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«Jesús curó a muchos y expulsó muchos demonios»

Domingo de la Semana 5ª del Tiempo Ordinario Ciclo B. 4 de febrero de 2018
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 29-39

Con su poder divino Jesús derrota al demonio que trata de dominar al hombre de múltiples maneras como vemos en el caso de Job (Job 7, 1- 4.6-7) y en los numerosos enfermos y endemoniados que cura en el Evangelio. San Pablo por otro lado, tiene la urgente necesidad de anunciar la salvación traída por Jesucristo para el hombre necesitado de verdadera esperanza y exclama: «¡ay de mí si no anuncio la Buena Noticia de Dios!» ( primera carta de San Pablo a los Corintios 9, 16-19.22-23). Pues sabe muy bien que él ha sido libremente escogido para ganar todos para Cristo y es tal su amor por Jesucristo que no interesa hacerse esclavo, siervo de todos; haciéndose débil con los débiles (San Marcos 1, 29-39).

 «Recuerda que mi vida es un soplo…»

El libro de Job es un drama con muy poca acción y mucha pasión. Es la pasión de aquel que no se conforma con la doctrina veterotestamentaria sobre la retribución. Ya en el Salmo 73 (72) encontramos una respuesta ante el sufrimiento del inocente y la aparente bonanza de los malvados. «¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! Sí, los que se alejan de ti perecerán, tú aniquilas a todos los que te son adúlteros. Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor, a fin de publicar todas tus obras» (Sal 7, 25-28).

El sufrimiento de Job se estrella con las opiniones de sus tres amigos, que repiten sin cansarse la doctrina tradicional de la retribución a lo largo de cuatro tandas de diálogos. Job cansado ya del dolor y de la fatiga del trabajo, ni siquiera encuentra consuelo en el descanso nocturno: «Al acostarme pienso:¿cuándo llegará el día?». En la cuarta tanda, Job dialoga a solas con Dios. Los amigos defienden la justicia de Dios como juez imparcial que premia a los buenos y castiga a los malos; a Job no le interesa esa justicia, que desmiente su propia experiencia y así apela a Dios mismo que le comparte un poco de su misterio. Job terminará su diálogo con Dios diciendo: «Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza» (Jb 42,5-6).

 ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!

«Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me corresponde. ¡Pobre de mí si es que no evangelizo!» Cuando leemos este impresionante pasaje de la carta a los Corintios no nos queda sino realmente cuestionarnos ya que muchas veces cedemos al miedo o la vergüenza antes de predicar la Buena Nueva. Ésta es la misma experiencia que Juan y Pedro tuvieron cuando los miembros del Sanedrín, después de azotarlos, les prohibieron que hablasen o enseñasen en nombre de Jesús: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20) y ellos siguieron valientemente predicando.

La curación de la suegra de Pedro

El Evangelio de hoy está compuesto por tres escenas sucesivas: la curación de la suegra de Simón, el resumen de numerosas curaciones y la partida el día siguiente a recorrer la Galilea. La curación de la suegra de Simón ocurre en el interior de su casa y se describe con ciertos detalles que solamente puede conocer un testigo ocular: «La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Jesús se acercó y la levantó tomándola de la mano». Se trata de una enferma a quien el Señor «levanta».

Marcos repite esta expresión en el caso del endemoniado que, liberado por Jesús, quedó como muerto (ver Mc 9,27). También nos recuerda las instrucciones de la carta de Santiago para el caso de un enfermo en la comunidad (ver Stg 5,14-15). El verbo «egéiro», se usa también para describir la resurrección de Jesús. Lucas lo pone a menudo en boca de Pedro en sus discursos de los Hechos de los Apóstoles: «A este Jesús a quien vosotros matasteis, Dios lo levantó (idéntica forma verbal) de entre los muertos» (ver Hch 3,15; 4,10; 5,30; 10,40).

De este modo, con la curación de la suegra de Simón, se anuncia la resurrección final de los hombres, como fruto del sacrificio de Cristo. «Tomándola de la mano». Se usa el verbo “kratéo”, que significa una acción de fuerza. Jesús tuvo que apretar la mano de la suegra de Simón y hacer fuerza para levantarla. Como resultado de esta acción, «la fiebre la dejó y ella se puso a servirlos». La suegra de Simón, una vez curada, se pone a servirlos. No había en esa casa ninguna otra mujer que pudiera servirlos. Es obvio que Simón fue casado, pues tiene suegra. Pero podemos deducir que al momento de ser llamado por Jesús, era viudo. No se habla nunca de su esposa; si hubiera tenido su esposa viva, ésta era la oportunidad de hablar de ella. Aquí el silencio es elocuente.

 Jesús y los demonios

En la lectura del Domingo pasado cuando Jesús entró en la sinagoga para enseñar, un hombre poseído por un espíritu inmundo se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?». Jesús ordena al demonio salir de ese hombre; todos quedan atónitos y observan: «Qué es esto? Manda a los espíritus inmundos y le obedecen». Nunca habían visto una cosa semejante. El Evangelio de hoy también insiste sobre este punto. En dos instancias afirma que Jesús expulsaba los demonios de la gente. Y al final resume su ministerio diciendo: «Recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios».

La Epístola a los Hebreos explica la Encarnación del Hijo de Dios en estos términos: «Participó de nuestra sangre y de nuestra carne para aniquilar, mediante la muerte, al señor de la muerte, es decir, al diablo y liberar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud» (Hb 2,14-15). El Señor de la Vida, el que es la Vida, vino para aniquilar al señor de la muerte y darnos la vida en abundancia. La lucha entre la vida y la muerte tuvo su desenlace en la resurrección de Cristo. Es lo que describe de manera profundamente poética la Secuencia del Domingo de Resurrección: «Muerte y Vida trabaron un duelo y, muerto el Dueño de la vida, triunfa ahora vivo».

La clave de lectura de todo esto hay que buscarla en el origen. ¿Cómo entró la muerte en el mundo y se propagó a todos los hombres? La muerte entró como consecuencia del pecado de Adán. Pero fue la serpiente quien sedujo a nuestros primeros padres y los indujo a pecar, destruyendo así la obra que Dios más quería: el ser humano. Entonces la serpiente (el demonio) debía ser vencida para que triunfara la vida. El anuncio de esto lo leemos en el llamado «proto-evangelio», es decir, el primer anuncio de la salvación: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú acechas su talón» (Gen 3,15). Pisar la cabeza era el gesto que usaban los reyes vencedores contra los vencidos.

Pero ¿quién es «la mujer» y quién es «su linaje», el que derrotará a la serpiente? Inútilmente buscaremos entre todos los personajes del Antiguo Testamento, entre los reyes y profetas, uno que responda a esas características. En cambio, cuando vemos la actividad de Jesús y leemos en el Evangelio que los mismos demonios exclamaban: «Has venido a destruirnos… tú eres el Santo de Dios», entonces nosotros podemos reconocerlo: Jesús es el que pisotea la cabeza de la serpiente; Él es el «linaje» de la mujer. Y «la mujer» es su madre, la Virgen María, la Madre de Jesús el Reconciliador. Dios ha sido fiel a su promesa: ha sido destruido el señor de la muerte y ha triunfado la vida.

 El horario de Jesús

El Evangelio de hoy nos permite conocer el horario de Jesús durante dos días. Después que Jesús, pasando por la orilla del lago de Galilea, llama a sus primeros discípulos, se dirige con ellos a la sinagoga en Cafarnaúm, donde se pone a enseñar (ver también Lc 4,16). ¿Y qué hizo después que terminó el servicio en la sinagoga? El Evangelio nos dice que fue a la casa de Simón y Andrés. El sábado era el día de descanso y allí se disponía Jesús a pasar la tarde con sus cuatro primeros discípulos. No sabemos qué habló todas esas horas; pero tampoco lo ignoramos completamente ya que muchas de sus palabras fueron recogidas en los relatos evangélicos que han llegado hasta nosotros. El sábado había que abstenerse de todo trabajo, por eso, el Evangelio especifica que recién «al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados». Al ponerse el sol se consideraba que ya había terminado el sábado. Desde esa tarde hasta la noche «curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios».

Al día siguiente, «muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto, y allí oraba». Esta noticia es preciosa. Nos informa que Jesús acostumbraba levantarse antes que todos los demás, cuando aún era de noche, para dedicarse a la oración en el silencio y la soledad. Si el día era agitado, pues «los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer» (Mc 6,31), Jesús dedicaba a la oración las horas de la noche, antes del amanecer. La actitud de Jesús nos enseña que, incluso en medio del bullicio y el estrés de la vida actual, todos los cristianos debemos procurarnos momentos de soledad para el contacto más estrecho con Dios en la oración. En esos momentos adquirimos viva conciencia de la fugacidad de la vida presente y de la eternidad que nos aguarda. En la soledad y el silencio el hombre no puede dejar de oír la voz de Dios.

Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de hoy (cf. Mc 1, 29-39) nos presenta a Jesús que, después de haber predicado el sábado en la sinagoga, cura a muchos enfermos. Predicar y curar: esta es la actividad principal de Jesús en su vida pública. Con la predicación anuncia el reino de Dios, y con la curación demuestra que está cerca, que el reino de Dios está en medio de nosotros.

Al entrar en la casa de Simón Pedro, Jesús ve que su suegra está en la cama con fiebre; enseguida le toma la mano, la cura y la levanta. Después del ocaso, al final del día sábado, cuando la gente puede salir y llevarle los enfermos, cura a una multitud de personas afectadas por todo tipo de enfermedades: físicas, psíquicas y espirituales. Jesús, que vino al mundo para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos los hombres, muestra una predilección particular por quienes están heridos en el cuerpo y en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados. Así, Él se revela médico, tanto de las almas como de los cuerpos, buen samaritano del hombre. Es el verdadero Salvador: Jesús salva, Jesús cura, Jesús sana.

Tal realidad de la curación de los enfermos por parte de Cristo nos invita a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad. A esto nos llama también la Jornada mundial del enfermo, que celebraremos el próximo miércoles 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes. Bendigo las actividades preparadas para esta Jornada, en particular, la vigilia que tendrá lugar en Roma la noche del 10 de febrero. Recordemos también al presidente del Consejo pontificio para la pastoral de la salud, monseñor Zygmunt Zimowski, que está muy enfermo en Polonia. Una oración por él, por su salud, porque fue él quien preparó esta jornada, y nos acompaña con su sufrimiento en esta jornada. Una oración por monseñor Zimowski.

La obra salvífica de Cristo no termina con su persona y en el arco de su vida terrena; prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios por los hombres. Enviando en misión a sus discípulos, Jesús les confiere un doble mandato: anunciar el Evangelio de la salvación y curar a los enfermos (cf. Mt 10, 7-8). Fiel a esta enseñanza, la Iglesia ha considerado siempre la asistencia a los enfermos parte integrante de su misión.

«Pobres y enfermos tendréis siempre con vosotros», advierte Jesús (cf. Mt 26, 11), y la Iglesia los encuentra continuamente en su camino, considerando a las personas enfermas una vía privilegiada para encontrar a Cristo, acogerlo y servirlo. Curar a un enfermo, acogerlo, servirlo, es servir a Cristo: el enfermo es la carne de Cristo».

Papa Francisco. Ángelus Domingo 8 de febrero de 2015

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Podría repetir con San Pablo “ay de mí si no predico el Evangelio”? ¿En qué ambientes podría hablar de Dios? ¿En mi trabajo, en mi familia, con mis amigos?

2. Jesús nos da siempre la vida y la salud. Recemos por un pariente o un amigo enfermo que necesite nuestra oración.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 858-860. 1503-1505.

Written by Rafael de la Piedra