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«Yo te bendigo Padre porque has revelado estas cosas a los pequeños»

Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 9 de julio 2017
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 11, 25-30

El profeta Zacarías dirige su gozoso anuncio mesiánico a los habitantes de Jerusalén, proclamando la venida de un rey humilde, que montado en un asno , restablecerá la paz y la justicia en las naciones; sintetizando de manera admirable toda la esperanza de salvación del pueblo elegido ( Zacarías 9,9-10). Profecía que se verá plenamente realizada en Jesucristo, manso y humilde de corazón, que viene a traer alivio y descanso a todo aquel que experimenta fatiga y desasosiego. Él, conociendo íntimamente al Padre, revela el verdadero rostro de Dios a todo aquel que con humildad se reconoce necesitado de su misericordia (San Mateo 11, 25-30).

En su carta a los Romanos, San Pablo nos recuerda nuestra nueva dignidad de hijos en el Hijo ya que hemos resucitado a la vida en el Espíritu y, por lo tanto, debemos vivir las obras de vida nueva y no según el desorden egoísta que nace de las apetencias de la carne (Romanos 8, 9.11-13).

¿Quién era el profeta Zacarías?

Zacarías era profeta y sacerdote nacido durante el destierro de los judíos en Babilonia. Así como el profeta Ageo, participó en la reconstrucción del templo que quedó terminado finalmente en el año 516 a.C. En aquel tiempo los judíos que habían regresado del destierro estaban desalentados y habían dejado de reedificar el templo a causa de sus adversarios: «Entonces el pueblo de la tierra se puso a desanimar al pueblo de Judá y a meterles miedo para que no siguiesen edificando» (Esd 4,4). Zacarías los animó a seguir sus trabajos prometiéndoles, en una visión profética, la victoria y la paz final sobre todos sus enemigos (ver Za 9 al 14).

El asno en la Biblia 

En la Biblia se menciona por primera vez a un asno cuando Abraham estuvo en Egipto (Gn 12,16). Era el más común de los animales de montura (Ex 4,20). En un asno se podía viajar unos 30 km. en el día y era insustituible en el terreno montañoso. La riqueza de un hombre podía medirse mediante el número de asnos que tuviera (Gn 12,16) por lo que constituía un regalo apreciado (Gn 32, 13-15). El asno blanco se consideraba como un animal digno de personas importantes (Jc 5,10). Un escrito del siglo VII a.C. indica que no era propio de gente real andar a caballo sino en asno. El hecho de que Jesús haya usado un asno para la entrada triunfal en Jerusalén es a la vez símbolo de su realeza mesiánica y de su misión reconciliadora haciendo directa referencia al pasaje de Za 9,9.

«Todo me ha sido entregado por mi Padre»

El Evangelio de este Domingo está compuesto de dos partes: en la primera se nos transmite una oración espontánea de Jesús dirigida a su Padre y en la segunda Jesús se presenta como el Maestro Bueno que invita a los agobiados para darles descanso y mostrarles su propia persona como una lección de mansedumbre y humildad. Este bellísimo pasaje del Evangelio nos recuerda aquel Salmo que dice: «Bendeciré al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca… ¡que los humildes lo oigan y se alegren!» (Sal 33,2).

Profundicemos en el contenido de las palabras de Jesús: «Todo me ha sido entregado por mi Padre». Como leemos en esta frase no se excluye nada, excepto la alteridad , es decir, la propia condición del «Padre». Eso el Padre no lo puede entregar. Pero en ese «todo» se incluye la divinidad; de lo contrario esa afir¬mación no sería verdad. Jesús es el Hijo y se presenta ante el Padre como un «Yo» frente a un «Tú», como una Persona frente a otra Persona; pero ambos poseen todo en común, pues son la misma sustancia divina, ambos son el mismo y único Dios. Estamos tocando así la revelación del misterio trinitario.

Esto se ve confirmado por las siguientes afirmaciones de Jesús. «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre». Esto lo podemos aceptar sin más. En efecto, esto puede decirse de toda persona: nadie la conoce bien sino el mismo Dios. San Agustín decía que Dios era «más íntimo a mí que yo mismo». El conocimiento que Dios tiene de cada uno es mayor que el que tenemos de nosotros mismos.

Pero Jesús agrega: «Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo». Como podemos ver esta afirmación es tremenda. Si nadie puede presumir de conocer bien a una persona humana, ¿quién puede presumir de conocer bien a Dios? Pues ¡el Hijo lo conoce bien! Y no sólo esto, sino que Él puede conceder a otro este conocimiento: «A aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». En la Biblia conocer es más que una actividad intelectual: «conocer» es «conocer y amar»: ambas acciones van juntas. Por tanto, en estas afirmaciones de Jesús nos habla del Amor entre el Padre y el Hijo. Y este vínculo de Amor, que une al Padre y al Hijo es la tercera Persona divina, pues nada puede intervenir entre el Padre y el Hijo que no sea Dios mismo. La tercera Persona divina, el Espíritu Santo, que el Hijo envía a nuestros corazones, comunicándonos el amor, nos concede el conocimiento de Dios. En efecto, «el que ama… conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,7-8).

Los sabios e inteligentes en relación a los pequeños

Vemos en el texto un problema en el contraste entre sabios e inteligentes y los «pequeños». Es que los «sabios e inteligentes» no se oponen a «pequeños», sino a los «necios y tardos». Y no es a éstos a quienes revela el Padre sus misterios, sino a los pequeños. Por otro lado, «sabiduría e inteligencia» son los más altos dones del Espíritu Santo en cuanto que nos permiten precisamente gustar y comprender las cosas divinas. ¿A quiénes pues se refiere la frase de Jesús cuando dice «sabios e inteligentes»? Son los que presumen de tales, los que piensan que con su intelecto humano pueden alcanzar toda la verdad; son los que el mundo considera grandes por razón de su ciencia e inteligencia; los que no tolerarían jamás ser llamados «pequeños». A éstos Dios no les revela sus cosas o mejor dicho ellos mismos no quieren escuchar a Dios ya que no lo necesitan…

Pero…¿quiénes son estos pequeños? «Pequeño» era Pedro y por eso recibió de Dios la revelación de quién era Jesús (ver Mt 16,17). Pedro era un humilde pescador de Galilea que ante Jesús exclama: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5,8); que reconociendo su incapacidad pregunta a Jesús: «¿Quién podrá salvarse?» (Mt 19,25), y que en la angustia clama a Él: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). «Grande» en cambio, eran Herodes, Pilato, el Sumo Sacerdote, etc., etc.; la lista podría alargarse mucho. Pero éstos nunca conocieron quién realmente era Jesús. Cada uno puede discernir en cuál grupo se encuentra según su relación con el Padre. Para unos las cosas son ocultas y para los otros son claras.

Pero… ¿cuáles son «estas cosas»?

Con el uso de su inteligencia y gracias a su esfuerzo el hombre puede alcanzar las verdades científicas y experimentales. Esas verdades son a la medida de su capacidad; son verdades naturales que el hombre puede conocer con relativa nitidez. Pero las verdades sobrenaturales, las que explican el sentido de su vida, su origen y su destino, el fundamento de su existencia y su ubicación en el universo, estas verdades son concedidas al hombre como un don gratuito que Dios se ha complacido en compartirlas con los humildes.

Estas verdades deben ser acogidas por la fe. Que Dios creó el universo y el hombre a partir de la nada, que tanto ama al hombre que envió a su Hijo único para salvarlo del pecado, que Jesucristo es el Hijo de Dios y Dios verdadero, que nació de una Virgen y que su muerte fue un sacrificio que Dios aceptó por el perdón de los pecados, que resucitó y ahora reina en el cielo, aunque está presente en su Iglesia, y que vendrá al fin de los tiempos con gloria a poner fin a la historia humana. A todo esto se refiere Jesús cuando dice «estas cosas».

Si algunas de las cosas que hemos enumerado u otras del mismo género que enseña la Iglesia (en efecto, Jesús dijo: «El que a vosotros oye a mi me oye») le resultan oscuras a alguien, no debe precipitarse a examinar muchos libros o consultar las opiniones de los especialistas, sino examinar la humildad y la bondad de su corazón. Es el consejo que nos da San Pedro: «Revestíos todos de humildad en vuestras relaciones mutuas, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (1P 5,5).

La humildad es una virtud que no sólo agrada a los hombres sino que entusiasma y conmueve al mismo Dios. Por eso la Virgen María halló gracia a sus ojos: «El Poderoso ha hecho en mí cosas grandes, porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48-49). El Evangelio también insiste en que ella «guardaba estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19.51).

 «Aprended de mí porque soy manso y humilde de corazón…»

Cualquier observador objetivo, aunque no tenga fe, debe reconocer que Jesús fue un maestro genial y eficaz, como nadie en la historia. Y ante esta constatación debería surgir espontáneamente la pregunta acerca de su método pedagógico. El secreto de su éxito está en su misma Persona. Él enseña con su mismo actuar.

Lo esencial de su método está expresado en estas palabras: «Aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón». Nótese que el texto no dice «que soy manso…» sino «porque soy manso…». Es decir Jesús no se pone como modelo sino como Maestro Bueno al cual podemos ir sin timidez, puesto que es manso y humilde de corazón y a pesar de nuestras torpezas y caídas no se irrita sino que nos entiende y perdona una y otra vez.

«Porque mi yugo es excelente y mi carga liviana». El adjetivo griego utilizado en esta frase y aplicado a «mi yugo» es «jretós» (excelente o suave en algunas traducciones). Es el mismo adjetivo utilizado en Lucas 5,39: «El (vino) añejo es el bueno» o «el (vino) viejo es excelente».

De ahí que el sentido más exacto sea «excelente», pues «llevadero o suave» sólo nos transmite la idea de un bien menor, en tanto que lo que Jesús nos ofrece es un bien positivo; es el bien más grande que podamos desear siempre que tengamos un corazón de niño (ver Mt 19, 14) que nos permita acoger así la palabra del «Maestro Bueno».

Una palabra del Santo Padre:

«El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo. Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El Domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros.

Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo».

Benedicto XVI. Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, Domingo 29 de mayo de 2005.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso». Hagamos una visita al Señor en el Santísimo Sacramento y abrámosle nuestro corazón. Él está siempre esperándonos.

2. El mensaje del Evangelio siempre es un mensaje «humanizador y reconciliador». Es decir el mensaje de Jesús es un mensaje de amor y no es código penal. El que lo conozca lo amará y entonces entenderá que el «yugo» al que el Señor se refiere es excelente. ¿Lo entiendo y lo vivo de esa manera?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 602 – 609.

 

Written by Rafael de la Piedra