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La tiranía del pensamiento único

Por: Martín Santiváñez

De: http://diariocorreo.pe

En su homilía por Fiestas Patrias, el cardenal Cipriani ha denunciado la tiranía de ese pensamiento único que busca imponer una visión relativista de la vida empleando para ello todo su poder en diversas tribunas mediáticas, políticas y universitarias. Este despotismo, falsamente ilustrado, prescribe para la comunidad social un código de conducta diseñado en los laboratorios de la progresía. Se trata de un estilo de hacer política en el que la auténtica libertad, siempre responsable y fundada en valores, se ve reducida a su remedo anárquico y egoísta: el libertinaje.

El pensamiento único cosifica la dignidad de las personas. Sus defensores reducen al concebido, el más indefenso de los seres humanos, a un apéndice desprovisto del más elemental de los derechos: el derecho a vivir. Resulta paradójico que los mismos que se rasgan las vestiduras autoproclamándose guardianes del derecho-humanismo se muestren tan indolentes ante el aborto, el gran holocausto de nuestro tiempo. ¿Acaso el concebido no tiene derechos?

Todos, por el hecho de existir, somos nomóforos, portadores de derechos. A los talibanes del pensamiento único les falta tiempo para denunciar, con razón, la tragedia del feminicidio, pero olvidan que el FETICIDIO es un crimen que compromete a toda la civilización al reproducir, cada día, la matanza de los inocentes. Porque si sacrificamos a nuestros propios hijos ¿qué clase de sociedad bárbara estamos construyendo?

Para el pensamiento único, los ciudadanos somos, esencialmente, actores de enfrentamientos perpetuos en los que la política es dialéctica continua, voluntad de poder, conflicto y división. O sea, lucha de clases, siempre lucha de clases, aunque ahora se reemplace el becerro de oro revolucionario por el tótem de una democracia supuestamente impersonal y funcionalista. Benedicto XVI, en Caritas in Veritate y en Verdad, valores, poder, ha denunciado esta aberración tecnicista, señalando cómo la democracia puede ser pervertida cuando es vaciada de contenido valorativo. Una democracia sin valores es una herramienta de venganza porque solo la acción política basada en principios garantiza la imparcialidad. ¿No, Carlo Magno? ¿A que sí, Arbizu?

El auténtico pluralismo es aquel que se funda en valores que aspiran al equilibrio sin renunciar a la verdad. Ser plural no significa ignorar la realidad a favor de la mentira. Ser tolerante no implica callarse ante una injusticia evidente. El talante concertador se manifiesta no en la aceptación de lo falso como verdadero sino en la defensa de lo bueno respetando al que está en el error. Nos hemos acostumbrado a discutir el sistema de partidos, la brecha de infraestructura, la calidad de la democracia y los indicadores macroeconómicos. Pero olvidamos defender una política basada en la verdad. La tiranía del pensamiento único abraza verdades y errores por igual, ya que todo lo relativiza. Y eso no es lo que necesita el Perú.

Written by Rafael de la Piedra