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¿Tiene sentido tener fe hoy en día?
¿Dónde encontrar las respuestas a nuestras inquietudes más profundas?
¿Cuáles son las razones para creer?

«¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros?» Los peregrinos de Emaús-Rembrandt Full view

«¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros?»

Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo A
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24,13-35

Ante toda la inmensa multitud reunida en Jerusalén, Pedro en su primer discurso público dice sobre Jesús: «No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio» (Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33). Pedro proclama clara y solemnemente que Jesús de Nazaret, que hizo prodigios y milagros a la vista de todos, fue clavado en una cruz pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ésta es la verdad sobre la cual se funda toda la fe de la Iglesia.

El relato evangélico nos muestra como los discípulos de Emaús van entendiendo poco a poco que «era necesario que el Mesías sufriese y así entrase en su gloria» ( San Lucas 24,13-35). En el fondo los dos discípulos de Emaús experimentaban una enorme desazón ya que para ellos también «no era posible que la muerte retuviera a Jesús bajo su dominio». Así pues, la muerte no tendrá dominio sobre Jesús, sino que ésta será derrotada (y podemos decir “humillada”) por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Quien se va abriendo al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús debe, necesariamente, llevar en serio su vida como nos dice San Pedro en su Primera Carta (Primera carta de San Pedro 1,17-21) ya que se da cuenta de que ha sido rescatado no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Jesucristo.

«Las cosas que han sucedido en Jerusalén estos días…»

La lectura de hoy es una de las páginas más hermosas del Evangelio. Se abre sugiriendo una gran tristeza y desilusión de los discípulos ante la crucifixión y muerte de Jesús. Dos de ellos se alejan de Jerusalén y se dirigen a un pueblo llamado Emaús que distaba unos once kilómetros de distancia. Van discutiendo «las cosas que esos días han pasado en Jerusalén». Mientras caminaban el mismo Jesús se acercó a ellos en el camino que van «con aire entristecido – semblante sombrío – de triste aspecto».

El lector sabe que este desconocido es Jesús; pero, respecto de los discípulos, el Evangelio observa: «Sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran». Aunque habían sido discípulos suyos, es decir lo habían seguido y habían puesto en Él la esperanza de la liberación de Israel; ahora, después de sólo tres días, ¡ya no lo reconocen! Es interesante subrayar que el Evangelio quiere así insistir en que el reconocimiento de Jesús Resucitado no es una mera verificación empírica, sino un hecho de fe que es fruto de la lectura de la Palabra de Dios y de la «fracción del pan». El desconocido quiere saber cómo interpretaban los discípulos «las cosas que – habían – sucedido en Jerusalén». Y recibe esta respuesta: «Jesús el Nazareno fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo… Nosotros esperábamos que sería Él quien iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó…», ¡y nada de lo que ellos esperaban había sucedido!

En el fondo parecía repetirse el caso de otros falsos liberadores, tal como los describe el sabio Gamaliel: «Hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que lo seguían se disgregaron y quedaron en nada. Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró el pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que lo habían seguido se dispersaron» (Hch 5,36-37). Lo de Jesús el Nazareno amenazaba con acabar en lo mismo, tanto que los que lo habían seguido se estaban dispersando: sin esperanza se alejaban pesarosos de Jerusalén. Más aún, ni siquiera habían creído en el testimonio de las mujeres, ni de Pedro – ni de Juan – que «ve los lienzos y vuelve a la casa asombrado por lo sucedido» (Lc 24,12) después de haber estado en el sepulcro.

¡Oh insensatos y tardos de corazón…!

Los discípulos no estaban entendiendo el acontecimiento más extraordinario de Jesús, porque eran «insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas» y habían confiado en Él como en un caudillo humano que los liberaría del poder temporal a que estaba sometido Israel. Es decir, estaban cayendo en la tentación de verlo, con ojos humanos, como un líder carismático o quizás, como un líder político. Sin embargo, Jesús había sido presentado como «el que liberará a su pueblo del pecado» (Mt 1,21). Y, para vencer el pecado y sus secuelas de esclavitud y muerte, «¿no era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en la gloria?». Así estaba escrito y Jesús no hace sino ir explicándoles, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, lo que ellos no querían aceptar.

El Antiguo Testamento, al cual se refiere la expresión: «Moisés y los profetas», será el camino por el cual Jesús conducirá a sus seguidores a creer en Él. Ya lo había dicho antes en una severa advertencia: «Si no escuchan a Moisés y los profetas, no se convertirán ni aunque resucite un muerto» (Lc 16,31). Por eso interesaba menos que los discípulos reconocieran a Jesús en el camino: lo que interesaba es que comprendieran que su muerte era parte del Plan salvífico anunciado por Dios, es decir, que «era necesario que padeciera eso y entrara así en su gloria». Y así lo estaban comprendiendo, pues sentían que «les ardía el corazón dentro del pecho cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras».

Pedro también apela a la Escritura

Esta es la aproximación de San Pedro en su primer discurso misionero, el día de Pentecostés (Primera Lectura). En apoyo a la Resurrección de Jesús cita el Salmo 16, 8-11 referido al Mesías y lo aplica a Jesús a quien Dios resucitó de la muerte. En las primeras comunidades y en los escritos que ellos nos legaron fue éste un lugar clásico para probar la glorificación de Cristo resucitado; igual que los poemas de Isaías sobre el Siervo de Yahveh lo eran para dejar constancia del anuncio previo de su Pasión y Muerte.

«Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron»

Volviendo al pasaje de Emaús leemos: que sus ojos se abrieron y lo reconocieron «cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando». Es el gesto que ellos citan cuando refieren el hecho a los apóstoles: «Contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían conocido en la fracción del pan». Ya no tenían dudas. Se han convertido radicalmente por el contacto con la Palabra y la Eucaristía. En lugar del abatimiento y la tristeza que los llevaba a alejarse de Jerusalén, están ahora llenos de gozo que les hace arder el corazón y vuelven corriendo a Jerusalén.

Una palabra del Santo Padre:

«Sí, queridos jóvenes, el Señor quiere encontrarse con nosotros, quiere dejarnos “ver” su rostro. Me preguntarán: “Pero, ¿cómo?”. También Santa Teresa de Ávila, que nació hace ahora precisamente 500 años en España, desde pequeña decía a sus padres: «Quiero ver a Dios». Después descubrió el camino de la oración, que describió como «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Libro de la vida, 8, 5). Por eso, les pregunto: ¿rezan? ¿saben que pueden hablar con Jesús, con el Padre, con el Espíritu Santo, como se habla con un amigo? Y no un amigo cualquiera, sino el mejor amigo, el amigo de más confianza. Prueben a hacerlo, con sencillez. Descubrirán lo que un campesino de Ars decía a su santo Cura: Cuando estoy rezando ante el Sagrario, «yo le miro y Él me mira» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2715).

También les invito a encontrarse con el Señor leyendo frecuentemente la Sagrada Escritura. Si no están acostumbrados todavía, comiencen por los Evangelios. Lean cada día un pasaje. Dejen que la Palabra de Dios hable a sus corazones, que sea luz para sus pasos (cf. Sal 119,105). Descubran que se puede “ver” a Dios también en el rostro de los hermanos, especialmente de los más olvidados: los pobres, los hambrientos, los sedientos, los extranjeros, los encarcelados (cf. Mt 25,31-46). ¿Han tenido alguna experiencia? Queridos jóvenes, para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario reconocerse pobre con los pobres. Un corazón puro es necesariamente también un corazón despojado, que sabe abajarse y compartir la vida con los más necesitados.

El encuentro con Dios en la oración, mediante la lectura de la Biblia y en la vida fraterna les ayudará a conocer mejor al Señor y a ustedes mismos. Como les sucedió a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), la voz de Jesús hará arder su corazón y les abrirá los ojos para reconocer su presencia en la historia personal de cada uno de ustedes, descubriendo así el proyecto de amor que tiene para sus vidas».

Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXX Jornada Mundial de la Juventud 2015.

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. A partir de este hermoso pasaje evangélico, ¿leo con frecuencia las Sagradas Escrituras? Tomemos algunas resoluciones concretas para poder encontrarme con el Señor en las Escrituras y en la Sagrada Eucaristía.

2. San Pedro en su carta nos exhorta a llevar en serio nuestra fe ya que hemos sido rescatados a precio de sangre. ¿Soy coherente con mis compromisos bautismales?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 712-716. 863-865.

Written by Rafael de la Piedra