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«Todos los que le oían quedaban asombrados»

Sagrada Familia: Jesús, María y José. Ciclo C – 30 de diciembre de 2018
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 41 -52

En el hogar de Nazaret se verifica plenamente el ideal del amor fraterno que resume la hermosa y exigente exhortación del apóstol San Juan: «que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que Él nos dio» (primera carta de San Juan 3,1-2.21-24). En la Primera Lectura (primer libro de Samuel 1,20-22.24-28) y en el Evangelio se mencionan dos familias y dos mujeres; entre las que parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas diferencias. Son la familia de Ana y de María. A ambas Dios les concedió un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María. Ambas saben del llamado especial a su hijo y están dispuestas a responder al amoroso Plan de Dios.

«Ahora yo se lo cedo al Señor por todos los días de su vida»

Siló era la ciudad donde se plantó la «tienda de la adoración» (el tabernáculo), después de la conquista de Canaán. Siló se convirtió en el centro del culto de Israel y la tienda de campaña será sustituida por una construcción más sólida. Todos los años se celebraba una fiesta especial (ver Jue 21,19-21). Los padres de Samuel (Ana y Elcaná) acudían a Siló pata adorar a Dios. En una de esas visitas Ana, que oraba a Dios pidiéndole un hijo, le prometió que, si Dios se lo concedía, ella se lo devolvería para consagrarlo a su servicio. Nació entonces Samuel y Ana cumplió su promesa. Entregó a su hijo al santuario y Samuel se crió en el templo bajo los cuidados de Elí. Samuel, cuyo nombre significa «su nombre es Dios», es considerado el último de grandes jueces de Israel y uno de los primeros profetas.

Una noche Samuel recibió un mensaje en el que se decía que la familia de Elí sería castigada por la crueldad de sus hijos. Al morir Elí, Samuel tuvo que enfrentar una situación muy difícil. Israel fue derrotado por los filisteos y el pueblo creía que Dios ya no se preocupaba más de ellos. Samuel mandó destruir los ídolos falsos y gobernó en paz durante toda su vida. Cuando llegó a anciano nombró jueces a sus hijos pero el pueblo quería un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel.

 «Seremos semejantes a Él»

En estos días de la Octava de Navidad una de las certezas que podemos tener es la del inmenso amor que Dios nos tiene. La razón por la cual Dios se hace Hombre como nosotros no es otra sino la de ofrecernos un bien que sólo Él nos puede otorgar: la vida eterna. Esta certeza debe de llenar nuestro corazón de esperanza ya que Dios nos hace hijos suyos y nos hace herederos de la felicidad eterna. El ser hijos de Dios es pura gracia; consecuencia de haber nacido de Él (1Jn 2,29); sólo desde aquí es posible la existencia del cristiano y de la comunidad reunida en torno a Jesús. La filiación divina es una realidad actual. Lo demuestra la acción del Espíritu, sin la cual no sería posible la existencia cristiana en el mundo y frente a él (ver 1Jn 2,20.27).

La recta y sana conciencia es la de aquél que vive de acuerdo a lo que cree. Es decir la coherencia nos lleva a «acercarnos a Dios con confianza». Muy diferente al miedo provocado por la cercanía de Dios que tuvieron nuestros primeros padres tras la primera nefasta caída (ver Gn 3,8). Al acercarnos con la suficiente confianza a Dios podremos dirigirnos a Él por medio de la oración, con la garantía de ser oídos, ya que el cumplimiento de su voluntad es el mejor argumento para abrir sus oídos (ver St 5,16b; Jn 9,31). Dios atiende la oración de aquél que cumple sus mandamientos. Estos se desdoblan en dos: creer y amar. Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros. Ésta es la mejor síntesis de la insuperable unidad de los mandamientos. El párrafo termina con la siguiente afirmación: el guardar sus mandamientos tiene como consecuencia la comunión mutua y permanente entre Dios y el creyente. El argumento decisivo de dicha comunión para el creyente es la posesión del Espíritu Santo. La confesión auténtica de la fe cristiana y el amor mutuo son argumento definitivo de la presencia del Espíritu.

 «Todos que lo oían estaban estupefactos»

Jesús de Nazaret es el mismo Verbo de Dios que “acampa” entre nosotros. Y Él, Creador del cielo y de la tierra, pudo prescindir de todos los bienes de esta tierra y de los honores de los hombres; pero no pudo prescindir de una familia. Por eso, Él no sólo nace de María Virgen, sino de María unida en matrimonio con José, de manera que al Hijo de Dios hecho hombre se le ofreciera el ambiente humano en el que debe venir a este mundo todo hombre: la familia. Por eso la Iglesia ha establecido que el Domingo que cae dentro de la Octava de Navidad, que es como un gran día de Navidad que dura ocho días, se celebre la solemnidad de la Sagrada Familia. Y el Evangelio de este Domingo nos presenta un episodio de la infancia de Jesús en que actúan todos los miembros de esa familia. Se trata de la pérdida de Jesús en el templo cuando él tenía doce años.

La ley de Israel pedía que los muchachos judíos que hubieran llegado a la edad de la pubertad fueran a Jerusalén tres veces al año (ver Ex 23,14-17). Jesús tiene ya doce años, y aunque los rabinos no consideraban obligatoria esta ley hasta los trece, muchos padres llevaban a sus hijos antes de esa edad. Por lo que leemos que «sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua», podemos afirmar que Jesús, antes de comenzar su ministerio público, ya tenía familiaridad con Jerusalén y sobre todo con el templo. La pascua era una de las fiestas más importantes y se celebraba el 14 de Nisán. En esa noche la familia sacrificaba un cordero. Recordaba el primero de esos sacrificios que tuvo lugar exactamente antes que Dios librará a los israelitas de Egipto.

Al principio, la pascua se celebraba en los hogares, pero en los tiempos del Nuevo Testamento era ya la fiesta principal, con afluencia de «peregrinos», que se celebraba en Jerusalén, como leemos en la lectura. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Esto se explica porque las familias subían a la fiesta en caravanas y es posible que un niño estuviera a cargo de otros familiares. No lo encontraron y debieron volver a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día «lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que lo oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas». Este es el único episodio que conocemos de la niñez de Jesús. Y Él ya se presenta como un verdadero maestro cuya enseñanza concentra la atención y la admiración de todos.

 «¿Por qué nos has hecho esto?…»

Este es, sin duda, uno de aquellos pasajes que nos desconciertan un poco ya que no resulta «políticamente correcto» escuchar las repuesta de Jesús a la pregunta de su Madre. Su Madre expresa su preocupación y le dice: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados te andábamos buscando». Cuando María dice «tu padre» es obvio que se refiere a San José. Sabemos que cuando le llegó el anuncio del ángel Gabriel, ella estaba desposada con «un hombre de la casa de David, llamado José». De manera que, cuando el ángel, refiriéndose al niño que sería concebido en su seno, le dijo: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre», está afirmando que José sería el padre adoptivo del niño y que con María formarían una verdadera familia. Durante su ministerio público, Jesús es llamado «hijo de David» por vía de José. Pero en la respuesta de Jesús aparece por primera vez de manera clara la conciencia de su filiación divina: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Este «mi Padre» debió sonar como un campanazo; se refiere a Dios y lo llama así. Jesús es hijo de David y es Hijo de Dios; es verdadero hombre y verdadero Dios.

María sabía perfectamente desde la anunciación, ocurrida doce años atrás (todas esas cosas ella las había conservado meditándolas en su corazón), que el hijo de sus entrañas, no era hijo de José sino «Hijo del Altísimo», como le había dicho el ángel Gabriel: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo… el que ha de nacer santo (sin intervención de varón) será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,32.35). La pregunta de María se explica porque ésta es la primera vez en que Jesús responde al llamado de su Padre, aunque deba por eso ser causa de angustia para sus padres de esta tierra. Así demuestra que él tiene perfecta conciencia de ser «el Hijo», y nos enseña que cuando se trata de la obediencia filial a su Padre, toda otra obediencia debe ceder. La obediencia de Jesús a sus padres terrenales es ejemplar; sólo la obediencia a Dios es superior.

Por eso, aunque es verdad que Él tiene que estar en la casa de su Padre, después de responder a ese reclamo, «bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos». Jesús conocía y observaba fielmente el mandamiento que ordena «honrar padre y madre», y al hombre que le pregunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otros mandamientos, le dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Lc 18,20). Pero con su actitud nos enseña que el primero de los mandamientos es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30). Cada cristiano también tiene a Dios como Padre y el Plan de Dios sobre nosotros debe prevalecer sobre toda otra consideración.

Debemos resolver aún un problema. El Evangelio dice que ellos (María y José) no comprendieron la respuesta que les dio. ¿Qué es lo que no comprendieron? Ya dijimos que la incomprensión no está en el hecho de que llame a Dios: «mi Padre», ni tampoco en que obedezca al llamado del Padre por encima de toda otra observancia. Eso ellos lo comprendían. La observación de Lucas no tiene como objetivo destacar algo negativo en María y José; es una advertencia dirigida a los lectores para indicar la dificultad de todos para comprender el misterio de la cruz.

El tema de la incomprensión reaparece cada vez que se anuncia la Pasión y la Muerte de Jesús. La pregunta que Jesús hace a sus padres en el templo tiene el mismo sentido que la que hace a Pedro cuando con la espada quiere impedir su prendimiento: «Vuelve la espada a la vaina. El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). María es la única que, con el tiempo, comprende perfectamente, porque ella «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón». Por eso, cuando al final del Evangelio, ante la tumba vacía de Jesús, se hace a las piadosas mujeres una pregunta similar: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5), María no está allí. Ella ya comprende; ella no busca a su Hijo entre los muertos, porque sabe que está vivo.

Una palabra del Santo Padre:

«Qué importante es para nuestras familias a caminar juntos para alcanzar una misma meta. Sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer; un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo. En esta peregrinación de la vida compartimos también el tiempo de oración. ¿Qué puede ser más bello para un padre y una madre que bendecir a sus hijos al comienzo de la jornada y cuando concluye? Hacer en su frente la señal de la cruz como el día del Bautismo. ¿No es esta la oración más sencilla de los padres para con sus hijos? Bendecirlos, es decir, encomendarles al Señor, como hicieron Elcaná y Ana, José y María, para que sea él su protección y su apoyo en los distintos momentos del día.

Qué importante es para la familia encontrarse también en un breve momento de oración antes de comer juntos, para dar las gracias al Señor por estos dones, y para aprender a compartir lo que hemos recibido con quien más lo necesita. Son pequeños gestos que, sin embargo, expresan el gran papel formativo que la familia desempeña en la peregrinación de cada día.

Al final de aquella peregrinación, Jesús volvió a Nazaret y vivía sujeto a sus padres (cf. Lc 2,51). Esta imagen tiene también una buena enseñanza para nuestras familias. En efecto, la peregrinación no termina cuando se ha llegado a la meta del santuario, sino cuando se regresa a casa y se reanuda la vida de cada día, poniendo en práctica los frutos espirituales de la experiencia vivida. Sabemos lo que hizo Jesús aquella vez. En lugar de volver a casa con los suyos, se había quedado en el Templo de Jerusalén, causando una gran pena a María y José, que no lo encontraban. Por su «aventura», probablemente también Jesús tuvo que pedir disculpas a sus padres.

El Evangelio no lo dice, pero creo que lo podemos suponer. La pregunta de María, además, manifiesta un cierto reproche, mostrando claramente la preocupación y angustia, suya y de José. Al regresar a casa, Jesús se unió estrechamente a ellos, para demostrar todo su afecto y obediencia. Estos momentos, que con el Señor se transforman en oportunidad de crecimiento, en ocasión para pedir perdón y recibirlo y de demostrar amor y obediencia, también forman parte de la peregrinación de la familia.

Que, en este Año de la Misericordia, toda familia cristiana sea un lugar privilegiado para esta peregrinación en el que se experimenta la alegría del perdón. El perdón es la esencia del amor, que sabe comprender el error y poner remedio. Pobres de nosotros si Dios no nos perdonase. En el seno de la familia es donde se nos educa al perdón, porque se tiene la certeza de ser comprendidos y apoyados no obstante los errores que se puedan cometer.

No perdamos la confianza en la familia. Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón. Encomiendo a vosotras, queridas familias, esta cotidiana peregrinación doméstica, esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca».
Papa Francisco. Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia. Domingo 27 de diciembre de 2015.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Conozcamos la apasionante historia del profeta Samuel leyendo 1Sam 1-15. 25, 1.

2. ¿Qué resoluciones concretas debo de realizar para que mi familia pueda ser un verdadero cenáculo de amor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201- 2233.

 

Written by Rafael de la Piedra