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El Papa abre la Puerta Santa de la basílica de San Juan de Letrán

El Papa Francisco ha abierto este domingo la Puerta Santa de la basílica de San Juan de Letrán, una de los cuatro templos pontificios y catedral de Roma. Después de rigurosos controles antes de entrar en la plaza, en los que colaboró la Guardia Civil Española, miles de fieles se congregaron para el evento, en este soleado y gélido domingo de diciembre.

Francisco en cuanto Obispo de Roma, vestía paramentos claros con mitra, báculo y trial, una capa que envuelve el cuerpo, de color rosa como se requiere por el tiempo litúrgico del tercer domingo de Adviento, con una cruz morada. El coro de la Capilla Sixtina cantaba el Kyrie. El Santo Padre después de las oraciones iniciales y del acto penitencial en el atrio de la basílica, delante de la Puerta Santa, de bronce con una imagen de María, permaneció en silencio mientras se escuchaba el canto del Veni Creator Spiritu.

Tras abrir la puerta de bronce que representa a Cristo, el Papa entró y volvió a quedarse en silencio algunos instantes. A continuación caminó en la basílica hacia el altar, en donde celebró la santa misa. Una ceremonia muy simple, esencial y emocionante. El himno de entrada compuesto especialmente para la ocasión, inicia con las palabras ‘Misericordiosos como el Padre’, tomadas del evangelio de Lucas.

Homilía del Papa Francisco en la basílica de San Juan de Letrán:

«Queridos hermanos y hermanas,

La invitación que el profeta dirige a la antigua ciudad de Jerusalén, hoy se dirige hacia toda la Iglesia y a cada uno de nosotros: «¡Alégrense… exulten!». El motivo de la alegría está expresado con palabras que infunden esperanza y permiten mirar al futuro con serenidad. El Señor ha anulado todas las condenas y ha decidido vivir en medio de nosotros.

Este tercer domingo de Adviento nos lleva a mirar hacia la Navidad que ya está cerca. No podemos dejarnos tomar por el cansancio; no es consentida ninguna forma de tristeza, aunque tengamos motivo por las muchas preocupaciones y las múltiples formas de violencia que hieren a esta nuestra humanidad.
La venida del Señor, en cambio, tiene que llenar nuestro corazón de alegría. El profeta, que lleva escrito en su mismo nombre -Sofonías- el contenido de su anuncio, abre nuestro corazón a la confianza: «Dios protege» a su pueblo.

En un contexto histórico de grandes abusos y violencias, realizados sobre todo por hombres de poder, Dios hace saber que Él mismo reinará en su pueblo, que no lo dejará nunca más bajo la arrogancia de sus gobernantes, y que lo liberará de toda angustia. Hoy nos es pedido que «no dejemos caer los brazos» a causa de las dudas, de la impaciencia y del sufrimiento.

El apóstol Pablo retoma con fuerza la enseñanza del profeta Sofonía y lo reitera: «El Señor está cerca». Por ésto tenemos que alegrarnos siempre, y con nuestra afabilidad dar a todos testimonio de la cercanía y del cuidado que Dios tiene hacia cada persona.

Hemos abierto la Puerta Santa, aquí y en todas las catedrales del mundo. También este simple signo es una invitación a la alegría. Inicia el tiempo del gran perdón. Es el Jubileo de la Misericordia. Dios no ama las rigideces, Él es padre, es tierno, lo hace con ternura de padre. Seamos también nosotros como las multitudes que interrogaban a Juan: «¿Qué debemos hacer?».

La respuesta del Bautista no se hace esperar. Él invita a actuar con justicia y a mirar las necesidades de quienes se encuentran en necesidad. Lo que Juan exige a sus interlocutores, de todos modos es lo que encuentra respaldo en la Ley. A nosotros en cambio se nos pide un empeño más radical. Delante de la Puerta Santa que estamos llamados a pasar, se nos pide ser instrumentos de misericordia, conscientes de que seremos juzgados sobre ésto.

Quien ha sido bautizado sabe que tiene un empeño más grande. La fe de Cristo lleva a un camino que dura toda la vida: el de ser misericordiosos como el Padre. La alegría de cruzar la Puerta de la Misericordia se acompaña al empeño de recibir y dar testimonio de un amor que va más allá de la justicia, un amor que no conoce confines. Es de este amor infinito que somos responsables, a pesar de nuestras contradicciones.

Recemos por nosotros y para todos quienes cruzarán la Puerta de la Misericordia, porque podemos entender y recibir el infinito amor de nuestro Padre celeste, que transforma y reforma la vida».

Written by Rafael de la Piedra