momento de arrebato pasajero»: el yo, donándose, extendiéndose hacia el otro y buscando la felicidad en el otro, se reencuentra y encuentra a Dios. Eros y ágape, deseo y oferta de sí «exigen no estar nunca completamente separados». En Jesús, «el amor encarnado de Dios», y en su muerte en la Cruz, el eros-ágape alcanza su forma «más radical» y «participando en la eucaristía también nosotros nos implicamos en la dinámica de su donación».

En la segunda parte de la encíclica, el Papa escribe que la caridad «para la Iglesia no es una especie de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que es expresión irrenunciable de su propia esencia». Entonces, ir hacia los pobres no es una cuestión sociológica o de doctrina social, sino que pertenece a la «esencia misma», a la naturaleza de la Iglesia, porque está indisolublemente relacionada con el Evangelio.

Benedicto XVI recuerda, entonces, que el «orden justo de la sociedad» es tarea de la política, y recuerda, citando a San Agustín, que «un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones». Se debe reconocer, entonces, la autonomía de las realidades temporales, y que la doctrina social «no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado», ni imponer «a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento». Ninguna nostalgia por el Estado confesional: «La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado.» Esto no significa «quedarse al margen en la lucha por la justicia» sino «despertar las fuerzas espirituales» que la hagan afirmarse.

La actividad caritativa «no es un medio para transformar el mundo en manera ideológica (…), sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita». Corresponde, en cambio, a los fieles laicos «el deber inmediato de actuar en favor un orden justo en la sociedad», participando «en primera persona en la vida pública».

Written by Rafael de la Piedra