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¿Qué podemos esperar de la familia?

En un monumental discurso en España, el prefecto de la doctrina de la fe nos da luces acerca de la exhortación postsinodal sobre la familia. El cardenal Müller ha pronunciado un largo y argumentado discurso de la “Amoris laetitia” en el seminario delArzobispado de Oviedo, el 4 de mayo. Les comparto algunos extractos de la misma  así como un vídeo con la conferencia completa. 

Una cultura de esperanza para la familia a partir de la “Amoris Laetitia” Por Gerhard L. Müller

Introducción […]

1. Iglesia y familia: el arca de Noé […]

2. La arquitectura del arca: el amor de Cristo vivido en familia

[…] Insiste el Papa en que la pastoral matrimonial tiene que ser “una pastoral del vínculo” (AL 211). Frente a una pastoral emotiva, que busque solo fomentar sentimientos o se contente con proporcionar experiencias intimistas del encuentro con Dios, una pastoral del vínculo es una pastoral que prepara al “sí para siempre”. Desde aquí se ilumina la preparación al matrimonio: acompañar las etapas del noviazgo para que los jóvenes aprendan a decir “sí, quiero”y acojan el proyecto de Dios para ellos. Cultivando el vínculo, el amor sale de sí mismo, supera el sentimiento fluctuante, se vuelve fuerte para sostener la sociedad y acoger a los hijos. Se trata de dar una morada a la familia, de la que el vínculo matrimonial es la clave de bóveda. En el vínculo se supera el individualismo de los esposos o de la pareja y se crea cultura de la familia, ambiente donde el amor puede florecer, arca de Noé para navegar juntos en el diluvio de la postmodernidad líquida. A los esposos la Iglesia les garantiza: en cualquier caso, en cualquier situación en la que estéis, yo velaré por este vínculo, lo aseguraré y lo protegeré, para que permanezca vivo, para que podáis siempre regresar a él, porque en él está vuestra vocación más profunda.

Hay que entender desde aquí la insistencia del Papa Francisco en lo que él llama “ideal cristiano”. Algunos han interpretado este ideal come si fuese un lejano objetivo, abstracto, solo para pocos. Pero no es este el pensamiento de Francisco. ¡El Papa no es platónico! Todo lo contrario, para él el cristianismo toca la carne del hombre (cf. “Evangelii Gaudium” 88, 233). Esto se ve muy bien cuando Francisco nos avisa de que no debemos plantear “un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales” (AL 36). Aquí el mismo Papa rechaza que el ideal sea algo abstracto y artificioso.

¿De qué nos habla, entonces, el Papa cuando se refiere al ideal del matrimonio? El ideal en la Iglesia es siempre ideal encarnado, porque la Palabra, el Logos, se ha hecho carne y acompaña su vida en los sacramentos. Esta presencia viva y transformadora del amor pleno de Jesús se encuentra precisamente en los sacramentos, que contienen la arquitectura del arca de Noé. “Amoris Laetitia”, de hecho, habla varias veces de la relación entre la iniciación cristiana y la vida matrimonial (AL 84, 192, 206-207, 279), y del nexo entre Eucaristía y matrimonio (AL 318). Podríamos concluir: cada familia, y la Iglesia entera, cuentan con esta cultura del amor de Jesús, que se conserva en la economía de los sacramentos. Estos permanecen como signo vivo de Cristo, para generar su misma vida entre los hombres. Constituyen la arquitectura del arca, esa arca de la que Dios dio las medidas.

Nuestro tiempo, lleno de deseos líquidos, necesita, como decía antes, una morada del amor, una cultura del amor. La Iglesia fomenta esta cultura del amor precisamente en sus sacramentos, que la constituyen. Ella podrá ofrecer esperanza a los hombres, a todos, también a los más alejados, mientras se mantenga fiel a esta morada que ha recibido de Cristo; mientras promueva esta cultura común del amor de Cristo, confesada en los signos sacramentales, que son la arquitectura de la nave que nos lleva al buen puerto.

La imagen del arca de Noé, de la Iglesia que navega y lleva la esperanza en medio del mundo, está unida al número ocho que simbolizaba, desde tiempos primitivos, el octavo día, día de la resurrección de Cristo, el inicio del mundo futuro. De este modo se insistía en que la Iglesia no solo camina hacia una plenitud lejana, sino que en ella esta plenitud del amor se ha inaugurado ya. Sí, es posible vivir el amor del que nos habla San Pablo en su himno, y para ello no tenemos que esperar hasta el final del tiempo. Es posible vivir ahora este amor, porque la Iglesia, en sus sacramentos, mantiene vivo y eficaz, como don originario de Cristo, la morada que acoge y sostiene y vigoriza nuestras pobres fuerzas.

3. Acoger en el arca a los más alejados: acompañar, discernir, integrar

Se puede afrontar, desde este horizonte grande de la cultura del amor, una pregunta a la que el Papa ha dedicado su atención en “Amoris Laetitia”: ¿cómo dar esperanza a aquellos que viven alejados, y especialmente a los que han vivido el drama y la herida de una segunda unión civil después de un divorcio? Son los que, se podría decir, naufragaron en el diluvio de la postmodernidad líquida y han olvidado aquella promesa esponsal por la que sellaron en Cristo un amor para siempre. ¿Pueden regresar al arca de Noé, construida sobre el amor de Cristo, y escapar a las aguas? En tres palabras el Papa nos indica la vía para esta tarea de la Iglesia: acompañar, discernir, integrar (AL 291-292). A partir de ellas puede leerse el capítulo VIII de “Amoris Laetitia”.

3.1. Acompañar: el arca que flota y navega

Se trata, en primer lugar, de acompañar. Estos bautizados no están excluidos de la Iglesia. Al contrario, la Iglesia, nueva arca de Noé, les acoge, aunque su vida no se corresponda con las palabras de Jesús. Esta capacidad de acogida la describe San Agustín estableciendo una distinción, siempre en torno al arca de Noé como imagen de la Iglesia. En primer lugar, en el arca no entraban solo los animales puros según la Ley. Esto quería decir, para Agustín, que la Iglesia alberga en su seno justos y pecadores bajo un mismo techo; que ella está hecha de hombres que caen y se levantan, que tienen que pronunciar, al inicio de cada misa: “Yo confieso”. De este modo la Iglesia católica se aleja de la visión donatista, que planteaba una “Iglesia de los puros”, en que no hubiera sitio para el pecador. Solo al final del tiempo separará Dios el trigo y la cizaña, también la cizaña que germina en cada creyente.

Ahora bien, dice San Agustín, todos estos animales, puros e impuros, pasaron por una misma puerta y habitaron en una misma morada, con las mismas paredes y techado. Aquí se refiere el Obispo de Hipona a los sacramentos, con el Bautismo como puerta, y con el cambio de vida que piden a quien quiere recibirlos, abandonando el pecado. En esta armonía entre los sacramentos y la vida visible de los cristianos, dice San Agustín, la Iglesia mantiene ante el mundo el testimonio no solo de cómo vivió Jesús, sino de cómo están llamados a vivir los miembros del cuerpo de Jesús. La coherencia entre los sacramentos y el modo de vida de los cristianos asegura, por tanto, que se mantenga habitable la cultura sacramental en que vive la Iglesia y que Ella propone al mundo. Solo de este modo puede recibir a los pecadores, acogiéndoles con premura e invitándoles a un camino concreto para que superen el pecado. Lo que la Iglesia nunca puede perder, porque perdería el don originario que la sostiene, es la arquitectura de los sacramentos, de manera que ya no hagan visible el amor de Jesús y el modo en que este amor transforma la vida cristiana. Precisamente aceptando esta estructura sacramental evita la Iglesia los dos modos posibles de convertirse en “Iglesia de los puros”: por exclusión de los pecadores y por exclusión del pecado.

El primer elemento clave para este camino de acompañamiento resulta ser, por tanto, la armonía entre la celebración sacramental y la vida cristiana. Esta es la razón de la disciplina eucarística que la Iglesia ha mantenido desde sus orígenes. Gracias a ella la Iglesia puede ser comunidad que acompaña, que acoge al pecador sin por ello bendecir el pecado; y que, así, ofrece la base para que sea posible un camino de discernimiento e integración. San Juan Pablo II confirmó esta disciplina en “Familiaris Consortio” 84 y “Reconciliatio et Poenitentia” 34; la Congregación para la doctrina de la fe lo reafirmó en su documento de 1994; Benedicto XVI ahondó en ella en “Sacramentum Caritatis” 29. Se trata una enseñanza magisterial consolidada, con apoyo en la Escritura, y que se basa en una razón doctrinal: la armonía salvífica de los sacramentos, corazón de la “cultura del vínculo” que vive la Iglesia.

Algunos han afirmado que “Amoris Laetitia” eliminaba esta disciplina, permitiendo, al menos en ciertos casos, que los divorciados que viven en nueva unión pudieran recibir la Eucaristía sin necesidad de transformar su modo de vida según lo indicado en FC 84 (abandonando la nueva unión o viviendo como hermanos en ella). A esto hay que responder que, si “Amoris Laetitia” hubiera querido cancelar una disciplina tan arraigada y de tanto peso, se habría expresado con claridad, ofreciendo razones para ello. No hay, sin embargo, ninguna afirmación en este sentido; ni el Papa pone en duda en ningún momento los argumentos presentados por sus predecesores, que no se basan en la culpabilidad subjetiva de estos hermanos nuestros, sino en su modo visible, objetivo, de vida, contrario a las palabras de Cristo.

¿Pero no se encuentra este cambio – objetan todavía algunos – en una nota a pie de página, donde se dice que, en algunas ocasiones, la Iglesia podría ofrecer la ayuda de los sacramentos a quienes viven en situación objetiva de pecado (n. 351)? Sin entrar en un análisis detallado, basta decir que esta nota se refiere a situaciones objetivas de pecado en general, sin afectar al caso específico de los divorciados en nueva unión civil. La situación de estos últimos, en efecto, tiene rasgos peculiares, que la distinguen de otras situaciones. Y es que estos divorciados viven en contraposición con el sacramento del Matrimonio y, por tanto, con la economía de los sacramentos, con centro en la Eucaristía. Esta es de hecho la razón indicada por el magisterio precedente para justificar la disciplina eucarística de FC 84; un argumento que no aparece en la nota ni en su contexto. Lo que afirma la nota 351, por tanto, no toca a la disciplina anterior: sigue en pie la norma de FC 84 y SC 29 y su aplicación en todo caso.

El principio de fondo es que nadie puede querer de verdad un sacramento, el de la Eucaristía, sin querer también vivir de acuerdo con los demás sacramentos, entre ellos el del matrimonio. Quien vive en modo contrario al vínculo matrimonial se opone al signo visible del sacramento del matrimonio; en lo que toca a su existencia en el cuerpo, aunque luego subjetivamente no sea culpable, se hace “anti-signo” de la indisolubilidad. Precisamente porque su vida en el cuerpo es contraria al signo, no puede formar parte, recibiendo la comunión, del signo supremo eucarístico, donde se revela el amor encarnado de Jesús. La Iglesia, si le admitiera, incurriría en lo que Santo Tomás de Aquino llamaba “falsedad en los signos sacramentales”. Y no estamos ante una conclusión doctrinal excesiva, sino ante la base misma de la constitución sacramental de la Iglesia, que hemos comparado con la arquitectura del arca de Noé. Es una arquitectura que la Iglesia no puede modificar, porque viene del mismo Jesús; porque ella, la Iglesia, nace de aquí, y aquí se apoya para navegar en las aguas del diluvio. Cambiar la disciplina en este punto concreto, admitiendo una contradicción entre la Eucaristía y el matrimonio, significaría necesariamente cambiar la confesión de fe de la Iglesia, que enseña y practica la armonía entre todos los sacramentos, tal y como la recibió de Jesús. Sobre esta fe en el matrimonio indisoluble, no como ideal lejano sino como práctica concreta, se ha derramado sangre de mártires.

Alguno podría insistir: ¿no se queda Francisco corto en la misericordia al no dar este paso? ¿No es excesivo pedir a estas personas que caminen hacia una vida conforme a la Palabra de Jesús? Más bien sucede al contrario. Diríamos, usando la imagen del arca, que Francisco ha abierto todas las ventanas posibles en la nave, sensible a la situación de diluvio que vive el mundo actual; y que ha invitado a todos a lanzar cuerdas desde estas ventanas para introducir en la barca al hombre naufrago. Pero permitir, aunque fuera solo en algunos casos, que se diera la comunión a quien se instala en un modo visible de vida contrario al sacramento del matrimonio, no sería abrir una ventana más, sino abrir un boquete en el fondo de la nave, dejando que entre en ella el mar y poniendo en peligro la navegación de todos y el servicio de la Iglesia a la sociedad. Más que una vía de integración, sería una vía de desintegración del arca eclesial: una vía de agua. Al respetar esta disciplina, por tanto, no se pone un límite a la capacidad de la Iglesia para rescatar a las familias, sino que se asegura la estabilidad de la nave y su capacidad para llevarnos a puerto. La arquitectura del arca es necesaria precisamente para que la Iglesia no permita que se estanque nadie en una condición contraria a la palabra de vida eterna de Jesús, es decir, para que la Iglesia no condene “eternamente a nadie” (cf. AL 296-297).

Preservando la arquitectura del arca se preserva, podemos decir, nuestra casa común que es la Iglesia, establecida sobre el amor de Jesús; se conserva la cultura o ambiente de la familia, decisiva para toda su pastoral familiar y su servicio a la sociedad. De este modo volvemos a lo que hemos considerado el punto central de la esperanza de la Iglesia para la familia: la necesidad de crear una cultura de la familia, de ofrecer una morada al deseo y al amor. Se trata de fomentar una “cultura del vínculo”, en paralelo a la “pastoral del vínculo” de que habla el Papa, cultura que ahora, en la sociedad postmoderna, solo la Iglesia católica genera. Aquí vemos que esta disciplina de la Iglesia tiene enorme valor pastoral.

Hemos discutido mucho estos años sobre la posibilidad de dar la comunión a los divorciados que viven en nueva unión civil. Al inicio de “Amoris Laetitia” el Papa ha recordado algunas posiciones exageradas que se han podido dar. Los argumentos han sido muchos y muy variados, con el peligro de perderse en selvas intrincadas de casuística. Intentemos, por un momento, tomar un poco de distancia y mirar la cuestión con perspectiva, dejando los detalles. Si la Iglesia admite a la comunión a los divorciados que viven en nueva unión sin pedirles un cambio de vida, dejando que sigan instalados en su situación, ¿no habría que decir simplemente que ha aceptado el divorcio en algunos casos? Ciertamente, no lo habrá aceptado sobre el papel, seguirá afirmándolo como ideal, ¿pero no lo afirma como ideal también nuestra sociedad? ¿En qué se diferenciaría entonces la Iglesia? ¿Podría seguir diciéndose fiel a las palabras de Jesús, palabras claras, que entonces sonaron duras? ¿No fueron estas palabras contrarias a la cultura y praxis de su tiempo, permisivo con un divorcio caso por caso para adaptarse a la fragilidad del hombre? En la práctica, la indisolubilidad del matrimonio quedaría como un bonito principio, porque ya no se confesaría en la Eucaristía, el verdadero lugar donde se confiesan las verdades cristianas que tocan la vida y dan forma al testimonio público de la Iglesia.

Debemos preguntarnos: ¿no hemos mirado a esta problema demasiado desde el punto de vista de los individuos aislados? Todos podemos entender el deseo de comulgar de estos hermanos nuestros, y las dificultades que tienen para abandonar su unión, para vivir en ella de otro modo. Desde el punto de vista de cada una de estas historias, podríamos pensar: ¿qué nos cuesta, en el fondo, dejar que comulguen? Hemos olvidado, me parece, mirar las cosas desde un horizonte más grande, desde la Iglesia como comunión, desde su bien común. Pues, por un lado, el matrimonio tiene carácter intrínsecamente social. Cambiar el matrimonio para algunos casos significa cambiarlo para todos. Si hay algunos casos en que no importa vivir contra el vínculo sacramental, ¿no habrá que decir a los jóvenes que se van a casar, que estas excepciones también existirán para ellos? ¿No lo percibirán enseguida aquellos matrimonios que luchan por permanecer juntos pero experimentan el peso del camino y la tentación de abandonarse? Además, por otro lado, la Eucaristía también tiene una estructura social(cf. AL 185-186), no depende solo de mis condiciones subjetivas, sino de cómo me relaciono con los otros dentro del cuerpo de la Iglesia, porque la Iglesia nace de la Eucaristía. Entender el Matrimonio y la Eucaristía como actos individuales, sin considerar el bien común de la Iglesia, disuelve al final la cultura de la familia, como si Noé, viendo muchos náufragos alrededor del arca, desmembrase su fondo y sus paredes para repartir tablas. La Iglesia perdería su ser comunional, basado en la ontología de los sacramentos, y se convertiría en reunión de individuos que flotan sin dirección a merced de las olas.

En realidad, los divorciados en nueva unión civil que se abstienen de acercarse a la Eucaristía, y que caminan para poder regenerar su deseo conforme a ella, están protegiendo la morada de la Iglesia, nuestra casa común. Y también para ellos mismos es un bien mantener intactas las paredes del arca, de la morada donde se contiene el signo del amor de Jesús. Pues así la Iglesia les puede recordar: “no te detengas, es posible también para ti, no estás excluido del retorno a la alianza sacramental que contrajiste, aunque lleve tiempo; puedes vivir, con la fuerza de Dios, en fidelidad a ella”. Y si alguien dice que esto es imposible, recordemos las palabras de “Amoris Laetitia”: “Seguramente es posible, porque es lo que pide el Evangelio” (AL 102). Nadie queda, por tanto, excluido del camino hacia la vida grande de Jesús.El deseo de comulgar puede conducir, con la ayuda del pastor (y aquí se abre la vía del discernimiento) a una regeneración del deseo, para que deseemos vivir según las palabras del Señor.

En suma, el Papa nos advierte en la exhortación contra dos desvíos. Están los que quieren condenar y se contentan con un inmovilismo que no abre nuevas vías para que estas personas puedan regenerar su corazón. Están, por otro lado, los que ven la solución en encontrar excepciones en distintos casos, renunciando a regenerar el corazón de las personas. ¿No habría que levantarse por encima y tomar otro punto de vista? Este punto de vista es el de la comunión eclesial, el del bien común de la Iglesia, el de mantener vivo en su centro, como cultura de la familia, la vida misma de Cristo que nos anima en los sacramentos. Si dañamos esta estructura del arca de Noé, ¿cómo estar seguros de que se mantendrá a flote? ¿de que no irá a pique la esperanza cristiana para todas las familias?

3.2. Discernir e integrar

Dentro de esta cultura de la familia, que se apoya en la arquitectura del arca, podemos entonces preguntarnos: ¿cuáles son las nuevas vías que “Amoris Laetitia” nos invita a abrir? El Papa las aborda a minándo nos a discernir y a integrar.

Nos preguntamos primero por el discernimiento. Algunos han interpretado que el Papa, al decir que se tengan más en cuenta las circunstancias atenuantes, pediría que el discernimiento se basara en ellas, como si este consistiera en escrutar si la persona es o no culpable subjetivamente. Ahora bien, este discernimiento sería, en último término imposible, pues solo Dios escruta los corazones. Además, la economía de los sacramentos es una economía de signos visibles, no de disposiciones interiores o de culpabilidad subjetiva. Una privatización de la economía sacramental no sería ciertamente católica. No se trata de discernir una mera disposición interior sino, como dice San Pablo, de “discernir el cuerpo” (cf. AL 185-186), las relaciones concretas visibles en que vivimos.

Y esto significa que la Iglesia no nos deja solos ante este discernimiento. El texto de “Amoris Laetitia” nos indica los criterios clave para llevarlo a cabo. El primero consiste en la meta que se busca al discernir. Se trata de la meta que la Iglesia anuncia para todos, en cualquier caso y situación, y que no debe callarse por respetos humanos ni por miedo a chocar con la mentalidad del mundo, como recuerda el Papa (AL 307). Consiste en volver a la fidelidad al vínculo matrimonial, entrando de nuevo así en aquella morada o arca que la misericordia de Dios ha ofrecido al amor y al deseo del hombre. Todo el proceso se dirige, paso a paso, con paciencia y misericordia, a reconocer y sanar la herida que aqueja a estos hermanos, que no es el fracaso del anterior matrimonio, sino la nueva unión establecida.

El discernimiento es necesario, por tanto, no para elegir meta, sino para elegir camino. Teniendo claro adónde queremos llevar a la persona (la vida plena que Jesús promete) se disciernen las vías para que cada uno, según su caso particular, pueda llegar allí. Y aquí entra, como segundo criterio, la lógica de los pequeños pasos de crecimiento, de que también habla el Papa (AL 305). La clave es que estos divorciados renuncien a instalarse en su situación, que no hagan las paces con la nueva unión en que viven, que estén dispuestos a iluminarla a la luz de las palabras de Jesús. Todo lo que mueva a abandonar este modo de vivir, es un pequeño paso de crecimiento que hay que promover y animar.

En realidad, quien desea comer a Jesús en la Eucaristía, deseará también, usando la imagen bíblica, comer sus palabras, asimilarlas en su vida. O, mejor, según San Agustín, deseará ser asimilado por ellas. Porque no es Jesús quien se adapta a nuestro deseo, sino nuestro deseo el que está llamado a conformarse a Jesús, para encontrar en él su realización plena.

Desde aquí podemos pasar a la tercera palabra, “integrar”, y examinar las nuevas vías que “Amoris Laetitia” abre para los divorciados en nueva unión. El Papa nos pide, siguiendo al Sínodo, que se desarrolle un itinerario, que debe ser realizado en cada diócesis bajo la guía del obispo y siguiendo la enseñanza de la Iglesia (AL 300). Esto debería suceder, a ser posible, contando con un equipo de pastores cualificados y expertos.

Es esencial que en el camino se anuncie la palabra de Dios, especialmente en lo que toca al matrimonio (AL 297). Así estos bautizados irán haciendo luz sobre esa segunda unión que comenzaron y en la que viven. Se propiciaría aquí también la posibilidad de revisar una eventual nulidad del matrimonio sacramental, según las nuevas normas emanadas por el Papa.

En este camino se encuentra también otra novedad, abierta por el Papa en “Amoris Laetitia”. Sin cambiar la normativa canónica general, el Papa admite que puedan darse excepciones en lo que respecta a la asunción por estos divorciados de algunos encargos públicos eclesiales. El criterio es, como he indicado antes, el camino de crecimiento concreto de la persona hacia la sanación.

En toda esta ruta es bueno recordar que los sacramentos no son solo una celebración puntual, sino un camino: quien empieza a moverse hacia la Penitencia está ya en un proceso sacramental, no está excluido de la estructura sacramental de la Iglesia, recibe en cierto modo la ayuda de los sacramentos. De nuevo, lo importante es estar dispuesto a dejarse transformar por Jesús, aunque se sepa que el camino será largo; y a dejarse acompañar en este camino. Lo que mueve al pastor es el deseo de introducir a la persona en la cultura del vínculo, ofreciendo una morada a su deseo, para que este pueda regenerarse según las palabras del Señor.

El Papa nos invita a emprender una ruta, he aquí la clave. La comunión eucarística estará en el horizonte final, y llegará en el momento en que Dios quiera, pues Él actúa en la vida de estos bautizados, ayudándoles a regenerar sus deseos conforme al Evangelio. Empecemos paso a paso, ayudándoles a participar en la vida de la Iglesia, hasta que “alcancen la plenitud del plan de Dios para ellos” (AL 297).

Concluyo. En las aguas de la postmodernidad líquida, la Iglesia puede ofrecer una esperanza a todas las familias y a toda la sociedad, como el arca de Noé. Ella reconoce la debilidad y la necesidad de conversión de sus miembros. Precisamente para eso está llamada a mantener, al mismo tiempo, la presencia concreta en ella del amor de Jesús, vivo y eficaz en los sacramentos, que dan al arca su estructura y dinamismo, haciéndola capaz de surcar las aguas. La clave está en desarrollar, y el reto no es pequeño, una “cultura eclesial de la familia” que sea “cultura del vínculo sacramental”.

Según San Juan Crisóstomo el arca de Noé se diferencia de la Iglesia en un detalle importante. Pues la antigua arca recibió en su seno a los animales irracionales, “alogos”, y los mantuvo siempre irracionales. La Iglesia, por su parte, recibe también al hombre que, por el pecado, ha perdido el Logos (razón), y es por tanto “irracional”, camina sin la luz del amor. Pero, precisamente porque la Iglesia tiene el ambiente vital del cuerpo de Cristo, porque preserva la armonía de los sacramentos, ella, a diferencia del arca de Noé, es capaz de regenerar al hombre, de conformar el corazón humano a la Palabra (Logos) de Jesús. En ella entran los hombres “irracionales” y salen “racionales”; es decir, dispuestos a vivir según la luz de Cristo, según su amor que “todo lo espera”, y “que dura para siempre”.

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Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España.

Written by Rafael de la Piedra