«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
Solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre de 219
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a
En la lectura del Evangelio en la fiesta de todos los santos se proclaman las bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor, es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Apocalipsis 7,2-4.9-14) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (primera carta de San Juan 3,1-3). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia.
El sermón de la montaña
En el Sermón de la montaña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangélica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infinitamente. Esto es lo que quieren decir los pasajes: «Habéis oído que se dijo a los antepasados… Mas yo os digo…» (Mt 5,21.27.¬31.33. 38.43). Ese «yo» personal de Cristo es el «YO» divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti¬gua dada por el mismo Dios.
En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera persona: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos…»; la novena está formulada en segunda persona y dirigida a los oyentes: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan…». Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás. Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho bienaventuranzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma promesa: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos… Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos». A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La primera tabla contiene las primeras cuatro y expresa la relación del hombre con Dios, y la segunda tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.
La primera tabla
La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: «de ellos es el Reino de los cielos… ellos poseerán en herencia la tierra… ellos serán consolados… ellos serán saciados». El tema de esta primera tabla está indicado en la primera bienaventuranza, la que declara dichosos a los «pobres de espíritu». No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del corazón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: «A¬prended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.
La segunda tabla
La segunda tabla proclama la otra condición indispensable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: «Bienaventurados los misericordiosos». Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en relación a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relaciones fraternas. Aquí Jesús comienza a ilustrar las relaciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indicado por la primera bienaventuranza: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.
¿En qué consiste ser santo?
En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: «Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo», y agrega: «Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad».
La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. «Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es» (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara. La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues «el amor es de Dios… Dios es amor» (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!
Una palabra del Santo Padre:
“«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Podemos preguntarnos, ¿cómo puede ser feliz una persona pobre de corazón, cuyo único tesoro es el reino de los cielos? La razón es precisamente ésta: que al tener el corazón despojado y libre de muchas cosas mundanas, esta persona es «esperada» en el reino de los cielos.
«Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados». ¿Cómo pueden ser felices los que lloran? Sin embargo, quién en la vida nunca ha experimentado la tristeza, la angustia, el dolor, no conocerá jamás la fuerza de la consolación. En cambio, pueden ser felices cuantos tienen la capacidad de conmoverse, la capacidad de sentir en el corazón el dolor que hay en sus vidas y en la vida de los demás. ¡Ellos serán felices! Porque la tierna mano de Dios Padre los consolará y los acariciará.
«Bienaventurados los mansos». Y nosotros al contrario, ¡cuántas veces somos impacientes, nerviosos, siempre listos para quejarnos! Reclamamos tanto de los demás, pero cuando nos tocan a nosotros, reaccionamos alzando la voz, como si fuéramos dueños del mundo, mientras que en realidad todos somos hijos de Dios. Más bien, pensemos en esas mamás y papás que son muy pacientes con los hijos, que «los hacen enloquecer». Este es el camino del Señor: el camino de la mansedumbre y la paciencia. Jesús ha recorrido este camino: desde pequeño ha soportado la persecución y el exilio; y después, siendo adulto, las calumnias, los engaños, las falsas acusaciones en los tribunales; y todo lo ha soportado con mansedumbre. Ha soportado por amor a nosotros incluso la cruz.
«Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados». Sí, los que tienen un fuerte sentido de la justicia, y no sólo hacia los demás, sino antes que nada hacia ellos mismos, estos serán saciados, porque están listos para recibir la justicia más grande, la que solo Dios puede dar.
Y luego, «bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia». Felices los que saben perdonar, que tienen misericordia por los demás y que no juzgan todo ni a todos, sino que buscan ponerse en el lugar de los otros. El perdón es la cosa que todos necesitamos, nadie está excluido. Por eso al inicio de la Misa nos reconocemos como lo que somos, es decir pecadores. Y no es una forma de decir, una formalidad: es un acto de verdad. «Señor, aquí estoy, ten piedad de mí». Y si sabemos dar a los demás el perdón que pedimos para nosotros, somos bienaventurados. Como decimos en el «Padre Nuestro»: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». Miremos el rostro de los que van por ahí sembrando cizaña: ¿son felices? Los que buscan siempre la ocasión para enredar, para aprovecharse de los demás, ¿son felices? No, no pueden ser felices. En cambio, los que cada día, con paciencia, buscan sembrar la paz, son artesanos de paz, de reconciliación, estos sí que son bienaventurados, porque son verdaderos hijos de nuestro Padre del Cielo, que siembra siempre y sólo paz, a tal punto que ha enviado al mundo su Hijo como semilla de paz para la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, este es el camino de la santidad, y es el mismo camino de la felicidad. Es el camino que ha recorrido Jesús, es más, es Él mismo este camino: quien camina con Él y pasa a través de Él entra en la vida, en la vida eterna. Pidamos al Señor la gracia de ser personas sencillas y humildes, la gracia de saber llorar, la gracia de ser mansos, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, y sobre todo la gracia de dejarnos perdonar por Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia”.
Papa Francisco. Homilía en el Cementerio del Verano, Roma. Domingo 1 de noviembre de 2015.
https://www.youtube.com/watch?v=4ErROD7qgiQ
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. «Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido», nos decía San Juan Pablo II. Una tentación que podemos tener es creer que este llamado no es para mí.
2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas. Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.
https://www.youtube.com/watch?v=hvmmcAod41o