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«Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4,12-23

El pueblo que andaba en tinieblas, ve una gran luz…una luz brilla sobre ellos ( Isaías 8, 23b-9,3). Estas palabras tomadas del profeta Isaías nos ofrecen un tema unificador para la liturgia de este Domingo. San Mateo aplicará a Jesús el oráculo de Isaías refiriéndose a las regiones de Zabulón y Neftalí. Jesús es la luz del mundo que ilumina las tinieblas; es el Salvador que sana las heridas que tenían postrado al hombre.

Jesús invita a Simón y Andrés, a Santiago y a Juan para que colaboren con Él en la misión de ser «pescadores de hombres» ya que el Reino de los Cielos ya ha sido inaugurado (San Mateo 4,12-23). En la primera carta a los Corintios, San Pablo insiste en la unidad de los cristianos: ellos no pueden estar divididos porque Jesucristo ha muerto por todos (Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,10-13.17).

«Yo soy la luz del mundo»

La luz es el predicado de una de las más importantes afirmaciones que hace Jesús sobre sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Esto es lo que dijo de Él el anciano Simeón cuando tomó a Jesús en sus brazos en el momento en que era presentado al templo por sus padres: «Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). Era natural que, en el viaje de Jesús, después de ser bautizado por Juan Bautista a la altura de Jerusalén, desde Nazaret a Cafarnaúm, siguiendo el confín entre los territorios de las tribus de Zabulón y Neftalí (consideradas tierra de gentiles); San Mateo viera el cumplimiento de una antigua profecía de Isaías acerca de esas tierras: «El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido».

Jesús vuelve a la «Galilea de los gentiles»; así llamada por hallarse en el norte de Palestina colindante con las naciones paganas. Es aquí donde va a comenzar su anuncio de la Buena Nueva, cumpliendo así las profecías acerca de la restauración de estas regiones norteñas saqueadas por los asirios (año 734 A.C.). Podemos ver aquí una intención universalista en el anuncio de la Buena Nueva ya que Jesús comienza su actividad apostólica precisamente por tierras «paganas», si bien habitadas por judíos en su mayoría, a quienes Cristo se dedicó casi exclusivamente.

«Convertíos, porque el Reino de los cielos ha llegado»

El Evangelio dice que «desde entonces Jesús comenzó a predicar». Y predicaba precisamente eso: «Convertíos, porque el Reino de los cielos ha llegado». Este es el resumen de su predicación, el núcleo de buena nueva. Si honestamente queremos acoger su palabra y cumplirla, aquí tenemos un «imperativo» de Jesús, que expresa claramente su voluntad.

Interesa entonces saber ¿qué quiere decir «convertirse»? La palabra griega que está en la base significa literalmente: cambiar de mente, cambiar nuestros valores. Lo que yo antes consideraba importante, verdadero y firme de manera que eso guiaba mi vida; ahora ya no lo es, han entrado otros valores, mi vida ha cambiado radicalmente. Eso quiere decir convertirse. ¡Pero esto es algo imposible a los hombres!

Todos tenemos experiencia de cuán difícil es hacer cambiar de idea a alguien, incluso sobre temas secundarios y aunque se presenten argumentos convincentes. Todos tenemos la imagen de los enfrentamientos públicos entre posturas opuestas, en que cada parte esgrime sus mejores argumentos, pero al final todos quedan con su misma idea y nadie ha cambiado ni siquiera un milímetro su postura. ¿Qué decir entonces del cambio radical de la persona, es decir, de sus opciones más fundamentales? ¿Qué cosa es capaz de provocar este cambio que se llama la «conversión»? Sólo en el encuentro con Jesús podremos tener «la palanca» que nos lleva a cambiar de vida.

San Pablo es el que ha expresado la realidad de la conversión en términos más elocuentes. La suya ha sido una de las conversiones más célebres: de perseguidor de la Iglesia, gracias a su encuentro con Cristo, pasó a ser su más celoso apóstol. Él afirma: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8). Y este cambio de mentalidad hace decir a Pablo en su carta a la comunidad de Corinto ahora somos uno «unidos en una misma mentalidad y en un mismo juicio».

«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres…»

La segunda parte del Evangelio de hoy nos relata la vocación de los primeros cuatro discípulos. Cuando en la vida de una persona aparece Jesús en escena, todo cambia. La diferencia es total: como las tinieblas y la luz. Esto es algo que no puede comprenderlo quien no lo ha experimentado. Así como no puede comprender la luz quien permanece en las tinieblas. Pero todos estamos llamados a vivir algún día lo mismo que esos simples pescadores: «Caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés… y les dice: ‘Venid conmigo…’ Y ellos al instante, dejan¬do las redes, lo siguieron».

La iniciativa es siempre de Jesús: él los ve, los elige y los llama. Pero a ellos toca responder a esta llamada. Para motivarlos Jesús les indica una misión, que se presenta como un cambio de oficio: «Os haré pescadores de hombres». Pero esto no les sirvió de mucho, porque en ese momento no podían comprender a qué se refería Jesús.

Si esta frase de Jesús se conservó debió ser porque, después de muchos años, cuando ellos, constituidos ya en apóstoles y columnas de la Iglesia, comprendieron y recordaron que Jesús se lo había predicho en el momento de su vocación. Y, sin embargo, la respuesta de ellos fue inmediata. Si el relato se conserva en esta forma, insistiendo en la prontitud y decisión de la respuesta, es porque de ese acto generoso de entrega de la vida, dependió todo lo que ellos llegaron a ser después: uno, la piedra sobre la cual Jesús fundó su Iglesia; los otros, las tres grandes columnas Andrés, Juan y Santiago.

Si ellos hubieran rechazado la llamada –como hace el joven rico- habrían quedado para siempre como anónimos e intrascendentes pescadores de un pequeño lago de la Galilea. La respuesta de los primeros apóstoles nos enseña que la generosidad en responder a lo que Dios nos pide en un determinado momento puede traer una cadena de gracias insospechadas.

Una palabra del Santo Padre:

«Sabemos también que a nuestras comunidades cristianas, llamadas a la santidad, les queda todavía un largo camino por recorrer. Es evidente que todos tenemos que pedir perdón al Señor por nuestras excesivas resistencias y demoras en dar testimonio del Evangelio. Ojalá que el Año Jubilar de la Misericordia, que acabamos de empezar en su País, nos ayude a ello. Ustedes, queridos centroafricanos, deben mirar sobre todo al futuro y, apoyándose en el camino ya recorrido, decidirse con determinación a abrir una nueva etapa en la historia cristiana de su País, a lanzarse hacia nuevos horizontes, a ir mar adentro, a aguas profundas.

El Apóstol Andrés, con su hermano Pedro, al llamado de Jesús, no dudaron ni un instante en dejarlo todo y seguirlo: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4,20). También aquí nos asombra el entusiasmo de los Apóstoles que, atraídos de tal manera por Cristo, se sienten capaces de emprender cualquier cosa y de atreverse, con Él, a todo.

Cada uno en su corazón puede preguntarse sobre su relación personal con Jesús, y examinar lo que ya ha aceptado –o tal vez rechazado– para poder responder a su llamado a seguirlo más de cerca. El grito de los mensajeros resuena hoy más que nunca en nuestros oídos, sobre todo en tiempos difíciles; aquel grito que resuena por «toda la tierra […] y hasta los confines del orbe» (cf. Rm 10,18; Sal 18,5). Y resuena también hoy aquí, en esta tierra de Centroáfrica; resuena en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras parroquias, allá donde quiera que vivamos, y nos invita a perseverar con entusiasmo en la misión, una misión que necesita de nuevos mensajeros, más numerosos todavía, más generosos, más alegres, más santos. Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a ser este mensajero que nuestro hermano, de cualquier etnia, religión y cultura, espera a menudo sin saberlo. En efecto, ¿cómo podrá este hermano –se pregunta san Pablo– creer en Cristo si no oye ni se le anuncia la Palabra?».

Papa Francisco. Homilía la misa en el estadio del Complejo deportivo Barthélémy Boganda, Bangui (República Centroafricana). Lunes 30 de noviembre de 2015.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¡Conversión! Tener que cambiar todo aquello que me aleja del cumplimiento del Plan de Dios, todo aquello que me impide ser realmente feliz. Cristo el único capaz de motivar este cambio. ¿Qué medios concretos voy a poner para encontrarme con Jesús?

2. No hay que temer el proponer abiertamente la vocación consagrada a los jóvenes, porque sabemos que es Cristo mismo quien sigue llamando a hombres y mujeres a consagrar totalmente su vida a Dios. ¿Cómo ayudo para que aquellas personas llamadas por Dios, puedan responder a su vocación? ¿Rezo por las vocaciones a la vida consagrada?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 849-865.

Written by Rafael de la Piedra