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La misericordia, la justicia de Dios

Al propósito del Año de la Misericordia. “La justicia de Dios es su perdón” proclama el salmista y la Iglesia propone por ello el perdón, el cual solo puede ser concedido por alguien absolutamente soberano y puro; solo puede ser concedido por Dios.

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Dios compasivo y misericordioso, ofrece amor y esperanza. Lento a la ira y ajeno a la venganza, corre al encuentro del hombre caído para brindar consuelo, protección y esperanza ante el dolor. El Amor de Dios no conoce límites ni hay fronteras que lo excluya. Dios es el Dios de la ternura, Dios del consuelo, Dios fidelísimo a las promesas, que ama hasta entregar por nosotros su vida en la Cruz.

“Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación —explica el Papa Francisco—. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”.

Somos pecadores, débiles, frágiles: somos humanos. Nos apartamos de Dios, nos enajenamos de nosotros mismos, herimos al hermano, porque estamos marcados con la huella del pecado original. Caminamos por despeñaderos, que serpean caminos oscuros para enfangarnos en el fútil destino mundano. Pero Dios “perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia”; ante la gravedad del pecado, Dios responde amoroso con el perdón, un perdón sin límites.

Corrientes ideológicas modernas —que mutan en diversos rostros libertarios— han procurado “matar a Dios”, y con ello también excluir de la cultura la conciencia del pecado y de la culpa. Para estos modernismos no debe existir la moral, la caridad es altruismo y el pecado ilusión. Sus expresiones más virulentas, combaten crudamente a Dios, a todo lo que lo represente y a quienes procuran dar a conocer su mensaje de misericordia. “La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre” explicaba San Juan Pablo II.

Incapacitados por su ideología agnóstica —cuando no atea— para abrigar el perdón en su corazón, intentan desterrar el sentimiento de culpabilidad que naturalmente se produce al asumir la propia culpa. Estamos ante el drama ateo: la imposibilidad de ser redimidos, pues no hay nada más allá de mi pasajera y frágil existencia. Como no hay Dios, no hay perdón; como no puedo vivir con la culpa, es mejor que la elimine de mi conciencia. Lo cual no la desaparece, sino por el contrario agudiza un sentimiento angustiante del que nunca me puedo librar. Todo se reduce a sentimientos que son preferibles “sublimar” —para usar un término psicoanalítico— para poder vivir esta vida y ninguna más allá.

Pero la Iglesia no esquiva la culpa ni el pecado, sino los perdona. ¡Infinitamente los perdona!, setenta veces siete los perdona, buscando salvar al pecador los perdona, hasta en el último minuto. Porque la lglesia, que es madre, no se agota en brindar misericordia, el bálsamo que cura al pecador.

La misericordia, el perdón de Dios, no es un signo de indolencia. La misericordia es justa. Pero en la actualidad “la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable —señala el Papa Francisco—; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa”. Por ello recuerda la relación entre justicia y misericordia, que “no son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor”. Vista de otro modo el deseo de justicia puede “caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios”, advierte el Papa.

Es notable la importancia de la fe para Jesús, que es contrapuesta al cumplimiento de la ley que regía la mentalidad de los fariseos a quienes le dice: “Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. El mensaje de Jesús es claro: la misericordia es para todos; no cabe una visión puritana, donde unos son los puros y otros los pecadores. Todos necesitamos de misericordia porque todos somos pecadores.

Jesús va más allá de las leyes, pues para Él la ley fundamental es la Ley del Amor, que alcanza a los pecadores su misericordia. Dios no puedo quedarse solamente en la justicia, sino que por su naturaleza trasciende la justicia, pues es más grande que ella. “Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón —enfatiza el Papa Francisco—. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia”.

“La justicia de Dios es su perdón” proclama el salmista y la Iglesia propone por ello el perdón, el cual solo puede ser concedido por alguien absolutamente soberano y puro; solo puede ser concedido por Dios. Sin el perdón la tierra se torna baldía, árida y estéril. Por ello insiste Francisco en dimensión misionera: “Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza”.

Es el Año de la Misericordia. Un año de reconciliación. Este es un tiempo para revisarnos, perdonar y pedir perdón, un tiempo para vivir de la misericordia de Dios.

Written by Rafael de la Piedra