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«Vende cuanto tienes, luego ven y sígueme»

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 14 de octubre 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 17 – 30

Jesús sigue instruyendo a sus apóstoles mientras continúan su camino a Jerusalén. Si el Domingo pasado el tema central era la fidelidad conyugal y la infancia espiritual; hoy es la verdadera riqueza que es el escuchar la Palabra de Dios, ser generoso y seguirla hasta sus últimas consecuencias (San Marcos 10, 17 – 30). Esta es la Sabiduría que pide Salomón a Dios y que vale más que «todo el oro» (Sabiduría 7, 7-11). Por otro lado, la Palabra es viva y eficaz y es «más cortante que espada de dos filos» ya que es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de nuestro espíritu y de nuestra alma (Hebreos 4,12 – 13).

«Maestro bueno…»

El Evangelio de este Domingo no se trata de una «parábola» , sino de un «hecho histórico» en la vida de Jesús. El hecho de que Jesús esté ya partiendo de ese lugar y haya de venir corriendo un hombre a detenerlo para hacerle una última pregunta; imprime, sin duda, un carácter de urgencia. En esta presentación todo parece un tanto extremo: un hombre corre, dando la impresión de que no puede prescindir de la orientación que pide a Jesús; se arrodilla ante Él y lo llama «Maestro bueno». El evangelista Mateo nos dice que era «joven» (Mt 19,20) y Lucas que era «uno de los principales» (Lc 18,18). Que en Israel una persona de esa categoría se ponga a correr era considerado poco decoroso; se explica sólo ante una situación realmente extrema en la que está dispuesto a dejar de lado el propio orgullo. Por otro lado, todo judío estaba prohibido de arrodillarse sino sólo ante Dios; en todo caso esta actitud indica una extrema reverencia. Finalmente ¿quién duda de la sinceridad de este importante personaje cuando llama a Jesús de «Maestro bueno»? Para él, Jesús no es cualquier maestro sino, un maestro que enseña la verdad.

La pregunta realizada por el joven refleja su propia inquietud interior y, sin duda, la de cada uno de nosotros: «¿Qué debo de hacer para tener en herencia la vida eterna?» La vida eterna es la felicidad plena para el hombre, tal como lo prometiera Jesús a sus seguidores: «se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,22). Esto es lo que todos queremos llegar a alcanzar algún día. Si alguien, concluido su paso por la tierra, no alcanza la vida eterna puede considerarse eternamente infeliz; ha fracasado como persona para siempre. Y no existe nadie más indicado que Jesús para responder la pregunta de este angustiado joven ya que su misión es precisamente enseñarnos el camino que conduce al Padre. Por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Estamos todos deseando que Jesús responda a una pregunta tan fundamental y he aquí su respuesta: «Ya sabes los mandamientos…» y cita los más importantes. El hombre iba tomando conciencia de lo que él había cumplido y sin embargo algo faltaba; de lo contrario su pregunta habría sido una mera formalidad. Tampoco Jesús le dice: «Está muy bien, quédate tranquilo, eres bueno; sigue igual y tendrás la vida eterna». Algo le faltaba cumplir o más bien, vivir: observar el primero y el más exigente de todos los mandamientos ya que es el que los resume a todos: «Amarás a Dios con todo tu corazón… y al prójimo como a ti mismo».

En efecto cuando Jesús le hace notar que le falta una cosa: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme», no está dispuesto a aceptar. Se trataba de dejar sus riquezas y ponerse de camino con Jesús que ya partía rumbo a Jerusalén. Pero el hombre prefiere quedarse atrás, pues ama sus bienes más que a Jesús. No quiere desprenderse de ellos. Tiene en ellos su corazón y ante la perspectiva de dejarlos para poseer la vida eterna, prefiere sus bienes. Y tampoco ama al prójimo como a sí mismo, pues rehúsa dar a los pobres los bienes que él goza, es decir, se ama a sí mismo más que a su prójimo. Al escuchar las palabras del «Maestro bueno», fue poniéndose triste y se fue apesadumbrado , porque tenía muchos bienes. La respuesta de Jesús era la verdad pero él prefirió escucharse a sí mismo y quedarse con sus bienes ya que «los que son de la verdad escuchan mi voz» (Jn 19,37).

Se fue abatido y triste… ¿pero no tenía muchos bienes?

¿Triste porque poseía muchos bienes? Parece contradictorio. Un «bien» está ordenado a dar gozo a quien lo posee y eso le produce un estado de felicidad o gozo interior. Pero en este caso vemos como el bien terreno y limitado se ha antepuesto a un bien infinito; se ha transformado en un obstáculo (escándalo). Por eso ya no es un bien, ¡ahora es un mal! En efecto el mal moral es todo aquello que nos impide la posesión de la vida eterna, todo aquello que no se ordena al fin último del hombre para lo cual hemos sido creados. Es por eso que «nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti», nos dice San Agustín. El joven prefirió un poco de seguridad y placer terrenal a cambio de la vida eterna. La certeza de estar perdiendo la vida eterna arroja una sombra sobre todos sus gozos terrenos y lo hace triste.

Esta verdad hace de él un infeliz. Jesús les hace notar la dificultad de entrar en el Reino de los cielos si es que el corazón está apegado a los bienes de la tierra. En el fondo estos bienes se quedan en este mundo y con él también nuestro corazón. «Feliz el rico que fue hallado intachable, que tras el oro no se fue. ¿Quién es, y le felicitaremos?, pues obró maravillas en su pueblo. ¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto? será para él motivo de gloria. ¿Quién pudo prevaricar y no prevaricó, hacer mal y no lo hizo? Sus bienes se consolidarán, y la asamblea hablará de sus bondades» (Eclo 31, 8-11).

 «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!»

Entonces…¿quién podrá salvarse? Preguntan los discípulos ante la dura afirmación de Jesús sobre la entrada al reino de los Cielos. Sin embargo, la vida eterna es un don gratuito adquirido por Jesús para cada uno de nosotros con su Muerte y Resurrección. A nosotros se nos pide acoger el don de la reconciliación y desearlo más que todas las riquezas que este mundo nos pueda ofrecer. Justamente la recompensa de haber elegido ser de Cristo es la vida eterna. Aquí vemos la generosidad de Dios que nos ha prometido recibir el ciento por uno, es decir una ganancia centuplicada a nuestra inversión, no solamente «en el mundo venidero» sino «ahora en el presente».

La verdadera riqueza está en Dios

«Tuve en nada la riqueza en comparación de la Sabiduría». Salomón es consciente de que no tiene la sabiduría, ni por nacimiento ni por su dignidad real. Por eso acude a la fuente de la Sabiduría para que le otorgue ese don. Y Dios le concede la sabiduría especulativa y la práctica. Ambas las poseyó el rey sabio Salomón en grado excelente. El sabio soberano estima la sabiduría por encima de todos los bienes terrenos. Cita entre ellos los que los griegos estimaban de modo especial: la belleza, la salud, la luz del día. Nada hay en la naturaleza más hermoso que la luz del día. La sabiduría, sin embargo, la supera (Sab 7,10). Aquélla se extingue al atardecer, ésta pertenece a otro orden. Es reflejo de la luz eterna y, por lo mismo, inextinguible.

De la Sabiduría hecha carne dirá San Juan que es la luz del mundo (Jn 8,12) y que ilumina a todo hombre (ver Jn 1,9; Ap 22,5). Salomón pidió a Dios solamente la sabiduría, pero Dios le otorgó además gloria y riquezas incalculables, por lo que pasó a la posteridad no sólo como el rey sabio por excelencia, sino también como el rey más glorioso y admirado de Israel. En la medida que uno coloca el espíritu de la Sabiduría por encima de las cosas materiales es realmente sabio y rico. «Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico» (Sab 7,13), expresa una actitud digna del sabio, que descubierto el valor de la sabiduría, trata de comunicarla y compartirla a los demás. Al final menciona el don de la sabiduría que supera a todos los demás: «la amistad de Dios» , a que lleva al fiel cumplimiento de la Palabra.

 «Más eficaz y cortante que espada de dos filos»

El comentario al Salmo 95 que leemos a lo largo del tercer capítulo de la carta a los Hebreos termina con una especie de himno a la Palabra de Dios, de la cual Jesús es su máxima expresión ya que Él mismo es la Palabra viva del Padre que se hace carne (Jn 1,14). La Palabra de Dios es fuerte, actuante, vivificadora y eficaz. Y es esta Palabra la que ha sido constituida en juez de los hombres. Ella pondrá de relieve los más íntimos secretos, intenciones y actitudes de los corazones humanos tanto en su relación con los hermanos como en relación con Dios. Nada se escapa a esta Palabra que, por frágil que parezca, es la fuerza decisiva en la historia de cada ser humano. De la aceptación o rechazo depende nuestra «felicidad eterna». Podrá ser desoída, despreciada, ignorada, pero a la hora de la verdad «el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente (sabio) que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24) y permanecerá firme en medio de las tempestades y tormentas de la vida.

Una palabra del Santo Padre:

«¡Contento, Señor, contento!»: el rostro sonriente de un santo contemporáneo, el chileno Alberto Hurtado, quien también en la dificultad y en las diferencias asegura al Señor ser «feliz», se contrapone al «entristecido» del «joven rico» evangélico en la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta, el martes 28 de febrero. Son las dos formas de responder al don y a la propuesta de vida que Dios hace al hombre y que el Pontífice sintetizó con una expresión: «Todo y nada»…

El lunes, sin embargo, «fue proclamada la historia de ese joven rico, que quería seguir al Señor pero al final era tan rico que eligió las riquezas». Un pasaje evangélico (Marcos, 10, 17-27) en el que se subraya el lema de Jesús: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja», y la reacción de los discípulos «un poco asustados: “Pero ¿quién se podrá salvar?”».

El martes la liturgia continúa proponiendo el pasaje de Marcos examinando la reacción de Pedro (10, 28-31), que dice a Jesús: «De acuerdo ¿y nosotros?». Parece casi, comentó el Papa, que Pedro con su pregunta —«Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos toca a nosotros?»— presentara «las cuentas al Señor», como en una «negociación comercial». En realidad, explicó el Pontífice, probablemente no era «esa la intención de Pedro», el cual, evidentemente, «no sabía qué decir: “Sí, este se ha ido, ¿pero nosotros?”». En cualquier caso, «la respuesta de Jesús es clara: “Yo os digo: no hay ninguno que haya dejado todo sin recibir todo”». No hay término medio: «Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo», «recibiréis todo».

Hay sin embargo «esa medida desbordante con la que Dios da sus dones: “recibiréis todo. Nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madres, padres, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, que no reciba ya ahora en este tiempo quedará sin recibir cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, campos, y la vida eterna que vendrá”. Todo».

Esta es la respuesta, dijo el Pontífice: «El Señor no sabe dar menos de todo. Cuando Él dona algo, se dona a sí mismo, que es todo». Una respuesta, sin embargo, donde emerge una palabra que «nos hace reflexionar». Jesús de hecho afirma que si «recibe ya ahora en este tiempo cien veces en casas, hermanos, junto a persecuciones». Por tanto «todo y nada». Explicó el Papa: «todo en cruz, todo en persecuciones, junto a las persecuciones». Porque se trata de «entrar en otra forma de pensar, en otra forma de actuar». De hecho, «Jesús se da todo Él mismo, porque la plenitud, la plenitud de Dios es una plenitud aniquilada en la cruz». Aquí está por tanto el «don de Dios: la plenitud aniquilada». Y aquí está entonces también «el estilo del cristiano: buscar la plenitud, recibir la plenitud aniquilada y seguir por ese camino». Ciertamente un compromiso que «no es fácil».

Pero el Papa, siguiendo su meditación, fue más allá y se preguntó: «¿cuál es el signo, cuál es la señal de que yo voy adelante en este dar todo y recibir todo?». ¿Qué hace entender que se está en el camino adecuado? La respuesta, dijo, se encuentra en la primera lectura del día (Siracida 35, 1-15), donde está escrito: «Con ojo generoso glorifica al Señor, y no escatimes las primicias de tus manos. En todos tus dones pon tu rostro alegre, con contento consagra los diezmos. Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con ojo generoso, con arreglo a tus medios». Por tanto, «ojos generosos, rostro alegre, alegría…». Explicó el Pontífice: «El signo que nosotros vamos en este camino del todo y nada, de la plenitud aniquilada, es la alegría».

No por casualidad «al joven rico se le ensombreció el rostro y se fue entristecido». No había sido «capaz de recibir, de acoger esta plenitud aniquilada». Sin embargo, explicó el Papa, «los santos, el mismo Pedro, la han acogido. Y en medio de las pruebas, de las dificultades tenían el rostro alegre, el ojo generoso y la alegría del corazón. Este es el signo».

Y es en este punto que el Papa recurrió a un ejemplo tomado de la vida de la Iglesia contemporánea: «Me viene a la mente —dijo— una pequeña frase de un santo, san Alberto Hurtado, chileno. Trabajaba siempre, dificultad tras dificultad, tras dificultad… Trabajaba para los pobres». Es un santo que «fue perseguido» y tuvo que afrontar «muchos sufrimientos». Pero «cuando él estaba precisamente ahí, aniquilado en la cruz» decía: «Contento, Señor, contento». Que san Alberto, concluyó el Pontífice, «nos enseñe a ir sobre este camino, nos dé la gracia de ir por este camino un poco difícil del todo y nada, de la plenitud aniquilada de Jesucristo y decir siempre, sobre todo en las dificultades: “Contento, Señor, contento”».

Papa Francisco. Homilía en la capilla de la Domus Santae Marthae. Martes 28 de febrero de 2017

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Cuántos jóvenes que están llamados a seguir al Maestro Bueno tienen su corazón amarrado a las riquezas de este mundo? Recemos para que más jóvenes puedan escuchar y responder el llamado del Señor a seguirlo. Recemos también por las familias de estos jóvenes para que sean generosas y desprendidas.

2. ¿Cuáles son mis verdaderos bienes y tesoros? Jesús nos dice que «donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21)

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965 – 1974. 2052-2055.

 

Written by Rafael de la Piedra