Diagnóstico de la muerte de Jesús, por un forense


Por: Dr. Vicente Modeste Chaumel. Médico Forense.

El relato de la pasión que hacen los Evangelios y la interpretación de los datos extraídos mediante el estudio de la Sábana Santa han permitido conjeturar sobre cuál fue -desde el punto de vista médico- la causa que ocasionó el fallecimiento de Jesús.

Ningún órgano vital se había afectado directamente de forma evidente como consecuencia de la pasión de Cristo y de su crucifixión, por lo que los sufrimientos padecidos durante la misma, las cuatro heridas en las extremidades y una postura fija y forzada habrían de ser los determinantes de su muerte.

Han sido propuestas varías teorías para explicar el mecanismo de la muerte de Jesucristo, aunque ninguna de ellas esté libre de críticas como podrá verse al exponerlas de forma resumida.

Causas poco probables

No parece que Cristo muriera de inanición, ya que nadie muere de hambre en un día; tampoco se acepta que muriera de sed, puesto que aunque los crucificados sufrían una sed abrasadora, debida a las pérdidas de sangre, a la sudoración y a la fiebre intensa, también la falta de líquidos puede sobrellevarse durante algún tiempo.

Una hemorragia abundante no pudo ser la causa de la muerte, pues se ha calculado que, en atención a las características corporales de Jesús, para morir por desangramiento debería haber perdido al menos una cantidad superior a dos litros de sangre y, sin embargo, la sangre vertida en la flagelación y coronación de espinas, más la perdida por la rotura de la nariz al ser golpeado y durante el tiempo que estuvo pendiente de la cruz no habría podido superar dicha cantidad.

Asimismo hay que excluir una infección de las heridas que se diseminara de forma general a través de la circulación sanguínea, puesto que unas quince horas - que se calcula duró la pasión, desde que fue rendido por los soldados hacia medianoche hasta que murió sobre las tres de la tarde siguiente- es un plazo demasiado corto para que pueda desarrollarse una diseminación infecciosa letal.

Rotura del corazón

Una hipótesis sugestiva para explicar la muerte es la rotura del miocardio con el consiguiente paso de sangre al pericardio (que es como una funda o bolsa que lo envuelve); los hechos podrían haber sucedido de la forma siguiente: los acontecimientos que siguieron a la última cena producirían en Jesús un intenso estado de sufrimiento psíquico; como consecuencia de ello, durante su estancia en el Monte de los Olivos padecería un prolongado espasmo coronario (manifestado por sudoración abundante, angustia, sensación de muerte inminente, etc.) que ocasiona un infarto de miocardio.

Tras una pausa durante la que permanece quieto mientras oraba supera la fase aguda y sigue una compensación clínicamente silenciosa, sin síntomas, que coincide con el prendimiento, proceso judicial, etc.

Los sufrimientos posteriores y la crucifixión abrevian las posibilidades de resistencia, vuelven los dolores, sudoración, sed, pérdidas de conciencia a intervalos y, por fin, la rotura del corazón, un dolor agudísimo y rápida muerte.

Es esta una teoría aparentemente satisfactoria y convincente; podría confirmarse por el grito que emitió Cristo antes de expirar, ya que ha sido observado en algunos pacientes fallecidos por este mismo mecanismo.

A la vez explicaría que al recibir después la lanzada en el costado tras la muerte salieran por la herida con fuerza un chorro de sangre y suero, mezclados pero bien diferenciados, ya que la sangre a tensión dilata el pericardio aproximándolo a la pared torácica, lo que facilitaría su accesibilidad a la lanza, y la sangre salida por la rotura cardiaca al sedimentarse en el saco pericárdico daría lugar a la aparición de sangre coagulada y suero (que se colocaría por encima dado su menor peso específico).

Por su contenido místico esta tesis es muy seductora, se podría afirmar que el exceso de amor habría hecho estallar el corazón de Cristo. No obstante, existen objeciones razonables.

Efectivamente la rotura cardiaca es una complicación excepcional tratándose de un hombre sano y joven; presupondría una enfermedad avanzada del corazón, que nada en los relatos evangélicos hace pensar que padeciera. O al menos un notable desgaste (degeneración del miocardio) debido a la edad, que tampoco es el caso, acompañado de una presión arterial elevada poco probable en el crucificado.

Por otra parte, aun aceptando que la rotura de la zona infartada sea un fenómeno raro en sí pero posible en ciertas situaciones extremas, se ha considerado que el tiempo transcurrido desde la última cena -cuando se inicia la situación patológica- hasta la supuesta rotura (menos de veinticuatro horas) parece demasiado corto para que pueda producirse dicho accidente.

Tampoco es suficiente el período de tiempo comprendido entre la muerte y la lanzada -menos de dos horas - para que la sangre se coagulase, por lo que a través de la herida ocasionada sólo podría salir sangre líquida y no sangre coagulada o a grumos y suero.

Aunque la salida de sangre y agua por el costado se ha explicado también diciendo que la sangre procedía de la aurícula derecha, alcanzada por la punta de la lanza, y el agua del exudado contenido en el saco pericárdico y originado por una pericarditis serosa traumática, contraída a causa de los azotes y malos tratos anteriores, o por un derrame pleural producido por esta misma causa.

Muer
te por asfixia

La postura corporal de un crucificado con ambas extremidades superiores levantadas y cuyo peso colgaba solamente de las manos, ya que es opinión mayoritaria que la cruz de Cristo no tenía sedile (palo corto colocado de tal manera que el reo cabalgaba sobre él), hacía adoptar al tórax una posición de inspiración forzada, lo que daría lugar a una gran dificultad para la respiración.

El aire inhalado por los pulmones en esta situación pierde su oxígeno y se hace preciso expulsarlo y renovarlo, pero en la posición en que se encontraba Jesús sólo podría hacerlo de forma insuficiente.

Apoyándose sobre los pies el cuerpo hundido se erguiría, en un intento por sobrevivir, con lo que los músculos de los brazos y el tronco se distenderían, permitiendo expeler con dificultad el aire de los pulmones y seguir respirando.

No obstante, tras repetidos hundimientos y levantamientos sobre los pies, de forma progresiva se produciría un agotamiento y se llegaría lentamente a una inevitable asfixia.

Esa podría ser la causa de la muerte de un crucificado, un lento ahogarse acompañado de atroces y dolorosos calambres musculares, producidos por la excesiva y violenta tensión a que se encontraban sometidos músculos y nervios, la dificulto-sa circulación de la sangre y la falta de oxigenación de todos los tejidos del organismo.

Pero no queda claro porqué si la causa de la muerte fue la asfixia Jesús murió tan pronto, a las tres horas de ser crucificado.

Precisamente en esa forma de ejecutar a los reos lo que se buscaba era prolongar la agonía y los sufrimientos, siendo habitual que los ejecutados en la cruz vivieran toda la noche y aun el día siguiente de la ejecución, o más días si la cruz estaba provista de sedile.

A veces se les quebraban las piernas precisamente para acelerar la muerte y no fue necesario hacerselo a Jesús.

Probablemente todo el proceso de la pasión de Cristo le produjo un intenso agotamiento que disminuyó su resistencia física y con el violento ejercicio que habría de hacer sobre la cruz para poder exhalar el aire inhalado de los pulmones, pronto sus fuerzas llegarían al límite, no pudiendo ya erguirse sobre sí mismo apoyándose sobre los pies.

Tampoco cabría explicar con esta manera de morir el grito emitido por Jesús antes de expirar, pues estando próximo a la muerte por asfixia sin poder exhalar el aire de los pulmones difícilmente dispondría todavía de aire suficiente para hablar con fuerza y gritar. También se ha objetado que a un hombre suspendido por las manos le resultaría imposible inclinar la cabeza hacia delante al tener agarrotados los músculos del cuello, aunque realmente lo que impediría el agarrotamiento de los músculos al crucificado sería volver la cabeza hacia los lados.

Otras posibles causas

Se ha pretendido atribuir la muerte de Cristo a un colapso circulatorio postural, trastorno consistente en que la sangre descendería y se acumularía en las partes inferiores del cuerpo siguiendo las leyes de la gravedad.

En condiciones normales esto no ocurre porque existen mecanismos fisiológicos compensadores que impiden la caída y estancamiento de la sangre en las partes inferiores del cuerpo.

El fallo de éstos en el caso de la crucifixión haría que sobreviniera la muerte por no recibir el corazón y el cerebro la sangre en cantidad suficiente. Esta hipótesis plantea diversas cuestiones, tales como que los crucificados habrían tenido que morir poco más o menos al mismo tiempo, el porqué del quebrantamiento de las piernas, etc., que hacen dudar de su certeza.

Igualmente resulta poco consistente que la deglución de un poco de líquido pudiera provocar un síncope mortal en un crucificado, por ocasionar una inhibición refleja de los centros vitales nerviosos que rigen la circulación y la respiración (algo similar a como se explica lo que ocurre a una persona que se ahoga al meterse en el agua fría después de comer), aducido porque Jesús murió luego de tomar el vinagre que se le ofreció empapando una esponja, hecho que curiosamente se le pasó por alto al evangelista con más conocimientos médicos, por lo que hay que suponer lo consideró de poco interés.

Conclusión: muerte por un conjunto de causas

La teoría más aceptable es que la rápida muerte de Cristo en la cruz no debe atribuirse a una causa única, sino más bien a un conjunto múltiple de causas que actuaron simultáneamente y con tal violencia que anticiparon lo que solía ser la muerte de un crucificado.

Primero Jesús estuvo sometido a un intenso y prolongado estado emocional, que en una persona con particular sensibilidad produciría un desequilibrio interno con repercusiones orgánicas (circulatorias, metabólicas, etc.), tal vez un espasmo coronario, con o sin infarto, a lo que hay que añadir un ayuno absoluto que, aunque no fuera de larga duración, unido a la pérdida de sangre ocurrida durante los diferentes suplicios provocaría una debilidad de todo el organismo.

Las causas de orden externo por las repetidas acciones ejecutadas sobre el cuerpo de Cristo, tales como puñetazos y bastonazos propinados con inaudita violencia en la cara y en el cuerpo, que luego fueron reagudizados por los azotes, tendrían repercusión interna provocando derrame pleural y pericarditis exudativa; todo ello motivó sufrimientos de no escasa importancia, como lo demuestran las caídas posteriores y la necesidad de ser ayudado a llegar al patíbulo, por lo que ya antes de la crucifixión le llevaron al límite de la resistencia humana.

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p style="text-align:justify;font-family:verdana;">No parece que se produjera asfixia capaz de ocasionar la muerte por sí sola, pero ya en la cruz el colapso circulatorio postural, la anemia intensa por las pérdidas hemorrágicas padecidas antes y después de la crucifixión y las grandes perdidas de líquidos no repuestas, los trastornos de la termorregulación por la prolongada exposición del cuerpo desnudo al aire y el efecto tóxico originado por la destrucción de los tejidos en sus diversas lesiones, todo conjuntamente actuó sobre una persona cuyas resistencias orgánicas estaban ya enormemente reducidas y determinaron la rápida muerte.

Probablemente en último extremo una hiperpotasemia (alteración consistente en un aumento de potasio en sangre) provocaría trastornos graves en el ritmo cardiaco que conducirían a la parada cardiaca y, por tanto, a la muerte.



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