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La diplomacía de Benedicto XVI: “menos cálculos y más fe”.

El servicio de relaciones entre Estados e Instituciones es un instrumento del que se sirve la Santa Sede como gobierno central de la Iglesia católica para el desarrollo de su misión

Por: Giacomo Galezzi
Ciudad del Vaticano

Benedicto XVI se expresa sobre la diplomacia exterior. Por primera vez en un siglo y medio, en los vértices del Vaticano hay un Pontífice y un secretario de Estado que no provienen del servicio diplomático de la Santa Sede. El mismo cardenal Bertone, al momento de ocupar su cargo en la tercera logia del Palacio Apostólico, se definió como «un secretario de Iglesia más que de Estado». En realidad, la geopolítica de Benedicto XVI tiene rasgos específicos que han permitido el avance del frente del diálogo allí donde la situación estaba estancada desde hacía tiempo, como en la confrontación ecuménica con la Iglesia ortodoxa rusa.
En la audiencia con el nuevo embajador de los Países Bajos en la Santa Sede, Joseph Weterings, Benedicto delineó el cuadro de su diplomacia: ni cálculos ni intereses, la fuerza de la Iglesia está en la fe en Cristo. La voz con más autoridad en defensa de los cristianos es siempre la del Papa, si bien muchas minorías (es el caso de los coptos egipcios) no están en plena comunión con Roma. Son 179 los países del mundo que mantienen relaciones diplomáticas con el Vaticano. Falta aún en la lista China Popular: es el más grande entre los países que no mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Así, dieciséis Estados, en su mayoría asiáticos, y en buena parte de mayoría islámica. En nueve de estos países no se encuentra presente ningún enviado vaticano (Afganistán, Arabia Saudí, Bután, China Popular, Corea del Norte, Maldivas, Omán, Tuvalu y Vietnam). Mientras que se encuentran a cargo delegados apostólicos (representantes pontificios en las comunidades católicas locales pero no en los gobiernos) en otros siete países: tres africanos (Comoras, Mauritania y Somalia) y cuatro asiáticos (Brunéi, Laos, Malasia y Birmania). Con algunos de estos países, de todos modos, la Santa Sede ya tiene contactos, y con Vietnam han comenzado formalmente las negociaciones para llegar al establecimiento de relaciones diplomáticas plenas.

La diplomacia es el arte de la esperanza. Y los diplomáticos vaticanos saben que esta esperanza tiene un nombre, porque es diplomacia de sacerdotes. Por el resto, la diplomacia de la Santa Sede nació con la historia, es decir, la Santa Sede, desde su origen, ha gozado de una personalidad jurídica internacional. Por lo tanto, puede desarrollar incluso todas aquellas actividades que son típicas de los sujetos de derecho internacional, que son fundamentalmente los Estados. También cuenta con la posibilidad de enviar embajadores y de recibir embajadores. El servicio diplomático es un instrumento del que se sirve la Santa Sede como gobierno central de la Iglesia católica para el desarrollo de su misión. El Vaticano busca entrar en las situaciones de dificultad o de crisis en el mundo: situaciones de inquietud y de preocupación para toda la comunidad internacional.

Es fuerte en Benedicto XVI la preocupación por la defensa y la promoción de la dignidad humana, una dignidad fundada sobre la dimensión trascendente de las personas, otro aspecto sobre el que la Santa Sede tiene un visión integral del hombre, que no se ve reducido a una sola dimensión, solo a la dimensión física, a la dimensión material, a la dimensión económica, sino que es visto, en cambio, en su totalidad. Y sobre esta totalidad la Santa Sede insiste. Es este el fundamento de la defensa de la dignidad del hombre, de la defensa de sus derechos, comenzando por el derecho a la vida, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, y de la defensa de su libertad. Otro aspecto es el de la educación para la paz, la paz entendida como toda esa serie de condiciones que permiten al hombre desarrollarse como hombre y como hijo de Dios, y de crear a su alrededor relaciones serenas y fructíferas con los demás.

La autoridad de la Iglesia en ámbito internacional se apoya, según Joseph Ratzinger, sobre una base: la fuerza desarmada de los principios que manan de su fe en Cristo. Y esto la deja libre de los cálculos vinculados con la conquista del consenso electoral o de las sujeciones que crea el dinero en las relaciones entre Estados pobres y Estados ricos. La influencia que la Santa Sede ejerce sobre el mundo vuela más alto, con las alas del mensaje del Evangelio y de los valores cristianos, que descienden sobre las vivencias de la humanidad, principalmente de aquella parte más débil.

La Iglesia ha vivido y vive así su misión, aunque algunos, por debilidad, cada tanto la traicionen. «Con vigor y con la habitual transparencia», señala Radio Vaticana, el Papa elige presentar su discurso al nuevo embajador holandés acreditado en el Vaticano comenzando por una constatación a menudo resaltada en estas circunstancias. «La Santa Sede no es una potencia económica ni militar». Y su contribución a la diplomacia internacional está constituida, en gran parte, por la articulación de aquellos principios éticos que deberían sostener el orden social y político, y por el llamar la atención sobre la necesidad de intervenir para remediar las violaciones de tales principios. De aquí, el diálogo diplomático que lleva adelante la Santa Sede es conducido no en modo confesional ni por razones pragmáticas, sino sobre la base de los principios universalmente aplicables, reales como lo son los elementos físicos del ambiente natural. La de la Iglesia, y en particular de la Santa Sede, es la voz fuerte de quien no puede hacerse oír porque es indefenso, pobre, enfermo, anciano, parte de una minoría o porque simplemente aún no ha nacido.

La Iglesia busca siempre promover la justicia natural, como es su derecho y deber hacer. Entonces, con franqueza, precisa el Pontífice: «Aún reconociendo con humildad que sus mismos miembros no se encuentran siempre a la altura de los elevados estándares morales que ésta propone, la Iglesia no puede hacer más que continuar exhortando a todas las personas, incluidos sus mismos miembros, a que busquen hacer todo aquello que concuerda con la justicia y la recta razón, y a que se opongan a aquello que es contrario a ellas». A juicio de Benedicto XVI, la diplomacia es el arte de la esperanza, que es como decir que basta un tenue signo, un tenue asentimiento para poder tejer importantes tramas para el hombre. Arte de la esperanza significa que existe la posibilidad de resolver en forma pacífica las dificultades y los conflictos que existen. Ha habido numerosos ejemplos, muchísimas situaciones que han demostrado los esfuerzos realizados por la diplomacia. Los resultados no siempre están a la altura de las expectativas, pero la esperanza ayuda a la diplomacia pontificia a seguir adelante, incluso cuando los resultados no se ven inmediatamente. La Santa Sede trabaja también a largo plazo. La diplomacia de la Santa Sede es una diplomacia de sacerdotes, sostenidos por la gracia divina.

Cada comienzo de año, el Papa se dirige a los embajadores acreditados en la Santa Sede. Es el momento del año en el que se hace evidente el rol de la Iglesia católica en el escenario «geopolítico» mundial. Actualmente, hay países en los que los cristianos se convierten en mártires. Benedicto XVI acoge su grito de ayuda.

Written by Razones para creer