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«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5,1-12a

El tema central de este Domingo es el discurso de las bienaventuranzas. En ellas Jesús, como Moisés, nos ofrece el camino de la salvación y de auténtica felicidad en medio de un mundo dividido por el dolor y el pecado de los hombres. Un giro inesperado cambia los esquemas y las seguridades de la persona humana en la búsqueda de la felicidad. Es el pobre, el que sufre, el necesitado que es merecedor de la bienaventuranza de Dios.

El profeta Sofonías (Sofonías 2, 3; 3,12-13) que canta con tonos dramáticos y apocalípticos el «día del Señor», nos ofrece en la Primera Lectura un urgente mandato: «Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas». San Pablo en su carta a los Corintios (Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,26- 31),  tomando conciencia de su propia miseria personal, nos dice que el Señor ha escogido lo más despreciable y frágil ante los ojos de este mundo para hacer brillar en ellos su gloria.

El texto del Evangelio de este Domingo (San Mateo 5,1-12a) deja en evidencia con más claridad que ningún otro pasaje, el contras¬te entre los criterios que rigen el mundo y los criterios evangélicos propuestos por Jesús: «Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1Co 1,25).

«¡Buscad a Yahveh, vosotros todos!»

A lo largo de su vida, el hombre debe encontrar un centro interior que oriente y dé sentido a su existir humano. Debe descubrir ese núcleo de verdades fundamentales que lo sostengan y le permitan permanecer en el bien aún cuando muchas de sus esperanzas vayan desapareciendo. Se trata de encontrarse nuevamente con la razón de la propia existencia, con el amor de Dios, el sentido de la propia dignidad como persona e Hijo de Dios, y de descubrir que yo tengo una misión en la vida y que mi paso por la tierra es temporal y muy breve. Las bienaventuranzas justamente nos invitan a revisar nuestra jerarquía de valores. Nos ayudan a comprender, a la luz de la eternidad, lo relativo y pasajero de todo lo creado y de los bienes materiales; la relatividad e incongruencia de la búsqueda exclusiva del placer y de la comodidad, la relatividad de los sufrimientos de esta vida. «Buscad al Señor todos vosotros» nos propone el profeta Sofonías .

Este profeta vivió en Judá durante el reinado del rey Josías (639-609 A.C.) y advirtió al pueblo sobre el futuro juicio de Dios, si seguían adorando a los ídolos y desobedeciendo las leyes de Dios. Advirtió también de la destrucción que sobrevendría sobre los vecinos de Israel. La injusticia será castigada, pero para aquellos que «vuelvan nuevamente» a Dios, habrá un brillante futuro. La predicación de Sofonías preparó la gran reforma religiosa que realizó el rey Josías .

La búsqueda de la felicidad

A todos nos llama la atención ver tantas personas que no son felices, que viven permanentemente insatisfechas o que se quejan continuamente de su suerte. Es que buscan la felicidad en cosas que aunque las poseyeran, no pueden concederles la felicidad anhelada. La gente en general busca la felicidad en el dinero y en la fama. Pero una vez que los hombres han alcanzado la riqueza y la notoriedad; se encuentran con la sorpresa de que siguen estando insatisfechos, de que basta que algo les salga mal, para sumirse, a pesar de su dinero y su fama, en la mayor infelicidad.

El anhelo de felicidad en el hombre no se sacia sino con la posesión de aquel bien que le da sentido a todo y que no tiene límites. El hombre por el hecho de ser hombre no puede sino desear el bien que le dará la felicidad plena. Este Bien es justamente Dios. San Agustín, que vivió la búsqueda de la felicidad de manera afanosa, cuando encuentra el camino hacia ella, escribe: «Nos creaste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti».

«Dichoso el hombre que…»

Las bienaventuranzas son tan importantes dentro de la ley de Cristo que el Concilio Vaticano II no vacila en afirmar: «El mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas» . Una bienaventuranza es una expresión idiomática antigua en la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento está lleno de estas expresiones. La primera la encontramos en boca de Moisés, cuando bendijo a las tribus de Israel antes de morir: «¡Dichoso tú, Israel! ¿Quién como tú, pueblo salvado por Yahveh?» (Dt 33,29). La segunda ocurrencia está en boca de la Reina de Saba, que asombra¬da ante el esplendor de la corte de Salomón, exclamó: «Dichosas tus mujeres, dichosos tus servidores, que están siempre en tu presencia y escuchan tu sabiduría. Bendito Yahveh tu Dios que se ha complacido en ti y te ha colocado en el trono de Israel para siempre» (1R 10,8-9). El libro de los Salmos comienza con una bienaventuranza: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos… todo lo que él hace sale bien» (Sal 1,1.¬3) y éstas recorren todo el libro de los Salmos.

En el Antiguo Testamento encontramos más de cuarenta bienaventuranzas. En hebreo la bienaventuranza suena así: «Ashré ha ish, asher…» – «Dichoso el hombre, que…»- . La palabra principal “ashré” es un sustantivo plural en una forma que le exige apoyarse en otro sustantivo. La traducción literal es: «¡Ah, las dichas del hombre, que….!». En la traducción griega y en nuestras lenguas se adopta un adjetivo: «Dichoso el hombre que…». La estructura es siempre la misma: se llama dichoso a alguien, y se indica el motivo de su dicha.

En el Nuevo Testamento encontramos más de cincuenta bienaventuranzas. En la lengua griega en que se escribió originalmente el Nuevo Testamento, el adjetivo correspondiente es «makarios». Por eso, a estas expresiones se suele llamar «macarismos». La primera en ser objeto de una bienaventuranza es la Virgen María: «Dichosa la que creyó que se cumpliría lo que le fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1,45).

Sólo en boca de Jesús las encontramos agrupadas en una serie de nueve. Pero no es esto lo que más sorprende; lo que más sorprende es su contenido, porque trastorna todos los criterios humanos. Si se colocaran en hebreo, Jesús habría dicho: «¡Ah, las dichas de los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos! ¡Ah, las dichas de los mansos, porque ellos heredarán la tierra! ¡Ah, las dichas de los que lloran, porque ellos serán consolados!…». Jesús admira la dicha de quienes están en una condición reconocida más bien como desdicha¬da. ¿Cómo es posible? En realidad, lo que Jesús quiere enseñar es que esas categorías de personas son las que poseen el Reino de los cielos, son las que heredarán la tierra (se entiende «la tierra prometida»), son las que serán consoladas (por Dios).

Si tal es la convicción de Jesús, nuestro anhelo y nuestro empeño cristiano debe ser llegar a contarnos entre los pobres de espíritu, entre los mansos, entre los que lloran y tienen hambre y sed de justicia, entre los misericordiosos, entre los limpios de corazón, entre los que trabajan por la paz, entre los que son perseguidos por causa de la justicia y por causa de Cristo. Si lográramos este objetivo, entonces conoceríamos la verdadera felicidad.

Podemos decir que, si el fin del hombre es la felicidad eterna, entonces la moral cristiana se puede expresar en esta forma: son buenas las acciones que nos conducen a la felicidad eterna; son malas las acciones que nos alejan de la felicidad eterna; y son intrínsecamente malas las acciones que por su propia naturaleza no son ordenables a la felicidad eterna. Jesús nos revela que las bienaventuranzas son la expresión de la verdadera felicidad ya que ellas son el camino seguro que nos conduce a la vida eterna. Esta felicidad no la entiende «el mundo» y ese es precisamente el mensaje que San Pablo quiere dar a la comunidad de Corinto que, al ser puerto, está permanente expuesta a los falsos valores.

Una palabra del Santo Padre:

«Hay una figura muy significativa, que cumple la función de bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: Juan Bautista. Para los Evangelios sinópticos él es el «precursor», quien prepara la venida del Señor, predisponiendo al pueblo para la conversión del corazón y la acogida del consuelo de Dios ya cercano. Para el Evangelio de Juan es el «testigo», porque nos hace reconocer en Jesús a Aquel que viene de lo alto, para perdonar nuestros pecados y hacer de su pueblo su esposa, primicia de la humanidad nueva. Como «precursor» y «testigo», Juan Bautista desempeña un papel central dentro de toda la Escritura, ya que hace las veces de puente entre la promesa del Antiguo Testamento y su realización, entre las profecías y su realización en Jesucristo. Con su testimonio Juan nos indica a Jesús, nos invita a seguirlo, y nos dice sin medias tintas que esto requiere humildad, arrepentimiento y conversión: es una invitación que hace a la humildad, al arrepentimiento y a la conversión.

Como Moisés había estipulado la alianza con Dios en virtud de la ley recibida en el Sinaí, así Jesús, desde una colina a orillas del lago de Galilea, entrega a sus discípulos y a la multitud una enseñanza nueva que comienza con las Bienaventuranzas. Moisés da la Ley en el Sinaí y Jesús, el nuevo Moisés, da la Ley en ese monte, a orillas del lago de Galilea. Las Bienaventuranzas son el camino que Dios indica como respuesta al deseo de felicidad ínsito en el hombre, y perfeccionan los mandamientos de la Antigua Alianza. Nosotros estamos acostumbrados a aprender los diez mandamientos —cierto, todos vosotros los conocéis, los habéis aprendido en la catequesis— pero no estamos acostumbrados a repetir las Bienaventuranzas. Intentemos, en cambio, recordarlas e imprimirlas en nuestro corazón…

En estas palabras está toda la novedad traída por Cristo, y toda la novedad de Cristo está en estas palabras. En efecto, las Bienaventuranzas son el retrato de Jesús, su forma de vida; y son el camino de la verdadera felicidad, que también nosotros podemos recorrer con la gracia que nos da Jesús.

Además de la nueva Ley, Jesús nos entrega también el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados. Cuando llegue el fin del mundo seremos juzgados. ¿Y cuáles serán las preguntas que nos harán en ese momento? ¿Cuáles serán esas preguntas? ¿Cuál es el protocolo a partir del cual el juez nos juzgará? Es el que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. La tarea de hoy es leer el quinto capítulo del Evangelio de Mateo donde están las Bienaventuranzas; y leer el vigésimo quinto, donde está el protocolo, las preguntas que nos harán el día del juicio. No tendremos títulos, créditos o privilegios para presentar. El Señor nos reconocerá si a su vez lo hemos reconocido en el pobre, en el hambriento, en quien pasa necesidad y es marginado, en quien sufre y está solo… Es este uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, a partir del cual Jesús nos invita a medirnos cada día. Leo las Bienaventuranzas y pienso cómo debe ser mi vida cristiana, y luego hago el examen de conciencia con este capítulo 25 de Mateo. Cada día: he hecho esto, he hecho esto, he hecho esto… Nos hará bien. Son cosas sencillas pero concretas».

Papa Francisco. Audiencia General. 4 de agosto de 2014.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. La práctica de las Bienaventuranzas constituye una línea divisoria entre el auténtico seguidor de Cristo y el «cristiano sociológico o de domingos». ¿Yo las vivo? ¿De qué manera concreta?

2. Las Bienaventuranzas son las guías que Jesús nos ha dejado para nuestra felicidad. Revisemos nuestra jerarquía de valores y prioridades a la luz de las Bienaventuranzas.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 577- 582.1716-1729.

Written by Rafael de la Piedra