LOGO

¿Tiene sentido tener fe hoy en día?
¿Dónde encontrar las respuestas a nuestras inquietudes más profundas?
¿Cuáles son las razones para creer?

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 09511d88b6fa92b940fd148c480ec1db Full view

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

Domingo de la Semana 19 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 13 de agosto 2017
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 22- 33

En toda la Sagrada Escritura la teofanía o manifestación de Dios posee un lugar siempre importante. Dios se manifiesta con su poder y grandeza al hombre que queda cautivado por esta visión. Este Domingo veremos dos teofanías especiales. En el libro de los Reyes se nos narra el paso de Yahveh ante el profeta Elías, que se refugiaba en una cueva en el monte Horeb. A diferencia de otras manifestaciones divinas, aquí el Señor se hace presente por medio de una suave brisa (Primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a).

En el Evangelio (San Mateo 14, 22- 33) los discípulos que se encontraban en medio de la tormenta en el lago Tiberíades ven caminar por las aguas a Jesús. Esta aparición se vincula con el acto de fe de Pedro. «Si eres tú – le dice a Jesús que se acerca caminando por las aguas – mándame ir a Ti». En el corazón de Pedro hay una mezcla de fe incipiente y un poco de duda temerosa. En cuanto Jesús sube a la barca, el viento amaina y los apóstoles se postran ante Él reconociéndolo como «Hijo de Dos». Ambas manifestaciones de Dios están encaminadas a fortalecer la fe. Es la fe que descubrimos en San Pablo, a quien el Señor se le apareció como «el último de los apóstoles» ( Romanos 9, 1- 5).

Vayamos a la primera lectura...

En la primera Lectura, del primer libro de los Reyes, Dios no se va a manifestar a Elías en la violencia del huracán, ni en la fuerza del terremoto, sino en el murmullo de la brisa suave. El Señor eligió mostrar de esta forma su misteriosa presencia. Al que tiene un amor celoso por Dios, Él lo hace partícipe de su ternura de una forma diferente a la que podamos imaginar. Así, Yahveh se da a conocer en la brisa suave mejor que en la furia del huracán y del terremoto. El profeta Elías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Actuó en el reino del Norte (Reino de Israel) en el siglo IX a.C. en tiempos del impío rey Ajab y su pérfida esposa Jezabel. En sus libros trata sobre su lucha contra el dios pagano «Baal». Se le recuerda por haber derrotado a todos los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Termina su vida siendo arrebatado al cielo en un carro ardiente jalado por caballos de fuego de donde volvería cuando fuese el «tiempo mesiánico».

«Estar mucho rato a solas con Dios solo…»

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro que pide ir a su encuentro. Es la continuación inmediata del episodio de la multiplicación de los panes. Hay que considerar que los apóstoles acababan de vivir esa experiencia y estaban aún bajo su efecto. Después de haberles dado de comer, de mano de los apóstoles, y haberse saciado, los obliga a embarcarse «mar adentro» mientras Él despedía a la gente. El Evangelio incluye una observación que es una magnífica lección para nosotros: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí». Esta frase vale más que un extenso tratado sobre la oración. Jesús tenía necesidad de recogerse en la soledad y el silencio para entregarse a la oración. Después de la agitación de la jornada, al atardecer, necesitaba tener este trato de intimidad a solas con su Padre. Esto es lo que han anhelado todos los místicos y contemplativos: «Estar mucho rato a solas con Dios solo», según la expresión de la carmelita Isabel de la Trinidad.

Una teofanía

Este impresionante episodio de la vida de Jesús es clara manifestación de la divinidad de Jesús. Después de haber despedido a la multitud y mientras los discípulos combatían contra el viento y las olas, en medio de la noche; Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. «Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ‘Es una aparición’, y se pusieron a gritar de temor». El «temor» es la primera actitud del hombre ante cualquier manifestación de Dios. Es un sentido agudo de su condición de creatura ante el Creador, es decir, de su limitación ante la infinitud de Dios, de su pequeñez ante la grandeza de Dios, de su pecado ante la santidad de Dios. La fe israelita tenía una viva conciencia de la trascendencia de Dios.

Entre ellos es una verdad clara que «el hombre no puede ver a Dios y quedar vivo». En efecto, cuando Moisés pidió al Señor: «Déjame ver tu gloria», recibió de Él esta respuesta: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,18.20). Pero, en realidad, según afirma el evangelista San Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Lo que el hombre ha visto es una manifestación de Dios, una «teofanía» y en este caso, la reacción normal del hombre es el «temor» o miedo reverencial.

Teofanía significa manifestación, aparición o revelación de la divinidad. Deriva de la voz griega theopháneia, palabra que se compone de theós, que significa Dios, y phainō, aparecer

«¡Ánimo! Yo soy ¡No temáis!»

La respuesta de Jesús confirma lo dicho: «¡Animo! Yo soy. ¡No temáis!» La frase «No temáis» es el signo más claro de que estamos ante una manifestación de Dios. Se trata de tranquilizar al hombre. Seguramente ya hemos distinguido en la expresión «Yo soy» el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés. Cuando vio una zarza ardiendo que no se consumía y desde ella Dios lo llamó, «Moisés se cubrió el rostro porque temía ver a Dios». Es el mismo temor que sintieron los discípulos al ver a Jesús caminar sobre el mar. Y a la pregunta: ¿Cuál es tu nombre?, Dios responde: «Yo soy el que soy» y añadió: «Así dirás a los israelitas: YO SOY me ha enviado a vosotros» (Ex 3,14). Por tanto, la expresión «Yo soy» en labios de Jesús tiene un doble significado. El significado primero y más evidente es: «Yo soy Jesús». Pero no se puede excluir el significado «yo soy» como referencia al nombre divino . Cual¬quier alusión al «yo personal» de Jesús, debería ponernos atentos ya que nos remite a su propia identidad.

Cuando Jesús dice: «Yo soy», también él alude a su persona, pero en este caso se trata de una Persona divina, del Hijo, es decir, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es lo que afirma la conclusión del episodio: «Los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios». Éste es un acto de adoración que se reserva sólo a Dios. El pueblo de Israel había mantenido estrictamente su fe monoteísta como signo de su identidad. El primer mandamiento del decálogo dice: «Yo, Yahveh, soy tu Dios… No te postrarás ante otros dioses ni les darás culto, porque Yo, Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,2.5).

 «Si eres tú…mándame ir donde ti sobre las aguas»

La reacción de Pedro indica tanto su total confianza en Jesús como su fogoso temperamento ya que su pedido desafiaba claramente las leyes elementales de la naturaleza: «Mándame ir a ti caminando sobre las aguas». Tal vez para su sorpresa y la de los demás apóstoles, Jesús le responde con una palabra: «¡Ven!». Y aquí empieza la aventura de la fe. Se puede explicar lo que es la fe de manera teórica. Pero lo que ahora sucede es una clara representación de lo que es la fe en Jesucristo. «Pedro se puso a caminar sobre las aguas yendo hacia Jesús».

En la multiplicación de los panes, Pedro había visto claramente el poder de la palabra de Jesús. Sobre la base de esa misma palabra de Jesús, ahora no tiene duda y camina sobre las aguas. Mientras cree, el agua lo sostiene; pero cuando asoma la duda, cuando desvía su mirada del Maestro Bueno que lo ama y mira «la violencia del viento»; entra en su corazón la desconfianza, el miedo y comienza a hundirse. Entonces lanza un grito al único que es capaz de sacarlo de su angustiosa situación: «¡Señor, sálvame!». Pedro tendría que haber mantenido la actitud del creyente que dice: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me tranquilizan» (Sal 23,4). Jesús lo toma; pero no deja de reprocharle su falta de fe: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

El hombre puede obtenerlo todo de Dios, porque Dios es omnipotente. Pero el poder de Dios queda bloqueado ante nuestra falta de fe. A Dios no se le pueden pedir las cosas «por si acaso», mientras nos aseguramos también por otro lado. Eso es lo mismo que desconfiar de su poder infinito. Por eso fueron beneficiados con milagros solamente quienes tenían fe en Cristo. Cuando Jesús veía que alguien tenía fe suficiente como para confiar que Él podía hacer un milagro, entonces lo hacía. Por ejemplo, en el caso del paralítico, cuando Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa», se requería una gran dosis de fe para obedecer. El paralítico creyó que Jesús podía sanarlo y por eso, «se levantó y se fue a su casa» (Mt 9,2ss). En otras ocasiones cuando la gente se acercaba para pedirle la salud de algún enfermo, Él solía responder: «Que te suceda como has creí¬do». Y esto es lo que ocurre cada vez que pedimos algo a Dios: nos sucede como hemos creído. A menudo hemos creído poco, pues somos «hombres y mujeres de poca fe», y por eso obtenemos poco. La promesa de Cristo no puede fallar: «Todo lo que pidáis con fe en la oración lo recibiréis» (Mt 21,22).

Una palabra del Santo Padre:

«Este relato es una hermosa imagen de la fe del apóstol Pedro. En la voz de Jesús que le dice: «Ven», él reconoció el eco del primer encuentro en la orilla de ese mismo lago, e inmediatamente, una vez más, dejó la barca y se dirigió hacia el Maestro. Y caminó sobre las aguas. La respuesta confiada y disponible ante la llamada del Señor permite realizar siempre cosas extraordinarias. Pero Jesús mismo nos dijo que somos capaces de hacer milagros con nuestra fe, la fe en Él, la fe en su palabra, la fe en su voz. En cambio Pedro comienza a hundirse en el momento en que aparta la mirada de Jesús y se deja arrollar por las adversidades que lo rodean. Pero el Señor está siempre allí, y cuando Pedro lo invoca, Jesús lo salva del peligro. En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo.

Es muy importante también la escena final. «En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios»!» (vv. 32-33). Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la «poca fe». Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús siempre está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos.

Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que debe afrontar las tempestades y algunas veces parece estar en la situación de ser arrollada. Lo que la salva no son las cualidades y la valentía de sus hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, con su mano que nos sostiene para apartarnos del peligro. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, el único Señor de nuestra vida. A ello nos llama siempre nuestra Madre, la Virgen. A ella nos dirigimos confiados».

Papa Francisco. Ángelus, domingo 10 agosto 2104.

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» Esta pregunta el Señor la dirige a cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces dudamos del amor y de las promesas del Señor? ¿Cuántas veces el temor de los vientos (preocupaciones, tentaciones, debilidades, etc.) nos hacen desviar nuestra mirada del Maestro Bueno?

2. ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Tengo momentos para encontrarme con Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 154-155. 157. 166. 1028 -1029

Written by Rafael de la Piedra