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«Esa pobre viuda ha echado más que nadie»

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 11 de noviembre de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 12, 38-44

Una actitud de generosidad disponible y confianza en el Señor; es lo que nos transmiten los textos de este Domingo. Generosidad es la actitud de la viuda de Sarepta , que no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento (primer libro de los Reyes 17, 10-16).  Ésta es también la actitud de la viuda, observada únicamente por Jesús, que deposita todo lo que tenía en el arca del Tesoro del Templo por más que fuera para muchos una insignificancia (San Marcos 12, 38-44). Finalmente es la misma actitud de Jesús que se entrega hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima de Salvación y Reconciliación por todos (primer libro de los Reyes 17, 10-16).

 La generosa viuda de Sarepta

En las lecturas de este Domingo, dos mujeres juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que eso traía ya en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y en los de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta, que no era judía sino pagana, le quedaban unos granos de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo. En esta situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable y hasta heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno.

La mujer accede. Ese es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen. No piensa en su suerte en primer lugar; sino piensa sólo en obedecer la voz de Dios que la bendecirá por medio del profeta Elías: ni la tinaja de harina se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará hasta que pase la sequía. Además Elías reavivará a su hijo que, cayendo enfermo, morirá (ver 17,12ss). La viuda entonces exclamará: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh» (17,24). Es interesante destacar que lo que está en juego en este milagro es la supremacía entre el Dios de Israel y Baal (dios fenicio de las cosechas y la fertilidad, de ámbito agrícola).

El milagro en cuestión es un anticipo de la victoria de Yahveh que da el trigo (harina) y el aceite, dones atribuidos a Baal, incluso en el territorio donde éste reina y entre sus propios “súbditos” (ver Os 2,10). Más tarde, Jesús alabará la actitud de esta viuda y se referirá a este episodio como ejemplo del rechazo de Israel a sus profetas y de la gracia universal de Dios, destinada también a los gentiles (ver Lc 4,25-26).

«Guardaos de los escribas…»

En el tiempo de Jesús las personas que sabían leer y escribir eran pocas. En ese tiempo no existía el papel ni la imprenta y el material de escritura era escaso y caro. Los pocos rollos de pergamino se guardaban en la sinagoga para ser usados en el servicio sinagogal. El pueblo sencillo tenía que registrar todo en la memoria. Los escribas eran los hombres doctos que sabían leer y escribir. Ellos leían la Escritura y la interpretaban para el pueblo. Y por este poco de ciencia que poseían se hacían llamar de «maestro» y pretendían los honores de los hombres.

El evangelista San Mateo, en el lugar paralelo, agrega esta precisión sobre los escribas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres» (Mt 23,5). De esta manera todo lo que hacen resulta viciado por la vanagloria y la soberbia. La descripción que Jesús hace de los escribas es retomada de manera aguda por San Francisco de Sales cuando nos previene contra la vanagloria: «Hay quienes, por un poco de ciencia, quieren ser honrados y respetados por todo el mundo y se comportan como si todos tuvieran que ir a su escuela y tenerlos por maestros: por esto es que se les llama pedantes» (Introducción a la vida devota, parte III, cap. IV). ¡De estos hay que tener cuidado!

 La viuda del Templo

Jesús está sentado ante el arca del tesoro del Templo y observa cómo la gente echaba monedas. «Muchos ricos echaban mucho». Lo hacían con ostentación para llamar la atención de la gente y aparentar generosidad, pero esto no impresionaba a Jesús. Hasta que llegó «una viuda pobre y echó dos monedillas, o sea una cuarta parte del as». San Marcos, que escribe en Roma, explica que se trata de un «cuadrante», la moneda romana más pequeña del tiempo. Vemos como Jesús en otra ocasión, acentuando el escaso valor de los pajarillos del cielo, pregunta: «¿No se venden dos pajarillos por un as?» (Mt 10,31). La viuda pobre echó el equivalente a medio pajarillo. La viuda del Templo siendo pobre y necesitada, no tenía ninguna obligación de dar limosna para el culto o para la acción social y benéfica que los sacerdotes realizaban en nombre de Dios con las ayudas recibidas. Si tuviese obligación, su acción aún sería generosa porque dio todo lo poco que tenía, todo su vivir. Pero su gesto brilla con luz nueva y esplendorosa, precisamente porque se sitúa más allá de toda obligación, en el plano de la generosidad amorosa para con Dios.

Y esto sí que despertó el interés de Jesús, tanto que consideró oportuno destacarla ante sus discípulos: «Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos». ¿Cómo puede decir eso? ¿Con qué criterio juzga? Jesús explica: es que los que han echado mucho (considerado matemáticamente) «han dado de lo que les sobraba»; en cambio, la viuda «ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir». Jesús no juzga por las apariencias; Él juzga las intenciones y el corazón. Ante Dios hay una infinita diferencia entre dar «lo que sobra» y dar «todo lo que se tiene para vivir», aunque a los ojos de los hombres esta última cantidad sea insignificante en comparación con la primera.

La viuda ha hecho uno de esos actos concretos que expresan el amor a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma y al prójimo como a sí mismo. En efecto, ¡ella dio «todo lo que tenía» sin reservarse nada para sí! Ella habría podido decir, como la Virgen María: «El Poderoso ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48). En ella tiene actuación concreta la profunda enseñanza del Concilio Vaticano II acerca de la condición del hombre: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et spes, 24).

La fuente de toda generosidad

La generosidad de las dos viudas mana de la generosidad misma de Dios, que se nos revela de manera plena en Cristo Jesús. Generosidad de Jesús que se ofrece de una vez para siempre en sacrificio para la Reconciliación de toda la humanidad; nada ni nadie queda excluido de tal generosidad. Generosidad de Jesús que, como Sumo Sacerdote, entra glorioso en los cielos para continuar desde allí su obra sacerdotal en favor nuestro: continúa en el cielo su intercesión generosa y eterna por cada uno de los hombres.

En este último párrafo de esta parte de la carta a los Hebreos se expone el sentido último de la generosa acción de Cristo, su paso a la vida de Dios. El camino recorrido por Cristo, su sacrificio, no le lleva a un santuario terreno en el que Dios pueda habitar, sino al mismo Cielo, que designa la realidad misma de Dios, su propio rostro. Cristo está ante ese rostro y se manifiesta constantemente en favor nuestro. El ingreso en la Vida Eterna es la obtención de una relación íntima con Dios, el ser asumido en la unidad de Dios mismo. De esta manera ha sido conseguida la meta última de todo sacerdocio y de todo sacrificio. Por lo mismo ya no tiene necesidad ni de ofrecerse Él mismo de nuevo, ni menos de ofrecer “otros” sacrificios. Su sacrificio no se repite.

Con su sacrificio, único, de una vez por todas, llega el final de los tiempos, la abolición absoluta del pecado reconciliándonos de manera absoluta y definitiva. La muerte es el suceso definitivo en los hombres, y así también el sacrificio reconciliador de Jesucristo, su muerte, ya no se reitera nunca más. Por esta muerte él elimina, destruye la condición pecadora del hombre. Ésta queda sanada radicalmente, perfecta y definitivamente salvada. Cuando aparezca de nuevo no será ya para reiterar su ofrenda, ni será para condenación, sino para la salvación de los que asiduamente le esperan.

Una palabra del Santo Padre:

«Precisamente a este amor, a la disponibilidad hacia el prójimo, hacía el otro —dimensión hoy tan congenial con la conciencia juvenil—, deseo aludir ahora, al proponer a vuestra atención el tercer ejercicio ascético que caracteriza el período cuaresmal, la limosna: «Arrepentíos y dad limosna» (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33).

Al oír la palabra “limosna”, vuestra sensibilidad de jóvenes amantes de la justicia y deseosos de una equitativa distribución de la riqueza, podría sentirse herida y ofendida. Me parece poderlo intuir. Por otra parte, no creáis que sois los únicos en advertir semejante reacción interior; está en sintonía con la innata hambre y sed de justicia que cada hombre lleva consigo. También los Profetas del Antiguo Testamento, cuando dirigen al pueblo de Israel la invitación a la conversión y a la verdadera religión, indican la reparación de las injusticias hacia los débiles e indefensos, como camino real para el restablecimiento de una genuina relación con Dios (cf. Is 58, 6-7).

Sin embargo, la práctica de la limosna está recomendada en todo el texto sagrado, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento; desde el Pentateuco a los Libros Sapienciales, desde el Libro de los Hechos a las Cartas Apostólicas. Pues bien, a través de un estudio de la evolución semántica de la palabra, sobra la que se han formado incrustaciones menos genuinas, debemos volver a encontrar el significado verdadero de la limosna, y sobre todo la voluntad y la alegría de dar limosna.

Limosna, palabra griega, significa etimológicamente compasión y misericordia. Circunstancias diversas e influjos de una mentalidad restrictiva han alterado y profanado en cierto modo su primigenio significado, reduciéndolo tal vez a un acto sin espíritu y sin amor.

Pero la limosna, en sí misma, se entiende esencialmente como actitud del hombre que advierte la necesidad de los otros, que quiere hacer partícipes a los otros del propio bien. ¿Quién diría que no habrá siempre otro que tenga necesidad de ayuda, ante todo espiritual, de apoyo, de consuelo, de fraternidad, de amor? El mundo está siempre muy pobre de amor.

Definida así, la limosna es acto de altísimo valor positivo, de cuya bondad no está permitido dudar, y que debe encontrar en nosotros una disponibilidad fundamental de corazón y de espíritu, sin la cual no existe verdadera conversión a Dios.

Aun cuando no dispongamos de riquezas y de capacidades concretas para subvenir a las necesidades del prójimo, no podemos sentirnos dispensados de abrir nuestro espíritu a sus necesidades y de aliviarlas en la medida de lo posible. Acordaos del óbolo de la viuda, que echó en el tesoro del templo sólo dos pequeñas monedas, pero juntamente todo su gran amor: «Esta echó de su indigencia todo lo que tenía para el sustento» (Lc 21, 4).

Queridísimos, el tema es atrayente, nos llevaría lejos; lo dejo a vuestra reflexión. Os acompañen hacia la alegría pascual mi afecto, mi simpatía, mi bendición».

San Juan Pablo II. Discurso a los Jóvenes presentes en la Basílica de San Pedro.
Miércoles 28 de marzo de 1979.

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Cuando la generosidad no sólo afecta al bolsillo, sino también al corazón, es más auténtica. Por eso, quien da poco, pero es todo lo que puede dar, y lo da con toda el alma, ése es generoso, y su generosidad a los ojos de Dios vale igual de la del rico que se ha desprendido de millones de dólares. No está mal que nos examinemos y preguntemos: ¿Estoy dando todo lo que puedo? ¿Estoy dando todo lo que el Espíritu Santo me pide que dé? ¿Estoy dando como debo dar: desprendida y generosamente?

2. La enseñanza de Jesús nos ordena hacer nuestras buenas obras con absoluto secreto, procurando que nadie lo sepa, y para inculcar esto usa una comparación muy elocuente: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). ¿Vivo esta actitud?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1931 – 1932. 2544 – 2547.

Written by Rafael de la Piedra