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¿Tiene sentido tener fe hoy en día?
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«He ahí el Cordero de Dios»

Domingo de la Semana 2ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – Domingo 14 de enero de 2018
Lectura del santo Evangelio según San Juan 1, 35-42

Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre para una misión muy específica (primer libro de Samuel 3, 3b-10.19). Esto es lo que vemos en el sencillo relato de la llamada del profeta Samuel, así como en el Evangelio que, a su vez, refiere la vocación de los primeros discípulos de Jesús. Este llamado hecho por Dios considera a la persona en su totalidad: cuerpo, alma y espíritu (primera carta de San Pablo a los Corintios 6,13c-15a.17-20). Para ser auténtico discípulo de Cristo (es decir ser bautizado en la Iglesia Católica) es necesario escuchar; responder con generosidad como lo hizo Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha»; y ser coherentes con nuestra opción de fe ya que ahora «somos del Señor» (San Juan 1, 35-42).

Samuel: juez y profeta

Samuel, hijo de Elcaná y Ana, fue el último de los grandes jueces de Israel y uno de los primeros profetas. Al nacer Samuel, había quedado escuchada la ferviente oración de Ana pidiendo un hijo. Ella, a su vez, cumplió la promesa que había hecho a Dios y llevó a su hijo al santuario de Siló para que el sacerdote Elí se encargara de su formación. En el pasaje de la Primera Lectura, Samuel recibe de Dios un llamado y un mensaje; en el que decía que la familia del sacerdote Elí sería castigada por la maldad de sus hijos (ver 1Sam 3, 11-14).

Al morir Elí, Samuel tuvo que hacer frente a una situación difícil. Israel había sido derrotado por los filisteos y creían que Dios ya no se preocupaba de ellos. Samuel pidió destruir todos los ídolos y mandó obedecer a Dios nuevamente. Samuel gobernó durante toda su vida a Israel y durante su mandato hubo paz en sus fronteras. Ya anciano Samuel nombró Jueces a sus hijos, pero el pueblo, descontento, quería un rey. Al principio Samuel se opuso pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, ungió a David como siguiente rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (1Sam 25,1).

 ¡Glorificad a Dios con vuestros cuerpos!

Suena un poco extraño en el mundo en que vivimos la exhortación de San Pablo a ser íntegros (cuerpo, alma y espíritu) buscando así agradar al Señor. Más aún el apóstol de las gentes nos dice que nuestro cuerpo es «templo del Espíritu Santo» resaltando así la dignidad de nuestra corporeidad. He aquí el fundamento de una ética cristiana del cuerpo. Al decir San Pablo «cuerpo» (soma en griego) está refiriéndose a la persona en su totalidad, como vemos en otros pasajes de la misma carta: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?»(3,16).

Dos son las razones fuertes que destaca Pablo para una vida moral íntegra: somos miembros de Cristo: le pertenecemos pues nos adquirió al precio de su sangre y hemos sido incorporados a Él por el bautismo en su nombre; somos templo del Espíritu Santo: Él habita en nosotros porque lo hemos recibido de Dios ya desde el bautismo y, por benevolencia de Dios, podemos llamarlo ¡Abba, Padre! Por lo tanto una conducta inmoral profana el templo de Dios y va contra la altísima dignidad que todo ser humano posee: ser imagen y semejanza del Creador.

«He aquí el cordero de Dios»

El Evangelio de Juan nos ofrece una semana entera de Jesús en los días sucesivos a su bautismo en el Jordán de manos de Juan el Bautista. Es la llamada «semana inaugural». Por eso en este segundo Domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos de lecturas, el Evangelio del Domingo está tomado de esta semana inaugural (ver Jn 1,19 a 2,12). El Evangelio de hoy empieza precisamente con la frase: «Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos». Es el día siguiente al del bautismo del Señor. En esa ocasión Juan había dado este testimonio: «He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre Él… doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,33-34). En este segundo día tiene lugar la vocación de sus tres primeros discípulos.

Juan, fijándose en Jesús que pasaba, lo indica y dice: «He ahí el Cordero de Dios». Es extraño el modo de identificar a Jesús usado por Juan el Bautista. Es claro que esos dos discípulos que estaban con él entendieron el sentido de la expresión «Cordero de Dios», pues apenas oyeron a Juan hablar así, «siguieron a Jesús» y «se quedaron con Él aquel día». Recordemos que ellos habían oído de Juan decir sobre Jesús que «Éste es el Elegido de Dio¬s» Pero de ese Siervo de Dios, su Elegido, estaba escrito: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus moretones hemos sido curados… El Señor descargó sobre Él la culpa de todos nosotros… Como un cordero era llevado al degüello… mi Siervo justificará a todos y las culpas de ellos Él soportará» (Is 53,5.6.7.1¬1 ). A éste se refiere Juan cuando indica a Jesús y lo llama «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Para ellos era cosa habitual ofrecer a Dios sacrificios de corderos en expiación por los pecados. Así estaba mandado por la ley judía. Pero constataban que esos sacrificios no liberaban realmente de la esclavitud del pecado y no lograban purificar la conciencia de pecado. Quien cometía, por ejemplo, un homicidio no se sentía perdonado por Dios porque ofreciera en sacrificio un cordero.

En cambio, Éste es el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El episodio de hoy y todo el desarrollo del Evangelio de Juan nos recuerda aquella visión del Apocalipsis: «Vi un Cordero que estaba en pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre… Éstos siguen al Cordero dondequiera que vaya» (Ap 14,1.4). El Cordero va camino al sacrificio; y allá lo siguen también éstos. Todos sabemos que los apóstoles del Señor fueron todos mártires, es decir, sufrieron una muerte semejante a la suya.

«Se quedaron con Él aquel día»

Al leer este pasaje del Evangelio de San Juan uno podría preguntarse: ¿cómo pueden seguir a Jesús sin haber sido llamados por Él? El Evangelio dice que Jesús, viendo que lo seguían se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscáis?». Responden con una pregunta banal: «Rabbí,¿dónde permaneces?». Entonces acontece la vocación verdadera: «Venid y lo veréis». Y ellos acceden: «Fueron y vieron dónde permanecía y permanecieron con Él aquel día». Uno de los verbos de contenido más pleno en el Evangelio de Juan es el verbo «permanecer». Aquí no se está hablando de un lugar de esta tierra -calle y número- donde Jesús habita; Jesús «permanece» en Dios y llama a los dos discípulos a hacer experiencia de eso: «Lo veréis». De esta manera los discípulos de Jesús son invitados a «permanecer» en Él: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto: porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

¿Qué sería lo que conversaron esa tarde con Jesús? Si a los discípulos de Emaús les ardía el corazón al escuchar al Maestro, ¿qué decir de la conversación en este primer encuentro? Podemos deducir de qué hablaron por la continuación del relato. Después de esto, Andrés al primero que encuentra es a su hermano Simón, y sin más preámbulos le da esta noticia sorprendente: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)». Seguramente no esperó la reacción incrédula de su hermano, sino que por todo argumento «lo llevó donde Jesús». Esta es la vocación de Pedro: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Piedra)».

No sólo tenemos aquí el vocablo hebreo «Mesías» (se usa únicamente aquí y en Jn 4,25) con su correspondiente traducción «Cristo», sino también el nombre hebreo que Jesús dio a Pedro: «Cefas». Así lo llamó Jesús. No era nombre de persona. Esta es una palabra hebrea que significa «Roca». Se tradujo al griego por «petra»: «piedra» y de allí viene el nombre Pedro. Cambiándole el nombre, Jesús le indica su misión, que en el Evangelio de Mateo se expresa más explícitamente: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Cada vez que Pedro escuche su nombre hasta el final de su vida recordará ese instante de su primer encuentro con Jesús.

Una palabra del Santo Padre:

«Como arzobispo de Buenos Aires, he participado muchas veces en la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas de aquella ciudad; pero encontrarme hoy en esta Iglesia Patriarcal de San Jorge para la celebración del santo Apóstol Andrés, el primero de los llamados, Patrón del Patriarcado Ecuménico y hermano de san Pedro, es realmente una gracia singular que el Señor me concede.

Encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no sólo un intercambio de ideas.

Esto vale sobre todo para los cristianos, porque para nosotros la verdad es la persona de Jesucristo. El ejemplo de san Andrés que, junto con otro discípulo, aceptó la invitación del Divino Maestro: «Venid y veréis», y «se quedaron con él aquel día» (Jn 1,39), nos muestra claramente que la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar. También el anuncio cristiano se propaga gracias a personas que, enamoradas de Cristo, no pueden dejar de transmitir la alegría de ser amadas y salvadas. Una vez más, el ejemplo del Apóstol Andrés es esclarecedor. Él, después de seguir a Jesús hasta donde habitaba y haberse quedado con él, «encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús» (Jn 1,40-42). Por tanto, está claro que tampoco el diálogo entre cristianos puede sustraerse a esta lógica del encuentro personal.

Así pues, no es casualidad que el camino de la reconciliación y de paz entre católicos y ortodoxos haya sido de alguna manera inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre nuestros venerados predecesores, el Patriarca Ecuménico Atenágoras y el Papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén, un acontecimiento que Vuestra Santidad y yo hemos querido conmemorar encontrándonos de nuevo en la ciudad donde el Señor Jesucristo murió y resucitó».

Papa Francisco. Palabras en la Iglesia de San Jorge, Estambul. Domingo 30 de noviembre de 2014

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Padre San Alberto Hurtado solía repetir: «El que ha visto una vez el rostro de Cristo no lo puede olvidar nunca más». Es la experiencia de los apóstoles al encontrarse con Jesús. ¿Cómo y dónde puedo encontrarme con el Señor Jesús? ¿Pongo los medios para ello?

2. Todos tenemos una vocación concreta. He descubierto lo que Dios quiere de mí.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 897- 900.1260.1533.

Written by Rafael de la Piedra