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«Haced discípulos a todas las gentes»

La Ascensión del Señor. Ciclo A
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 28,16-20

«Este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11). Esta afirmación del relato del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece una síntesis profunda del mensaje central de la Solemnidad de la Ascensión. Jesús asciende al cielo en su cuerpo glorioso pero deja a sus apóstoles una misión clara y comprometedora: «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (San Mateo 28,16-20). Se trata de anunciar sin descanso la Buena Nueva: Jesucristo ha resucitado y está sentado a la diestra del Padre en los Cielos. Esta es la verdad en la que fundamenta nuestra fe (Efesios 1,17- 23).

La Ascensión de Jesús a los cielos

En el tiempo que ha transcurrido desde la Resurrección del Señor la Iglesia recuerda las diversas apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos. No sabemos exactamente cuántas veces se les apareció. La expresión usada por Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles da la impresión de un contacto diario de Jesús con sus apóstoles: «Se les presentó dándoles muchas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del Reino de Dios» (Hch 1,3). La liturgia dominical nos recuerda la última de esas apariciones. En esta ocasión Jesús no «desapareció de su lado» en un instante, como ocurrió mientras estaba a la mesa con los discípulos de Emaús (ver Lc 24,31) y también en las demás apariciones; esta vez «fue levantado en presencia de ellos hasta que una nube lo ocultó a sus ojos».

Aquella nube que esconde el cuerpo de Cristo posee un profundo significado bíblico. En múltiples ocasiones en la Sagrada Escritura, la Gloria de Dios se manifiesta en forma de nube (ver Ex 16,10; 19,9 etc.). La nube fue la que se interpuso entre el campamento de los israelitas y los ejércitos egipcios que venían en su busca por el desierto. Esa nube era la que defendía a Israel y la que indicaba el momento de alzar el campamento y reemprender la marcha. El texto del Éxodo es muy significativo: Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche. No se apartó del pueblo ni la columna de nube por el día, ni la columna de fuego por la noche (ver Ex 13, 21-22). Es pues, función de la nube «guiar» de día y «alumbrar» de noche. Pero es también la nube la que se aparece en el Sinaí y envuelve a Moisés con el misterio para recibir las tablas de la ley. La nube es símbolo de la cercanía de Dios: Dios está presente, se avecina y se deja sentir, pero al mismo Dios es trascendente, es santo, está por encima de los cielos. La nube es revelación y misterio. Es revelación y ocultamiento. Es una verdad que se revela ocultándose y se oculta revelándose.

En la Ascensión, Jesús «fue levantado en presencia de ellos». Este modo de dejarlos fue el signo de que abandonaba este mundo y ya no lo volverían a ver en su apariencia física. Se estaban cumpliendo así las palabras que Jesús había dicho a sus discípulos: «Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). Pero los discípulos sabían que tenía que cumplirse también esta otra promesa: «Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver» (Jn 16,16). Sabemos cuánto duró el primer «poco» ya que fue el tiempo que se extendió desde el momento en que Jesús pronunció esas palabras – que fue en la Última Cena, antes de su Pasión y Muerte -, hasta la Ascensión de Jesús Resucitado al cielo: cuarenta y tres días. Y ¿cuánto duró el «otro poco»?

Ese «otro poco» es el tiempo de la ausencia de Jesús. Para que la promesa de Jesús tuviera sentido debía ser realmente «poco tiempo». A este breve lapso de tiempo se refiere Jesús cuando, el día que ascendió al cielo, «mandó a sus apóstoles que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre». Y les asegura: «Dentro de pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo». En ese momento los apóstoles no sabían cuántos días. Ahora nosotros sabemos que la espera fue breve: duró diez días; pues el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles el día de Pentecostés, es decir, cincuenta días después de la Resurrección. Gracias a la acción del Espíritu Santo, sintieron los apóstoles que el Señor estaba de nuevo con ellos. A esta presencia se refería Jesús cuando les dijo: «En aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20). Este es el modo de presencia más real y más pleno de Jesús con nosotros; más que el de su presencia física en los días de su peregrinación por este mundo.

El final del Evangelio de San Mateo

El Evangelio de este día, tomado de los cinco últimos versículos de Mateo, debe entenderse situado en el momento de la Ascensión de Jesús a los cielos. Después de reunir a sus discípulos, darles las últimas instrucciones y enviarlos, Jesús les asegura su presencia junto a ellos. Esta promesa no tendría sentido si no se entendiera que acto seguido Jesús fue llevado al cielo.

El breve texto de cinco versículos, precisamente por ser la conclusión de todo el Evangelio de Mateo, es de una extraordinaria riqueza. Constituye un punto fundamental de la doctrina sobre la Trinidad, pues contiene la expresión trinitaria más explícita. Es un texto clave de la doctrina sobre el Bautismo cristiano, pues contiene la fórmula para administrar válidamente este sacramento y pone en evidencia su relación con el anuncio cristiano y la instrucción sucesiva. Es donde les encomienda a los discípulos continuar su misma misión en el mundo.

El Evangelio es explícito en decir que estas palabras fueron dirigidas a los «once discípulos» (el puesto de Judas todavía no había sido cubierto). Pero que desde entonces fueron constituidos en «apóstoles» que quiere decir exactamente eso: «enviados». Así entendieron ellos su identidad más profunda: enviados por Jesús con la misión precisa de hacer a todos los pueblos discípulos de Cristo. Llama inmediatamente la atención que en este breve texto la palabra «todo» se repita cuatro veces: todo poder, todos los pueblos, todo lo mandado, todos los días.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra»

Jesús posee la totalidad del poder. Esto es lo que durante su vida más llamaba la atención de la gente. «Se asombraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene poder» (Mt 7,29). Cuando Jesús perdonó los pecados al paralítico y como signo le dio también la salud corporal, «la gente temió y glorificó a Dios que había dado tal poder a los hombres» (Mt 9,7).

Jesús tiene poder de expulsar los demonios, de calmar la tormenta, de dar vida a los muertos, etc. Con estos hechos daba testimonio de sus palabras: «El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos» (Jn 3,35). Jesús tiene la totalidad del poder y lo que Él ha establecido y mandado, nadie puede cambiarlo. Pero ha dado parte de su poder a la Iglesia cuando dijo: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo… a quienes perdonéis los pecados les quedarán perdonados… id y haced discípulos de todos los pueblos…». La Iglesia ha recibido del Señor todo el poder necesario para cumplir su misión de salvación en favor de los hombres.

«Haced discípulos de todos los pueblos»

La misión se dirige a la totalidad de los hombres. Así queda expresada de la manera más evidente la universalidad de la salvación. En la Antigua Alianza, Israel, con sus límites geográficos y étnicos definidos, había sido elegido como «pueblo de Dios»; en la Nueva Alianza, la Iglesia, que es el nuevo Israel, no posee límites de ningún tipo; ella tiene la extensión de la humanidad; todos están llamados a formar parte de ella y gozar de las promesas de Dios. En su gran visión del Apocalipsis, el autor escucha ante el trono del Cordero un cántico nuevo: «Fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap. 5,9).

«Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado»

Se trata de guardar la totalidad de la doctrina enseñada por Cristo. Jesús envía a hacer discípulos suyos indicando dos cosas necesarias: el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y la observancia de todo lo que Él ha mandado. Muchas veces estamos bautizados y nos llamamos cristianos, pero faltamos a esta segunda condición: silenciamos sistemáticamente algunos puntos del Evangelio, porque nos resultan incómodos o porque, según la idea particular que nos hemos hecho de Dios, no cuadrarían con Él; o simplemente nos desentendemos de alguna parte de su doctrina, por ejemplo, lo que manda respecto al divorcio, al adulterio, al uso adecuado de las riquezas, etc. En obediencia a esta misión dada por Cristo de enseñar todo lo mandado por Él, la Iglesia ha promulgado el Catecismo de la Iglesia Católica, que contiene «un compendio de toda la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral». Contiene lo que un discípulo de Cristo debe creer, celebrar, vivir y orar.

 «Estoy con vosotros todos los días»

Aquí está expresada la totalidad del tiempo. Son las últimas palabras de Cristo y es la promesa más hermosa: su presencia continua en medio de su Iglesia. Si es cierto que su Ascensión corporal es un dogma de nuestra fe, también lo es su presencia real en la Iglesia, sobre todo, en aquella presencia llamada «real» por excelencia: la Eucaristía. Jesucristo Resucitado, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad está sentado a la derecha de Dios y está en nuestros altares en el «pan de vida eterna» y en el «cáliz de salvación».

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús parte, asciende al cielo, es decir, regresa al Padre de quien había sido enviado al mundo. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, en una forma nueva. Con su Ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles – y también nuestra mirada – a las alturas del Cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre.

Sin embargo, Jesús permanece presente y operante en las vicisitudes de la historia humana con la potencia y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: incluso si no lo vemos con los ojos, ¡Él está! Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y mujer que sufre.

Pero Jesús también está presente mediante la Iglesia, a la que Él ha enviado a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, ¡no es facultativo! La comunidad cristiana es una comunidad “en salida”, “en partida”. Y ustedes me dirán: ¿pero y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre “en salida” con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús les dice: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (v. 20). Solos, sin Jesús, ¡no podemos hacer nada! En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, si bien son necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, aun si bien organizado, resulta ineficaz.

Y junto a Jesús nos acompaña María, nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza».

Ángelus del Papa Francisco, domingo 1 junio 2014 La Ascensión del Señor a los cielos.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Esta solemnidad de la Ascensión es un excelente momento para examinar nuestro peregrinar en la vida, considerando que el Señor volverá para tomarnos consigo. Hay que vivir diariamente teniendo un horizonte de eternidad.

2. En el misterio del Plan de Dios para la humanidad, la Ascensión de Jesucristo marca un viraje trascendental. Sentado a la derecha del Padre, «la Iglesia, que es su Cuerpo» (Ef 1, 22-23) por el poder del Espíritu Santo,está reinando eternamente. Meditemos en esta verdad revelada para que nos ayude a entender nuestra vocación última: el cielo.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 659 – 664. 668- 674.

Written by Rafael de la Piedra