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¿Tiene sentido tener fe hoy en día?
¿Dónde encontrar las respuestas a nuestras inquietudes más profundas?
¿Cuáles son las razones para creer?

«Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos»

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 15 de julio de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13

El tema central de las lecturas dominicales es la misión encomendada por Dios a los hombres. El profeta Amós, en la Primera Lectura (Amós 7, 12-15), nos dice que profetiza no por voluntad o iniciativa personal, sino porque Dios sorpresivamente lo llamó de sus actividades cotidianas: «porque el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel». En el Evangelio vemos a Jesús enviando a los doce con la misión de predicar, curar y expulsar demonios (San Marcos 6, 7-13).  El himno de la carta a los Efesios (Efesios 1, 3-14) canta las bendiciones espirituales de la que somos merecedores: la bendición del Padre, la elección en Jesucristo, la adopción filial, la reconciliación, el perdón de los pecados, la revelación del amoroso Plan del Padre y el bautismo en el Espíritu Santo.

«Yahveh me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”»

A la muerte del Rey Salomón (931 a.C.), que es infiel a Dios en sus últimos días; el reino de Israel queda dividido. En el sur, las tribus de Judá y de Benjamín siguieron a Roboán, hijo de Salomón; y en el norte, las diez restantes tribus quedaron bajo el cetro del rey Jeroboán, que edificó un templo en los altos de Betel (a unos 19 km. al norte de Jerusalén) para que su gente no tuviera que bajar a Jerusalén al templo erigido por Salomón. Siglo y medio después, en medio de la corrupción social y religiosa en el reinado de Jeroboán II, surge la voz del profeta Amós (s. VIII A.C.). Originario de Tecoa (una aldea situada a 19 km al sur de Jerusalén), dedicado al trabajo en el campo como cuidador de ganado y cultivador de frutos, fue enviado por Dios a predicar al Reino del Norte. El profeta recibió la llamada de Dios sin intermediarios y sin preparación alguna, en forma sorpresiva e irresistible. Su respuesta al llamado de Dios fue inmediata sin embargo su predicación no fue muy bien recibida ya que anunciaba el castigo de Yahveh y la ruina de la casa real.

Por eso es expulsado de Israel por Amasías, sacerdote del becerro que era adorado en Betel, que lo manda volver a la tierra de Judá. Las palabras que Amasías le dirige son dramáticas: «No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino». Es decir aquella región ya no pertenece a Yahveh, sino es del rey. Y, por tanto, Dios es expulsado. Su palabra, anunciada por intermedio del profeta Amós, no puede ser soportada y por lo tanto es eliminada. Dios, que no ha sido mencionado antes por el sacerdote Amasías, es presentado por Amós como el origen de su misión profética y, por tanto, como la causa de su expulsión de Betel. La decisión que han tomado contra el profeta, la han tomado contra Dios, que lo ha enviado. Según una antigua tradición judía, se cree que el profeta murió mártir siendo fiel a su llamado.

Ser hijos en el único Hijo

Este Domingo iniciamos la lectura casi continuada de la carta de San Pablo a los Efesios, que se prolongará a lo largo de siete Domingos. La carta a los cristianos de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor, fue escrita por San Pablo durante su custodia militar en Roma (hacia el año 61- 63). El pasaje de este Domingo es un himno litúrgico cuya temática central es la gratuidad del Padre que nos ha bendecido y elegido desde «antes de la fundación del mundo» a ser «santos e inmaculados» e hijos adoptivos suyos. Realmente somos hijos de Dios a causa del sacrificio reconciliador del Señor Jesús por el cual recibimos el don de la reconciliación y la revelación del «misterio de su voluntad»; es decir el amoroso Plan del Padre para cada uno de nosotros. En Jesucristo hemos sido sellados con el Espíritu Santo y así hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios.

 «Comenzó a enviarlos…»

El Evangelio de este Domingo nos relata el primer envío en misión de los seguidores de Jesús. Por eso dice: «comenzó a enviarlos». El verbo griego que se traduce aquí por «enviar», trascrito, suena así: «apostéllo», y el sustantivo correspondiente es: «apóstolos»: enviado. Si ahora nos preguntamos: ¿a quiénes envió Jesús, es decir, quiénes merecen este nombre de «apóstoles»?, vemos que se trata de un grupo bien determinado de los discípulos, que se supone ya conocido por el lector, pues es llamado sencillamente “los Doce” sin más explicación. Si leemos los capítulos anteriores a esta lectura, encontraremos que Jesús tuvo la voluntad explícita de destacar a doce de sus seguidores más cercanos y formar con ellos un grupo particular que se distinguió tanto de la multitud de sus seguidores que, con el tiempo, fue llamado simplemente de «los Doce». En el tercer capítulo de este Evangelio, leemos que Jesús «subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15) y coloca los nombres de cada uno de los elegidos. Cuando ellos murieron, otros heredaron su mismo poder y su misma misión, que perdura en el colegio de los obispos; pero ningún otro podría pretender entrar en la categoría de los «Doce apóstoles del Cordero» (Ap 21,14).

Jesús comparte con los Doce la misión que el Padre le había encomendado personalmente y les da las instrucciones de cómo deben de proceder dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Es una participación en el mismo poder que tiene Jesús. Ésta es la primera señal de admiración que produce la actuación de Jesús: «Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (Mc 1,27). Es que la misión reconciliadora de Jesús consiste en librar a los hombres de la esclavitud del demonio y del pecado. Justamente esta misma misión se prolonga en sus enviados.

¿Será que Jesús exageró al decir a sus apóstoles que no llevasen casi nada para el camino? ¿No será acaso un pedido un poco fuera de la realidad? ¿Quién emprende un viaje solamente con lo que lleva puesto? Sin duda la misión encomendada por Jesús a sus apóstoles es sumamente importante y apremiante ya que solamente cuando uno tiene una terrible urgencia es que parte con lo que se lleva puesto. No hay tiempo para preparar las provisiones o maletas. Éste es el carácter de la misión que Jesús encarga a sus discípulos. Es algo que no admite retrasos ni excusas. Él exige una decisión hoy y no mañana; mañana ya será demasiado tarde.

Pero además de la urgencia, Jesús quiere enseñar que para esta misión no se necesita nada; nada de esta tierra. Sólo es necesaria la fuerza del Espíritu Santo y de ésta Cristo proveyó a sus apóstoles abundantemente compartiéndoles su poder. Para ser apóstol de Jesús tampoco es necesario gozar de mucho talento humano, de nada sirve la influencia que puede conceder el dinero, la inteligencia y la sabiduría humana y tanto menos la fuerza física. San Pablo ya nos ha enseñado cuál debe de ser la actitud apostólica cuando estaba entre los corintios: «me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios » (1Co 2, 3-5).

«Sacudirse el polvo de los pies»

Finalmente, Jesús fija su atención en los destinatarios de la predicación. A ellos había que predicarles lo mismo que había predicado el Señor Jesús: «predicaron que se convirtieran» (Mc 6,12). Coincide pues con la misma predicación de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). A los que escuchan este mensaje les queda la libertad de acoger o rechazar. El Maestro Bueno se pone en el caso extremo, es decir de aquellos que se han cerrado al anuncio y los han rechazado. Dios siempre respeta nuestras opciones personales a pesar de no ser siempre las adecuadas. En ese caso el gesto que indica Jesús es muy elocuente: «sacudirse el polvo de los pies». Es el gesto que tenía que hacer un judío cuando salía de un lugar pagano para indicar que nada tenía en común con los habitantes de ese lugar. En este caso, los que no escuchan a los enviados de Jesús, es bueno que sepan que no tienen nada que ver con Él; por eso el gesto no se hace privadamente sino «en testimonio contra ellos».

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús llama a sus discípulos y los envía dándoles reglas claras, precisas. Los desafía con una serie de actitudes, comportamientos que deben tener. Y no son pocas las veces que nos pueden parecer exageradas o absurdas; actitudes que sería más fácil leerlas simbólicamente o «espiritualmente». Pero Jesús es bien claro. No les dice: «Hagan como que…» o «hagan lo que puedan». Recordemos juntos esas recomendaciones: «No lleven para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero… permanezcan en la casa donde les den alojamiento» (cf. Mc 6,8-11). Parecería algo imposible.

Podríamos concentrarnos en las palabras: «pan», «dinero», «alforja», «bastón», «sandalias», «túnica». Y es lícito. Pero me parece que hay una palabra clave, que podría pasar desapercibida frente a la contundencia de las que acabo de enumerar. Una palabra central en la espiritualidad cristiana, en la experiencia del discipulado: hospitalidad. Jesús como buen maestro, pedagogo, los envía a vivir la hospitalidad. Les dice: «Permanezcan donde les den alojamiento». Los envía a aprender una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar.

Jesús no los envía como poderosos, como dueños, jefes o cargados de leyes, normas; por el contrario, les muestra que el camino del cristiano es simplemente transformar el corazón. El suyo, y ayudar a transformar el de los demás. Aprender a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular, a la lógica del acoger, recibir y cuidar.

Son dos las lógicas que están en juego, dos maneras de afrontar la vida y de afrontar la misión. Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas. Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos. Hoy el Señor nos lo dice muy claramente: en la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar.

La Iglesia es madre de corazón abierto que sabe acoger, recibir, especialmente a quien tiene necesidad de mayor cuidado, que está en mayor dificultad. La Iglesia, como la quería Jesús, es la casa de la hospitalidad. Y cuánto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad, este lenguaje de recibir, de acoger. Cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido. Para eso hay que tener las puertas abiertas, sobre todo las puertas del corazón.

Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso (cf. Mt 25,34-37), con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido. Y, a veces, por culpa nuestra. Hospitalidad con el perseguido, con el desempleado. Hospitalidad con las culturas diferentes, de las cuales esta tierra paraguaya es tan rica. Hospitalidad con el pecador, porque cada uno de nosotros también lo es.

Tantas veces nos olvidamos que hay un mal que precede a nuestros pecados, que viene antes. Hay una raíz que causa tanto, pero tanto, daño, y que destruye silenciosamente tantas vidas. Hay un mal que, poco a poco, va haciendo nido en nuestro corazón y «comiendo» nuestra vitalidad: la soledad. Soledad que puede tener muchas causas, muchos motivos. Cuánto destruye la vida y cuánto mal nos hace. Nos va apartando de los demás, de Dios, de la comunidad. Nos va encerrando en nosotros mismos. De ahí que lo propio de la Iglesia, de esta madre, no sea principalmente gestionar cosas, proyectos, sino aprender la fraternidad con los demás. Es la fraternidad acogedora, el mejor testimonio que Dios es Padre, porque «de esto sabrán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Jn 13,35).

De esta manera, Jesús nos abre a una nueva lógica. Un horizonte lleno de vida, de belleza, de verdad, de plenitud. Dios nunca cierra horizontes, Dios nunca es pasivo a la vida, nunca es pasivo al sufrimiento de sus hijos. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Por eso nos envía a su Hijo, lo dona, lo entrega, lo comparte; para que aprendamos el camino de la fraternidad, el camino del don. Es definitivamente un nuevo horizonte, es una nueva palabra, para tantas situaciones de exclusión, disgregación, encierro, aislamiento. Es una palabra que rompe el silencio de la soledad.

Y cuando estemos cansados, o se nos haga pesada la tarea de evangelizar, es bueno recordar que la vida que Jesús nos propone responde a las necesidades más hondas de las personas, porque todos hemos sido creados para la amistad con Jesús y para el amor fraterno (cf. Evangelii gaudium, 265)».

Papa Francisco. Homilía en el Campo grande de Ñu Guazú, Asunción. Domingo 12 de julio de 2015

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quién a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). ¿Realmente me esfuerzo por predicar la Palabra de Dios cotidianamente o me dejo llevar por el miedo y la timidez? El Señor es muy claro y nos alienta a confiar en su gracia.

2. Para ser cristiano no basta con leer el Evangelio. Hay que responder personalmente a la «misión» que el Señor me encomienda. ¿Cuál es mi misión? ¿Hago los esfuerzos necesarios para poder conocerla y responder a ella? ¿Tengo urgencia para conocer y responder a ella?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 429. 874 – 878.

Written by Rafael de la Piedra