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«Y como Moisés levantó la serpiente…así tiene que ser levantado el Hijo del hombre»

El Señor de los Milagros – 28 de octubre de 2017

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,11 – 16

En esta Fiesta del Señor de los Milagros, que se celebra en el Perú el 298 de octubre, todas las lecturas nos remiten a centrar nuestra mirada en el Señor Jesús. Así como el pueblo elegido tiene que alzar su mirada a la serpiente de bronce para quedar curados (Lectura del libro de los Números 21, 4b-9); San Pablo en este bello himno cristológico de la carta a los Filipenses (Filipenses 2,5-12) nos invita a vivir la misma dinámica que Jesús vivió: despojarse – revestirse, muerte para la vida. ¿Por qué Jesucristo muere y es elevado en la Cruz? La única razón por la cual el Verbo Eterno se hizo Hombre como nosotros, sin dejar su naturaleza divina; es para que tengamos «vida eterna». Dios no quiere nuestra muerte sin que participemos con Él de la bienaventuranza celestial (San Juan 3,11 – 16).

«Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti»

El libro de los Números refiere la historia del pueblo de Israel durante los casi 40 años de peregrinación por el desierto del Sinaí. Comienza relatando los acontecimientos que sucedieron dos años después de la salida de Egipto y termina, precisamente con la entrada en Canaán, la tierra que Dios había prometido darles. El título de «Números» se debe a las dos numeraciones o censos de los israelitas en el monte Sinaí y en las llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó. Durante este periodo los israelitas se asentaron durante algún tiempo en el oasis de Cades Barne, y después siguieron caminando hacia una región al este del Jordán. El libro de los Números, y lo vemos en el pasaje de la lectura, es la larga y triste historia de las quejas y del descontento de Israel. Se rebelaban contra Dios y contra el mismo Moisés. Sin embargo solamente dos personas, Caleb y Josué, entre todos los que habían salido de Egipto, sobrevivieron para entrar en la tierra prometida.

La Primera Lectura narra el paso del pueblo de Israel por la tierra de los edomitas. La ocupación sedentaria de Edom no había alcanzado el golfo de Ácaba y los israelitas tomaron la ruta normal que les permitía rodear el territorio sin problemas. Algunos edomitas se dedicaban al comercio, otros a la extracción del cobre o a la agricultura. El pueblo de Israel se impacienta y cansado reniega del «pan del cielo» (ver Sal 77, 25) que ahora les parece insípido a pesar de recibirlo gratuita y diariamente. San Pablo se referirá a este pasaje diciendo: «Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes» (1Cor 10,9); porque despreciar el don es despreciar al donante. Lamentablemente lo mismo sucede cuando no valoramos el verdadero «maná del cielo» que es la Santa Eucaristía.

Yahveh manda al pueblo ingrato y rebelde «serpientes abrasadoras». La palabra «abrasador» proviene de la palabra «saraf», que en Isaías 30, 6 representa una serpiente alada o dragón. Por otro lado la palabra hebrea de «serpiente» también significa «abrasador ». Cuando leemos el pedido de Yahveh a Moisés, le está pidiendo colocar una serpiente de bronce sobre un mástil. Ésta serpiente, remedio contra las mordeduras, será figura de la Cruz redentora de Cristo. La serpiente de bronce se conservó en el Templo hasta el tiempo del rey Ezequías, quien la hizo pedazos, para evitar su culto idolátrico (ver 2Re 18,4).

 «No retuvo ávidamente ser igual a Dios…»

San Pablo en este hermoso himno de la carta a los Filipenses nos descubre la inmensa e infinita paradoja de la humillación de Jesús en la cual reside todo su misterio íntimo, que es la amorosa obediencia a su Padre, a quien no quiso disputar ni una gota de gloria entre los hombres. Por eso sin prejuicio de dejar perfectamente establecida su divinidad y esa igualdad con el Padre (ver Jn 3,13; 5, 18-23), por lo cual el Padre mismo se encarga de darle testimonio de muchas maneras (ver Mt 3, 17; 5, 17; Jn 1, 33; Lc 22, 42 s); Jesús renuncia en su aspecto exterior a la igualdad con Dios y abandona todas sus prerrogativas para no ser más que el «Enviado» que habla de lo que el Padre le ha pedido que diga y las obras que le ha encomendado hacer.

 «Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre…»

El Evangelio hace parte de la entrevista que tuvo Nicodemo con Jesús en Jerusalén. El centro de diálogo se encuentra en el versículo 11 que es el inicio de nuestra lectura evangélica: «nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio». Ante todo, ¿quién era Nicodemo? Lo que sabemos de él es que era fariseo y miembro del consejo supremo judío (el sanedrín). Lo veremos defendiendo a Jesús cuando los fariseos querían prenderle (Jn 7,50) y llevando los aromas para embalsar el cuerpo del Maestro Bueno (Jn 19,39 – 42). Su nombre, en griego, quiere decir «pueblo victorioso». El griego y toda la cultura helénica habían penetrado mucho en el mundo judío después de las conquistas de Alejandro Magno. Nicodemo fue uno de los pocos judíos socialmente importantes que siguieron a Jesús, aunque lo hiciera con cierto recelo. La circunstancia material del encuentro tiene un profundo significado espiritual en el Evangelio de San Juan. Cuando Judas deja a Cristo era de noche (Jn 13,30). Ahora Nicodemo viene a Cristo, cuando es de noche. El primero huía de la luz; éste busca la luz.

Nicodemo dice a Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las seña¬les que tú realizas si Dios no está con él». «Rabbí» quiere decir literalmente “maestro mío” en un tono muy respetuoso a diferencia de «Rabboni» que indica más afecto y cercanía. Las señales por las cuales Nicodemo se ve urgido de hablar con Jesús las leemos en los versículos anteriores: «Mientras Jesús estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que realizaba» (Jn 2,23). Sin duda uno de los muchos que creyeron era Nicodemo. Para comprender esta reacción de la gente es necesario saber qué se entiende por «señal» en el Evangelio de San Juan. Una «señal» es un hecho milagroso. Juan lo llama «señal», porque este hecho visible por todos deja en eviden¬cia la gloria de Jesús que supera la experiencia sensible inmediata. Por eso la señal puede suscitar en la persona una respuesta de fe, dependiendo de su apertura a la gracia. Como Tomás cuando vio ante sí a Jesús con las heridas de la Pasión y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

En su diálogo con Nicodemo Jesús nos va a dejar talvez una de las afir¬macio¬nes más impresionantes sobre el amor de Dios hacia el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Lo primero que hace Jesús es darnos una señal, algo que será visto por todos: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna»”. Jesús evoca el episodio que hemos leído en la Primera Lectura. Así como la serpiente de bronce, el «Hijo del hombre» tiene que ser levantado en el estandarte de la cruz para librarnos de la muerte eterna que merecemos por nues¬tros pecados. Y es que siempre la Cruz tiene el doble sentido de: ser elevado en la cruz y de ser elevado a la gloria del Padre. Ambos movimientos coinciden. Discutiendo con los judíos Jesús les dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»(Jn 8,28). Quiere decir que allí quedará en evidencia la verdadera identidad divina de Jesús. En otra ocasión les dice: «Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

La cruz es el signo más evidente del amor de Dios. ¿Qué explicación o motivación se puede dar al hecho de que el Hijo eterno de Dios se haya hecho hombre y haya muerto en la cruz? No hay otra explicación ni otra motivación que el amor de Dios hacia el hombre. Es un amor gratuito, sin mérito alguno de nuestra parte. El que cree en esto es destinatario de esta promesa de Cristo: «No perecerá sino que tiene la vida eterna». El que no crea rehúsa el amor de Dios y se excluye de la salvación. San Pablo no se cansaba de contemplar este hecho y de llamar la atención de los hombres sobre la misericordia de Dios: «La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Dios no podía darnos un signo mayor de su amor que la cruz de Cristo. Para eso fue elevado Jesús sobre la cruz: para que lo mire-mos, creamos y tengamos vida eterna.

Una palabra del Santo Padre:

«Con motivo de las especiales celebraciones que tienen lugar al cumplirse el 350° aniversario de la imagen del Señor de los Milagros, patrono de Lima y venerado en el Santuario de Las Nazarenas, deseo hacer llegar un afectuoso saludo a esa comunidad cristiana que, bajo la guía de sus Pastores, da gracias a Dios por los beneficios recibidos durante siglos y, especialmente, por el don de la fe, robustecida con la ayuda de esa devoción hondamente arraigada en tantas generaciones limeñas. Así como antaño las gentes de toda condición y origen, sencillas o nobles, pusieron confiadamente sus ojos en el Cristo doliente en la cruz y acudían con fervor a Pachacamilla, también hoy se invita a los cristianos a no quedarse en meras palabras, sino que contemplen el rostro del Señor, reflejen su luz y lo hagan resplandecer ante las generaciones del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 16. 28).

Por eso me satisface saber que esta significativa conmemoración, centrada sobre todo en la llamada “Cuaresma Limeña”, tiene un carácter eminentemente jubilar, de gracia y de perdón, de conversión sincera y de reconciliación, con el propósito de vivir profundamente el misterio de la cruz en la cual Cristo ha redimido a todo el género humano. En efecto, en Él está la salvación al vencer en la cruz el pecado y su poder tiránico, para que todos participen con Él en la gloria de la resurrección. Ésta es la experiencia de los devotos y peregrinos, agobiados a veces, por el peso de sus faltas, de su debilidad o de otras muchas preocupaciones que atenazan su corazón. Ellos sienten muy dentro las palabras de Jesús: “Venid a mí…, y yo os daré descanso” {Mt 11, 28). Junto a Él, con la fuerza de la gracia que nos sigue dispensando abundantemente, especialmente a través de los sacramentos, hallaremos también nosotros el arrojo de Pedro para adentramos de nuevo en las aguas, a pesar de los presentimientos más sombríos (cf. Le 5, 4).

En esta circunstancia, me siento unido espiritualmente al gozo de tantos limeños y peruanos por esta oportunidad singular de encontrarse de nuevo con Cristo, que ha querido manifestar su cercanía entrañable a través de esa imagen secular, exhortándoles ardientemente a renovar su fe y a fortalecer su esperanza. Cada uno de ellos, como también el pueblo peruano en su conjunto, no ha de caer en el desánimo ante las circunstancias adversas ni buscar extraños e ilusorios refugios. Las palabras de Jesús siguen siendo fuente inagotable de vitalidad: “En el mundo tendréis .tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33)».

Ruego al Señor de los Milagros que proteja a los limeños, convierta a quienes llevan a hombros su imagen en portadores de Cristo también con su fe y su testimonio de vida intachable, transforme en verdaderos imitadores de Jesús a quienes visten la túnica nazarena y derrame su gracia sobre cuantos le invocan con devoción. Mientras encomiendo a la Virgen María, la más fiel seguidora de su Hijo hasta la Cruz, a la Comunidad carmelita que continúa la tradición de las “fíeles guardianas y cuidadoras” de la venerada imagen, así como a los Pastores y fieles de Lima, les imparto con afecto la Bendición Apostólica».

San Juan Pablo II. Carta por los 350 años de la imagen del Señor de los Milagros, 21 de Septiembre de 2001.

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. En el mes de octubre- en el Perú – Dios me muestra su amor a través del Señor de Pachacamilla. ¿Qué puedo hacer para acoger el inmenso amor que me muestra Jesús en su Cruz?

2. Juan Pablo II nos habla de la “Cuaresma Limeña” y hace un llamado particular a la conversión sincera y a la reconciliación. Con humildad acerquémonos al Señor de los Milagros y reconozcamos qué tenemos que cambiar en nuestras vidas para ser más amigo de Jesús.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 218 – 221.599 – 618.

Written by Rafael de la Piedra