Una inteligencia práctica superior
Según Einstein en “Mi visión del mundo” (1953), en las leyes de la naturaleza se revela una inteligencia tan superior que, en comparación, nuestras mejores descripciones teóricas casi no tienen valor. Por lo mismo, la mayor dignidad a la que puede aspirar una teoría científica es ser asumida dentro de una eventual teoría mayor. Da que pensar.
No sólo la gran ciencia necesita una inteligencia superior. Nuestra vida, sobre todo, necesita esa inteligencia. Necesita una verdad que nos haga libres (Jn 8:32).
Muchos piensan que ser libre es hacer lo que quieran. Se equivocan. Estamos tremendamente condicionados: por temperamento, historia, actos pasados. Dejar que estos condicionamientos nos determinen es lo más fácil, y puede parecer inofensivo. Pero así se consolidan automatismos que a la larga controlan la vida y le quitan sentido, dañándonos junto con los que nos rodean, ya que nuestra plenitud pasa por (y depende de nuestra dedicación a) la plenitud de otros.
Querer cualquier cosa hace de la vida cualquier cosa. La libertad es que triunfe lo mejor en ti, y es una conquista. Los griegos la llaman “excelencia”, los latinos “virtus” (poder). Se alcanza por la formación deliberada de hábitos que subordinan la gratificación sensible, transformándola, al florecimiento integral de nuestra naturaleza afectiva, intelectual y social; para Aristóteles, lograr esta “disposición inamovible” (o la resolución de forjarla por la práctica constante de actos como los del que ya la tiene) es lo que nos hace “hombres de valor”, bien dispuestos a las grandes capacidades de nuestra naturaleza. La gracia sobrenatural, según Tomás de Aquino, confirma esta “ley natural”, porque “no quita la naturaleza” sino que la sana y la eleva.
Como guía práctica, este planteamiento integrador de las virtudes cardinales y teologales, coordenadas de toda otra excelencia humana, se puede resumir así:
Ante todo, ORIÉNTATE BIEN…
PRUDENCIA: abriéndote a todo aspecto relevante a tu mejor acción decidida aquí y ahora
JUSTICIA: dándole a cada uno de ellos lo que le corresponde
FORTALEZA: luchando constantemente por ello
TEMPLANZA: no dejándote cautivar por algún deseo o temor a expensas de ello
Con Dios PRIMERO
FE: fiándote de Él más que de ti
ESPERANZA: hasta hacer de Él tu bien
CARIDAD: y amarlo más que a tu propio bien
La caridad es la “forma de todas las virtudes” –“todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 3:7)– porque alcanza el fin supremo de nuestra naturaleza, dándole lo que le corresponde (amarlo primero) y desatando así los dones por los cuales Su Espíritu nos hace semejantes a “Dios con nosotros” (Mt 1:23), “el primero de muchos hermanos” (Rom 8:29), “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1:14). Entregarnos a algo menos nos hunde, finalmente, en la autosuficiencia suicida de querer “ser como Dios” sin Dios (Gn 3:5).
La próxima vez que te nazca hacer lo que quieras, date un espacio. Deja que lo mejor de ti y los demás abierto a Dios te ilumine. Muere a impulsos inconsecuentes (Rom 6). “Haciendo la verdad en la caridad” (Efe 4:15) crece la sinergia de naturaleza y gracia que San Pablo llama “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom 8:21).
































